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Fotograma de 'El mago de Oz'
Fotograma de "El mago de Oz"

La mercantilización de la obra de arte: el caso de "El mago de Oz"

jueves 16 de julio de 2020, 17:59h
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No es ninguna novedad que el capitalismo es capaz de reciclar sus productos culturales para volverlos mercancías. Sin embargo, siempre es prudente volver sobre el análisis de esos mecanismos, con el doble fin de entenderlos en su estado procedimental y de buscar su desestabilización.

Es cierto que toda obra de arte que circula en el mercado acepta un pacto con el sistema vigente de intercambio de las mercancías; asimismo, la obra entra en el juego del capital simbólico, que hace fluctuar su valor monetario. La obra de arte necesita del mercado para llegar a su audiencia; al mismo tiempo —paradojal y necesariamente—, es en el mercado donde está fuera de sí, vacía de su naturaleza.

We’re off to see the wizard

La mayoría de los éxitos literarios son atrapados por la industria cultural y convertidos en productos secundarios que generan utilidades, ganancias, créditos. La obra de arte hace que el sistema siga produciendo, al tiempo que lo provoca con su mera existencia.

El caso de El mago de Oz es una puesta en extremo de estos procedimientos de apropiación industrial. Quizás se deba a la larga vigencia de la obra, que le ha valido su adaptación tanto en el lenguaje del cine, como en el formato de máquina tragaperras, popularizada por los casinos Microgaming, según se indica en www.estafa.info.

El reacomodamiento de los elementos de la novela ha sido indudablemente funcional a los intereses comerciales de los dueños de los derechos, y no al propósito artístico —la inspiración, quizás— que condujo a la creación del libro original. En otras palabras, en el inevitable devenir de la obra de arte, la función poética debe rendirse ante la función conativa.

El relato original, escrito por Lyman Frank Baum e ilustrado por William Wallace Denslow, contenía elementos de la política de la época, en particular relativos al debate sobre el uso de oro como patrón financiero. Así, el engañoso camino dorado invitaba a cierto posicionamiento sobre la cuestión, pues implicaba la falsa promesa del oro como unidad económica estándar.

Esos ecos se pierden en las versiones descontextualizadas posteriores, así como se pierde la importancia histórica del uso de lugares y personajes estadounidenses en la literatura local, lo cual era sumamente inusual en la época de la publicación, en el año 1900. Hasta entonces, la mayoría de las obras literarias habían tenido temáticas europeas: el valor de tratar temas locales se vuelve una frivolidad en los productos derivados de la obra.

Producto y algo más

Al entrar en el mercado, además, las obras de arte se someten al proceso de fetichismo de la mercancía, a través del cual se distancian, o se alienen, de su natural fuente creadora —el artista— y cobran una identidad propia.

Sin embargo, en su calidad excepcional de objeto artístico, en su diferencia con el útil —como señala Martin Heiddegger— la obra de arte se resiste a ese proceso de mercantilización. Su propia adecuación al sistema implica una queja contra los mecanismos que se le imponen: la esencia de El mago de Oz sobrevive en los gritos de auxilio que la obra literaria lanza silenciosamente en la película de 1939 o en la máquina tragaperras online.

Esas voces calladas y contradictorias se ven en la relación paradojal entre personaje y actor, entre original y copia, entre referencia e imagen. Las adaptaciones de El mago de Oz son la evidencia de la imposibilidad de adaptar la obra de arte.

Novelas como papel higiénico

La industria cultural, en particular la dedicada a lo que generalmente se llama «entretenimiento», impone sus reglas por sobre las de la obra de arte. Así pues, como señalan Max Horkheimer y Theodor Adorno, los productos originalmente artísticos son reapropiados por los medios, que los convierten un puente con el mundo del trabajo. De ese modo, el sujeto que consume El mago de Oz en su versión disfrazada y reapropiada —en su traducción para los medios masivos—, solo se encuentra con «su pálida fachada», como apuntan Adorno y Horkmkheimer en su famosa obra «La industria cultural». Estos mecanismos implican, además, la readecuación de la conducta del público frente a la obra, que debe convertirse en un pasatiempo, es decir, en una parte complementaria e inescindible del mundo del trabajo.

Los personajes de Baum nos llegan desdibujados: cuánto hay de pose en Dorothy, cuán poco hay en ella de la Dorothy original. Las historias nos llegan reescritas por la voz de la ideología dominante. El mago de Oz dejó de ser un relato para convertirse en una excusa de producción, probablemente because of the wonderful things he does para los empresarios.

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