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Desde que leyó libros como «El camino del Tao» de Alan Watts o el «Paradigma perdido» de Edgar Morin, ambos publicados por la editorial Kairós en los años 1974-1976. Agustín Pániker (Barcelona, 1959) no ha parado de viajar y al mismo tiempo de documentarse con la lectura de esos lugares a donde viajaba. Su sueño con el paso del tiempo es aprender y comprender, y al mismo tiempo escribir sobre esos lugares y esos temas que le causan una curiosidad. Verlo como un complemento y no como una diferencia.

Traducción:Eduardo Zeind Palafox

El socialista de hogaño está en la postura del médico que procura tratar un totalmente descorazonador caso. Cual doctor, debe mantener vivo al paciente, por lo que admite que el paciente, al menos, tiene oportunidad de sanar. Cual científico, debe arrostrar los hechos, por lo que admite que el paciente podría fenecer.

En la entrevista que el pasado siete de diciembre pudimos leer en el suplemento de libros de este diario, Los diablos azules, a la escritora Sara Mesa a propósito de la publicación de su última novela, "Cara de pan", interpreté que la autora rechazaba la pregunta que solían hacerle: “¿qué has querido decir con esta novela?”.

Este libro, mi tercero publicado en Lobo Sapiens/El Forastero, 2017; después de “EL GRAN REY ALFONSO VIII DE CASTILLA. EL DE LAS NAVAS DE TOLOSA". ALDERABÁN/ALFONSÍPOLIS-2012, y de “BREVE HISTORIA DE FERNANDO EL CATÓLICO". NOWTILUS-2013; me he acercado al Rey Sabio, personaje atrabiliario, cosmopolita, y generador de diatribas y de opiniones encontrados. Yo creo, modestamente, que fue una buena persona, sensu stricto, de nivel cultural elevado, un humanista, pero como rey era un desastre, no estaba preparado para ese puesto político; ya que su carácter típicamente ciclotímico tenía un componente infantil o inmaduro. Su melancolía o estado ansioso-depresivo, era crónico y no pudo o supo superarlo nunca.

Dos poetas beben café en La Biblioteca. En la vetusta ciudad de Valladolid no hay consenso sobre qué diferencia a la nueva poesía de la tradicional. En una mesa de madera hay notas sueltas y tan sólo dos libros, los suyos. A la izquierda se sienta «Redry», un poeta de los que utiliza Instagram. A la derecha está David Acebes, un consagrado escritor que encarna los valores de la vieja escuela.

«Este camino es afilado como una navaja, intransitable, y es difícil viajar por él; esto declaran los sabios» (III-14)

«Aquel que no se ha apartado de la mala conducta, cuyos sentimientos no están controlados, que no está tranquilo y cuya mente no está en calma, nunca puede alcanzar el Atman, ni siquiera con el conocimiento» (II-24)

(Katha Upanisad)

La aprobación, en el último Consejo de Ministros de 2018, del Real Decreto por el que se ponían en marcha actuaciones que desarrollan el Informe aprobado por el Congreso de los Diputados sobre el Estatuto del Artista y su ratificación por el Pleno el pasado 22 de enero han sido dos acontecimientos de primer orden. El Decreto supuso la concreción de parte de las 75 medidas planteadas en el documento que aprobó la Cámara en septiembre de 2018 y un primer paso para hacerlo realidad integra en un futuro próximo.

La preparación de estas interesantes jornadas coincide con la última (en su doble acepción de más reciente y de postrera, según su autor) novela de Frederick Forsyth, el autor de Chacal. Los autores anglosajones han sido, tradicionalmente, los más asiduos practicantes del género de espionaje; cuando no espías ellos mismos, desde Defoe hasta el propio Forsyth. En España hemos ido a la zaga, bien porque (en magistral expresión de Fernando Martínez Laínez) ‹‹ algunos creen que en España…lo único digno de espiar es la tortilla de patata›› (1), o porque los resabios de la dictadura y el difícil acceso a los secretos oficiales han dificultado la práctica del mismo.

El pasado 21 de febrero se celebró en todo el mundo el Día Internacional de la Lengua Materna. En la 30 Conferencia General de la Unesco, celebrada en su sede de París el 17 de noviembre de 1999, se acordó por unanimidad declarar el 21 de febrero de cada año como el día para recordar y reivindicar la importancia de la lengua materna.

Siempre ha habido hombres a los que su linaje les impone –a veces hasta sin severas coerciones; simplemente, no tienen más salida— un destino, mientras la vida, con su vitrina inagotable y jacarandosa, los tienta con otro; y ambos les resultan tan distantes y difíciles de conjugar que la disyuntiva los aboca de cabeza al quebranto.

Hace ya unos años el químico y naturalista suizo Albert Hofmann (1906-2008) publicaba su «Historia del LSD» (Gedisa Editorial) un trabajo que con el paso de los años no ha hecho más que reeditarse continuamente. Doscientas once páginas en donde su autor nos ofrece un recorrido no sólo por su vida, sino que nos descubre cómo fue ese gran descubrimiento.

Para un observador actual, el Siglo de Oro resulta sorprendente en muchos aspectos. Tomemos como muestra el mundo del libro. Lo primero que nos asombra, comparándolo con el nuestro, es la importancia que se le concede en la legislación. Comenzando con la Pragmática de los Reyes Católicos (Toledo, 8 de julio de 1502), todo el siglo XVI se caracteriza por la intensa labor legislativa y censora que se ejerce sobre los textos impresos. Esta preocupación proceden, en primer lugar, de la Corona; y, en segundo de la Inquisición, que ahora comienza a publicar sus famosos Índices de libros prohibidos. Ambas se yerguen como guardianas del pensamiento en los reinos hispánicos que, desde la perspectiva oficial, debían ser perfecto relejo de la doctrina católica.

Frente a quienes piensan que en España no se puede escribir sobre espías porque aquí lo único digno de espiar es la tortilla de patata, están los que pensamos que en este país las tareas de inteligencia tienen una gran tradición, y es posible realizar aportaciones interesantes a un género literario ya muy consolidado en otros sitios, con características y reglas propias, y cuya temática es el espionaje en cualquiera de sus facetas.

Traducción: Eduardo Zeind Palafox

Desde muy temprana edad, tal vez desde los cinco o seis años, supe que creciendo debía ser escritor. Entre los diecisiete y veinticuatro años de edad procuré abandonar tal idea, e hícelo consciente de que zahería mi verdadera naturaleza y que tarde o temprano tendría que asentarme y redactar libros.

Ya lo decía Dwight D. Eisenhower, tras la liberación de Auschwitz «Graben todo. En algún momento algún bastardo se levantará y dirá que esto nunca sucedió». Vivimos unos tiempos convulsos. Hace ahora ya unos años en que Mariano Rajoy llegó a La Moncloa y parecía no querer abandonarla.