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Hay un proverbio italiano que dice “Pastor que halaga al lobo no ama a las ovejas”. Traigo a colación el mismo porque en estos días negros en que transitamos, en donde la ciudadanía de España y del mundo está amenazada por una pandemia que deja un incalculable reguero de muertos, además de a millones de ciudadanos que ven peligrar su sustento o de empresarios que tendrán que cerrar sus empresas.

Una breve mirada sobre un grupo de escritores ingleses nacidos a principios del siglo XX, para ser leídos un siglo después

Puesto que en español el marbete ‹‹la otra generación del veintisiete›› se utiliza para agrupar a esos genios que, como López Rubio, Mihura, Jardel, Tono, Neville et al. Coinciden cronológicamente pero no estética (ni políticamente en muchos casos) con los del 27, usamos el barbarismo tuentiseven para referirnos a un conjunto de escritores ingleses nacidos a principios del siglo XX, y que en algún caso mantuvo estrecha relación personal. Me gustaría indicar, incidentalmente, que nunca he sabido porqué los García, Alberti, Cernuda… eran los unos y aquellos citados los otros, como no sea por el unamuniano ‹‹hunos y hotros››.

«Alá vio triste la situación de los hombres como trataban la tierra, decidió entonces enviarles al Arcángel Gabriel. En realidad pensó, el Corán es demasiado difícil y demasiado largo; Gabriel se lo volverá a explicar de manera muy sencilla. Esto evitará la catástrofe ecológica y hará a los creyentes más sencillos, su fe más eficaz y el fundamentalismo innecesario. Entonces Gabriel se fue con un simple mensaje. Viajó por todas partes, utilizó todas las huestes celestiales. Finalmente volvió al cielo. Sus alas estaban completamente sucias y estaba exhausto. Alá le preguntó como le había ido; si había trasmitido el mensaje. Si, naturalmente -respondió- ¡pero los hombres no tienen tiempo de escuchar!»

«Oh dulce España, patria querida», Miguel de Cervantes Saavedra

El benemérito historiador Carlos Belloso Martín, de la Universidad Europea Miguel de Cervantes, en su excelente artículo «Miguel de Cervantes, soldado en el Mediterráneo. Nuevos datos para su biografía (1571-1575)». Cervantes, soldado de la Infantería Española, Revista de Historia Militar (2016, 77-105), pone en letras de molde el nuevo documento, dejado en el tintero por los eruditos, sobre el acuartelamiento de los hermanos, Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) y Rodrigo de Cervantes (1550-1601), de la compañía del capitán Manuel Ponce de León (1539-1549), del «Tercio de la Sacra Liga» del Maestre de campo, Lope de Figueroa y Barradas (1541/42-1585), en la base naval de Villafranca Sícula, situada en la colina de San Calogero, de la provincia de Agrigento de Sicilia en el invierno de 1572.

De pronto he descubierto que escribir sobre un amigo se me antoja tan embarazoso como hacerlo sobre mí. Y más, tratándose de un tipo tan generoso como Alfons Cervera. Por supuesto, me queda el infalible recurso de emboscarme tras el engaño y, además, intuyo que si lo hiciera —que si me meciese sobre el sinuoso vaivén del embuste—, hasta puede que resultase más ameno cuánto quiero contarles. Suele suceder; y tanto que quizá por eso me dediqué a escribir novelas: para olvidarme de mí y revivir lo que me rodea engastando cuidadosamente trocitos de otras vidas que me surgen de nunca sabré dónde.

Lobo Sapiens/El Forastero-2020

En el presente trabajo monográfico y biográfico, que significa mi quinto libro (“URRACA I DE LEÓN. PRIMERA REINA Y EMPERATRIZ DE EUROPA”. Editorial EL LOBO SAPIENS/EL FORASTERO. León. 2020), me he acercado con un interés y rigor enormes, a una de las grandes reinas europeas y, ¡cómo no!, sobre todo lo es de León, pero ella sabe de dónde viene y a donde va, y por esta razón se intitula siempre como: “EMPERADORA DE LEÓN Y REYNA DE TODAS LAS ESPAÑAS”.

Como ya van dos consecutivos, siento la desazón de que, al elegir otro centenario como objeto de estas líneas, les suene a salvavidas de articulista sin recursos. Y sin embargo, la ocasión lo merece, pues se trata de Luces de bohemia, que pasa por ser la pieza teatral más importante del siglo pasado —y, tal vez, hasta del presente— en las letras hispanas.

