31/08/2026@07:07:00
Corría el año 1918, cuando el 19 de noviembre, en el corazón de Madrid, en pleno barrio de Chamberí, venía al mundo la benjamina de una larga familia de periodistas que sería bautizada como Encarnación Margarita Isabel Verdugo Díez. El malagueño Alfredo Verdugo Landi, linotipista y cajista de imprenta en el diario “El Sol”, y su esposa, Leonor Díez Gállego, no podían imaginar que aquella pequeña acabaría convirtiéndose en la primera mujer -y la mejor- reportera de sucesos del siglo XX en España. Llegaría, incluso, a ser tan famosa como su abuelo Joaquín Verdugo Landi, que escribía crónicas taurinas en verso en la prensa malagueña, o su tío Francisco, ambos periodistas de Prensa Española y del ABC.
Hay un recuerdo que tengo grabado a fuego de aquellos meses grises de la pandemia, cuando el mundo se volvió pequeño y nos quedamos encerrados entre cuatro paredes. Recuerdo, sobre todo, los días de lluvia. Me asomaba a la ventana y el olor me subía desde la calle: ese aroma a tierra húmeda, a tierra mojada, a vida despertando. En ese momento, sentía una necesidad imperiosa, casi dolorosa, de salir, de tocarla, de pasear descalza. Echaba de menos la casa de mis padres, sentir la hierba fresca bajo mis pies al desayunar, el rocío de la mañana, ese frescor que te reconcilia con el mundo. Estar encerrada me hizo entender que ese olor y esa sensación no eran un lujo; eran una necesidad vital.
«Cuarta pared» es un concepto nacido en el teatro del siglo XIX —esa pared invisible que separa el escenario de la platea— y trasladado después al cine, la televisión y el cómic. Aplicarlo a una novela de 1605-1615 es, en rigor, un anacronismo cómodo.
Tuve el gusto de compartir en el Encuentro de Poetas de Salamanca en octubre de 2018 con una modesta poeta de las canarias, yo quedé profundamente conmovido al leer el libro que ella me regaló y dedicó. Ante eso, me siento obligado con tal artista, de esbozar estas palabras sobre Cecilia y sobre "Almenara de Sueños".
Se cumplen noventa años del asesinato de Federico García Lorca
El odio tiene mucho que ver con la envidia -desde los mitos bíblicos-. La envidia atufa a odio. Odiar no es un derecho ni una condena, sino un sentimiento privado con movilidad propia que las personas civilizadas tienen que saber llevar con cierta elegancia y disimulo público. El odio -nuestro pecado capital junto con la corrupción- se debe privatizar siempre. Politizarlo puede ser una manera de justificar un crimen. Este fue uno de los ingredientes más amargos y asquerosos que se le echó al guiso de nuestra Guerra Civil. Hubo muchas raciones que no se debieron repartir, pero se hizo por puro cainismo bíblico latente que se destapó brutalmente en un contexto bélico.
Schopenhauer y Berkeley lo teorizaban. Calderón de la Barca lo ponía en escena: La vida es sueño… el sueño, a lo mejor, del idealismo de Platón, de sus ideas inmutables y de la resiliencia a lo eterno. Quizás era así. O quizás, después de siglos, las ideas parecen no ser tan perennes, sino más bien como el río de Heráclito: cambiante, mutable, serpiente.
El pasado 31 de julio de 2026, Walter Torres Rodríguez y Carla Pravisani hicieron publicaciones en Facebook en donde se me acusa de incurrir en mentiras en mi artículo de investigación “La capilla literaria “Obandx” y su proyección en el contexto de la tercera revolución industrial, respecto a la premiación de un libro a Walter Torres Rodríguez, trabajado en los talleres de escritura creativa de su maestra Carla Pravisani, quien niega toda responsabilidad.
El copywriting (escritura creativa) y la literatura comparten algunas herramientas —ritmo, precisión, economía verbal— pero responden a contratos opuestos con el lector: uno busca resolver y vender; el otro, abrir preguntas y sostener la ambigüedad. Analizamos dónde se tocan, dónde se separan y qué pasaría si Cervantes hubiera tenido que escribir el Quijote para convertir, no para narrar.
FIRMA INVITADA
Por Eva Losada Casanova
Cuando hablo de la intencionalidad de la escritura, mi memoria regresa una y otra vez, como niño hambriento, a uno de los grandes personajes del escritor madrileño Luis Landero. Recuerdo como, a lo largo de la lectura de El guitarrista, este personaje se pasea por los rincones de su vida exclamando a los cuatro vientos que está escribiendo una novela, lo hace con una mezcla de altanería y desasosiego. ¡La novela del eterno novelista! Aquella que no solo nunca se acaba sino que comienza cien veces, quizá mil. La edad temprana es ese campo de cultivo en el que la romántica idea de ser escritores va y viene como una cometa. Colorida y libre. Queda muy bien hacer volar nuestra cometa mientras compartimos unas tapas en un bar o bajo un hipnótico y peligroso cielo estrellado. El problema es que llega un momento en el que ese trozo de tela se hace pequeño en un cielo limpio y azul o bien cae en picado y descompuesto a nuestros pies.
