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Percy B. Shelley
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Percy B. Shelley (Foto: Archivo)

Cuando separé al autor de su obra

Por María Beatriz Muñoz
domingo 01 de agosto de 2021, 13:00h

Cuando miro el mundo en el que vivimos, y leo a Shelley, Emily Dickinson, Keats, Byron… siempre pienso que debí haber vivido en otra época, en una época más romántica, con menos tecnología, en la época en la que todo se valoraba más, con menos contaminación y más sentimiento.

Adonais
Adonais

Ahora todos tendemos a lo neutral, y los sentimientos tienen connotaciones de debilidad, todo el que se emociona, llora o siente en demasía, debe ser medicado porque tiene un problema, pero por esa regla de tres todos los grandes poetas del romanticismo clásico deberían estar medicados. Pero sin ellos y su sensibilidad no habrían existido grandes obras poéticas como Adonais, escrita por Percy Shelley en 1821 cuando murió su amigo John Keats.

He de confesar que al ser una ferviente admiradora de Mary Shelley y de su madre Mary Wollstonecraft, me negaba a leer a Percy, ya que su libertinaje causó dolor a Mary en muchos aspectos, pero si analizamos su vida, en realidad, ambos eran libres de elegir si deseaban estar juntos, y Mary se unió a Percy sabiendo que éste había abandonado a su anterior esposa, sabía cómo era, y también tendría que haber sabido que las personas no cambian.

Entonces me di cuenta que yo, la que se enorgullece de no juzgar a nadie, estaba juzgando al escritor como persona, no como escritor, y que no era quién para meterme en ninguna relación, ni si quiera en una tan popular como la de ellos. Así que, con este pensamiento en mi cabeza, busqué por internet alguno de los poemas de Percy Shelley y lo leí, no sin ese sentimiento de culpa en el que gritaba desde mi interior mi lado feminista sacando una pancarta con “Abajo el patriarcado”, pero sí, lo leí y me encantó, me recuerda a Keats, en aquel momento bajé mi pancarta y me enamoré de sus poemas como ya lo hizo Mary Shelley.

Ahora mismo tengo en mis manos el poemario Adonais, de la editorial Alastor, con su maravillosa y sencilla portada, un tesoro para los que amamos la literatura clásica.

La poesía de Shelley es sencilla, tierna, romántica y en ocasiones con pinceladas de drama. Cuando la lees sientes la calidez de una mañana de primavera y el frescor de una noche de verano, pero si indagas más en cada palabra intencionada, y en la profundidad de cada verso, descubres a un Shelley sumido en el frío invierno de sus propios sentimientos aislados y demasiado influenciados por los acontecimientos que se producían en una vida desordenada pero llena de libertad y en una época donde la libertad era rechazada y demonizada.

Pero, a pesar de todo ello y a pesar de todos sus detractores, Shelley hizo historia y sigue inspirando las historias de los demás sin depender del tiempo en el que se lea.

Porque la literatura clásica es un cuento para adultos que nos hace soñar como cuando éramos niños.

Ahora me alegra haber separado lo que era el autor de la obra, pero es un error que todos cometemos y seguiremos cometiendo. Nuestra forma de ser es reflejada en nuestras obras, pero si todos fuéramos políticamente correctos, nuestras obras serían demasiado aburridas e insípidas.

Arturo Pérez Reverte, un escritor español que me encanta como articulista, dijo en uno de sus artículos de opinión que si amas las obras de un escritor, nunca debes conocerlo, porque si terminas odiando a ese escritor, terminarás odiando sus obras, y es una lástima perder la oportunidad de leer una excelente obra.

Yo os digo que, si os gusta el escritor como persona, ya tenéis la mitad del camino hecho, aprovechad y leed sus obras, y si no os gusta, corred un tupido velo sobre él y dadle una oportunidad como escritor, porque como bien dice A. Pérez Reverte, os podéis perder grandes obras.

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