«Oh dulce España, patria querida», Miguel de Cervantes Saavedra

Conforme a mi artículo «Miguel de Cervantes Saavedra quiso emigrar dos veces a América Latina» (eHumanista, 2013), y no una vez como lo anuncian equivocadamente algunos eruditos. La carta autógrafa, del 17 de febrero de 1582 en Madrid, del autor de Las novelas ejemplares (1613) dirigida «al ilustre señor Antonio de Eraso, del Consejo de Indias de Lisboa», documenta que Cervantes pidió una vacante en el Nuevo Continente, y confesó que se entretenía «en criar La Galatea», la primera novela pastoril (K. Sliwa, Documentos, 124-25).

El veterano certamen secunda la iniciativa de proponer lecturas durante la cuarentena con el libro de textos galardonados en su última edición, que hoy presenta

Veinte son los poemas que componen la antología de la décimo tercera edición del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet, a la que he tenido el honor de contribuir con unas claves de lectura, y que ahora presentamos con gran satisfacción ante el público lector.

No deja de resultarme chocante la fervorosa reivindicación feminista que nos envuelve durante estos días cuando somos el país que alumbró al mundo la figura del Burlador; más aun ahora, cuando hemos despejado la entredicha paternidad de Tirso de Molina y podemos afirmar con una cierta solvencia que su autor fue el murciano Andrés de Claramonte.

Acercarse a la obra del profesor Alberto Maestre Fuentes es llegar a realizar un viaje en el tiempo a través de la Historia. En cada página pone los distintos datos que ha recogido gracias a una intensa investigación que en ocasiones no ha sido fácil como él mismo ha podido señalar. Fechas de cuando se iniciaron los principales partidos nacionalistas saharauis así como el papel que en su momento desempeñó el Monarca Hassan II de Marruecos o el fallecimiento del Almirante Carrero Blanco.

No era de noche. Apenas las ocho de la tarde. Pero ya se perfilaban las primeras sombras de la penumbra que anunciarían su muerte. Sombras aletargadas en la brisa del cercano Tévere y pérdidas entre las siluetas de las escasas personas que a esas horas todavía cruzaban la ciudad de Roma a través de la Piazza di Spagna. Había silencio y oscuridad en el entorno.

El profesor Juan Arnau con el paso de los años parece haberse convertido en el estudiante que ha sido. Últimamente ha sacado del disco duro de su ordenador todos los trabajos que entre clase y clase, viaje y viaje ha ido escribiendo a lo largo de los años. Desde unos lejanos estudios en torno al mundo del budismo o ese Manual de Filosofía Portatil con el que algunos le conocieron hasta esa Fuga de Dios o La invención de la Libertad y con un grupo de profesores de sánscrito ha coordinado Upanisad Correspondencia Ocultas una traducción de las principales Upanisad en donde no solo las traducen sino que realizan una pequeña introducción para invitar a lector situándonos en la medida de lo posible en que momento fueron realizadas.

«Oh dulce España, patria querida», Miguel de Cervantes Saavedra

El héroe de Lepanto, «católico y fiel cristiano» (El Quijote, I-XIX), y lector de unas Horas de Nuestra Señora, el 4 de junio de 1593 en Sevilla, no solo afirmó ser «hijo y nieto de personas que han sido familiares del Santo Oficio de Córdoba» (K. Sliwa, Documentos, 262-63), sino también aseveró creer «firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la Santa Iglesia católica romana» (El Quijote, II-VIII), y estar en Roma, donde «besé los pies al Sumo Pontífice, confesé mis pecados con el mayor penitenciario, absolvió me de ellos, y dióme los recaudos necesarios que diesen fe de mi confesión y penitencia… visité los lugares tan santos como innumerables que hay en aquella Ciudad Santa» (La española inglesa).

Ya sabrán que el lunes pasado se cumplieron cien años de su nacimiento y tal vez que en su pueblo, Rímini, se ha inaugurado una ruta felliniana que va desde el cine Fulgor, en el corso d’Agusto —esa calle mayor que retratara en Amarcord (1973)—, hasta el castillo de Sismondo, a unos trescientos metros, según se sube desde el cine por la vía Malatesta.