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Vivir una soledad no deseada en una ciudad muda, es como tener un aguacero inmediato y no tener el paraguas chino que aunque se vuelque hacia arriba con el viento inesperado, al menos protege hasta el primer soportal. En cuaquier papelera caerá retorcido como los sueños enjaulados del trotamundos que llevamos dentro. Una vez un cantero abulense, de esos de voz también canteada por los años, me dijo que las piedras hablan y que la lluvia las termina de acomodar, de biselar. Tambien estan solas a merced del tiempo devorador de su brillo, en la soledad de sus gárgolas, que te protegen, pero también te aísla entre el silencio de los arcos, testigos inmortales y callados de tu paso.
Las manos del artesano, endurecidas por el tiempo y la fricción, moldean la materia. Madera, metal, arcilla; sustancias inertes que, bajo su toque, adquieren forma. Un proceso repetitivo, casi mecánico, que se repite a través de los días, los años. Crea belleza, dicen algunos. Funcionalidad, añaden otros. Pero la belleza es una ilusión efímera, una construcción mental que se desvanece con la comprensión de la insignificancia. La funcionalidad, un breve aplazamiento de la inevitable decadencia. Sus herramientas, extensión de su cuerpo, reflejan su propia inexorable descomposición. El filo se embota, el mango se agrieta. Igual que él. El cuerpo, una máquina imperfecta que se deteriora con cada ciclo de trabajo. Los músculos se tensan, las articulaciones crujen, un recordatorio constante de la fragilidad inherente a la existencia. Cada pieza terminada, un pequeño triunfo sobre el desgaste, una breve resistencia a la entropía que no hará mella en el gran diseño de la nada.
Nuestra Emily Bronte es Carmen Laforet. Voy a ir una semana a Tenerife y decido leer “La isla y los demonios” de Laforet, que se desarrolla en Gran Canaria, pero habla de Tenerife. Dice que los demonios son las pasiones humanas, que son mucho más de siete. Y las pasiones constituyen a las personas y ayudan a conocerlas. Y forman parte de su vitalidad profunda, de su abismo. Lo mismo ocurría en “Cumbres borrascosas” y en las obras de Shakespeare.
PLAZA DE GUIPÚZCOA
No he visto el eclipse. No solo por ir contracorriente (que también). Me revienta que nos manipulen. Y me explota la cabeza que un equipo de pringaos de la NASA te vendan la burra de un eclipse como si fuera algo insólito que no ha ocurrido en 100 años. Encima mienten.
Con ocasión del “Mes de las mujeres en traducción” dedico este texto a dos excelentes traductoras, Andrea G. Labinger y Nicole Laurent-Catrice, quien es además excelente poeta, con quienes he tenido el privilegio de trabajar colaborativamente en traducciones al inglés y al francés, respectivamente, de poemas del vate chileno Gustavo Gac-Artigas.
El fútbol siempre ha sido mucho más que un deporte. Es un espejo donde los países se enfrentan para ver sus éxitos y sus fracasos en la cancha. Y este ritual desata euforias, peleas y pasiones. Cabe señalar que el camino que ha recorrido la Albiceleste hasta las semifinales ha sido muy duro e incierto. Han sufrido las de Caín contra Cabo Verde, Egipto, Suiza e Inglaterra. Y han ganado «a duras penas». Es obvio que la selección argentina ha recibido favores de la FIFA y de los árbitros. Otro aspecto a tomar en cuenta, es el amor platónico, del infame Giovanni Infantino, por Messi; ahora llamado «La princesa de la FIFA» en las redes sociales. La selección argentina, desde un principio, arrastraba un juego excesivamente sucio y marcado por la violencia.
1. El género literario de Cumbres Borrascosas
En 2024, en una escena de Yellowstone, John Dutton le dice a su hijo al desentrañar un secreto del pasado: "no sé explicar la química de la atracción, la que nos lleva a hacer aquello que nos destruirá. No puedo explicártela porque no la entiendo yo mismo."
FIRMA INVITADA
Por Margarita Melgar, autora de "El verano de nunca acabar"
A la gente le extraña muchísimo que Margarita Melgar seamos dos (Ana Sanz-Magallón y Montse Ganges), y que escribamos novelas. También escribimos guiones, pero esto no sorprende tanto: como espectadores ya sabemos que las películas son cosa de muchos. Pero como lectores, seguimos esperando que el autor sea esa Sherezade que se sienta a nuestro lado para susurrarnos solo a nosotros una historia, así que una novela escrita a cuatro manos suscita más preguntas. Por lo menos dos: cómo y por qué.
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