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Por José Calvo Poyato, Doctor en Historia y autor de “El espía del Rey”.

El éxito de la novela histórica, que va mucho más allá de una moda temporal -propia de la primavera-verano y del otoño-invierno-, al no haber dejado de gozar del favor de un importante número de lectores desde que Walter Scott publicara Waverley en 1814, ha planteado el debate sobre si es posible aprender historia leyendo novelas históricas.

Retengamos en la memoria una afirmación que Lotario dijo a Anselmo en "El curioso impertinente", de Cervantes, y meditemos de achaques antropológicos. La afirmación dice: "Es de vidrio la mujer".

Es necesario, al educar, que los jóvenes beban de las tres fuentes primigenias del conocimiento, esto es, juntar la estética, el estudio de lo bello, con la ética, el estudio de la bondad, con la lógica, el estudio de la verdad.

La melancolía había nacido ya, había llegado antes que él. De hecho, le esperaba a la sombra de un árbol antiguo y esbelto. Rostro de expresión serena; ¿un rictus de complacencia, de aceptación, de ironía en los labios? Sus ojos reflejaban el hábito de quien ejerce la reflexión como una forma de ser. Todo lo cual resultaba reconocible salvo su sexo, que era incierto.

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Álvaro Arbina nos cuenta en exclusiva lo que le ha supuesto el éxito de su novela "La mujer del reloj"

Siempre he fantaseado con lo que se oculta tras los libros. Cuando era niño solía quedarme absorto, con la historia detenida, abierta sus fauces ante mí. Acariciaba la piel encuadernada, el ocre ancestral de las páginas, me dejaba seducir por el olor a polvo, a viejo, a magia. Contemplaba los rostros de aquellos escritores, que parecían vivir con sus personajes, en el mismo universo de ensueño que me seducía tanto y ocupaba mi pensamiento incluso cuando no leía.


Hojeando la magnífica revista “Letras Libres”, portentoso índice de restaurantes, aburguesadas biografías y bibliotecas, me topé con un artículo del académico Christopher Domínguez Michael que trata de la muerte del bardo Yeats, texto minucioso que ostenta la erudición del más alto guía turístico y que me movió a ponderar e inquirir las razones que hacen que los literatos piensen que poseen la rara habilidad de leer lo que otros no pueden leer.

Una de las preguntas que me hacen con más frecuencia en entrevistas es, palabra más, palabra menos, la siguiente: “Usted ha publicado novelas, ensayos, teatro, libros de cuentos y de poesía... ¿En qué género se siente más cómodo?”

El poeta habrá de aguardar un poco más; habrá de ser el último, el que cierre la puerta (como hace la muerte, para nuestra armonía).

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La novela histórica seduce, conquista y cautiva a muchos lectores porque les complace filtrarse a hurtadillas en la vida secreta y en la privanza de las grandes figuras de la historia, y en ese viaje retrospectivo deslizarse en las alcobas de los palacios, en las ágoras de las vetustas plazas de Atenas, Roma, Aviñón, Tebas, Londres, París, Toledo o Cartago, o en los yermos páramos donde se dirimieron batallas que cambiaron el curso de la Historia.

Impertinente, filosófico lector, sabed que el palique que lees quiere ser el andamio de una monografía, trabajo recto, duro e imparcial no idóneo para cabezas como la mía, tan dada a las diversiones poéticas, bagatelas históricas y husmeos biográficos. Los amedrentamientos de la academia donde calculo el ir y venir de la fama de los poetas y de sus libros me han movido a releer la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, quien de acuerdo a los juicios del perito don Marcelino Menéndez y Pelayo es juglar superior a muchos de los de España.