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Angélica Liddell, "Solo te hace falta morir en la plaza": la oscuridad de lo místico y la nobleza de la verdad

Por Ángel Silvelo Gabriel
viernes 24 de septiembre de 2021, 10:24h
Solo te hace falta morir en la plaza
Solo te hace falta morir en la plaza
Vivir desde la propia muerte, y de ese modo, construir un universo telúrico, rompedor, punzante, autodestructivo y a contracorriente de uno mismo y de los demás. Azotes fabricados de palabras. Léxico amordazante como la más pesada de las cadenas. Solo te hace falta morir en la plaza no va de arrodillarse ni de resignarse.

Ésta es una historia de abismos y raíces, como nos dice su autora, y donde se explora la oscuridad de lo místico y la nobleza de la verdad dándose la mano en busca de lo inalcanzable, aquello que es bello en sí mismo, pero que a su vez necesita ser descubierto. Este es un texto de descubrimientos, de materia orgánica; una lava que nada más atiende a la destrucción que producen las nuevas vidas, condenadas o no, a la muerte. La excusa que Angélica Liddell ha buscado en este caso es el toreo, pero podría haber sido otra. Aquí la figura de Juan Belmonte es magma, luz, arte y verdad, pero sobre todo, verdad. Aquella que se necesita para salir adelante cada día. Aquella que nos atormenta con sus aristas y rugosos perfiles: «Querer morirse es lo único que hace falta para torear». «Hay días tristes que duran meses. Hay días tristes que duran toda la vida». «Lo único que nos libra de la muerte es desearla». Un deseo que se traduce en infinidad de frases cortadas con la herrumbre de la soledad y la búsqueda del amor, pues el amor es la materia prima de un texto condenado a ser la voz en off que supone el reflejo del espejo de la vida. Una vida que ha sido desprogramada en un mundo artificial y tecnológico. Mundo máquina. Mundo obsesión. Mundo digital que solo produce hologramas planos. Falsos como sus propuestas. Ególatras como el más cutre de los selfies. Hologramas incapacitados para decir la verdad.

En la primera parte, titulada como Juan Belmonte, asistimos a la ceremonia del encuentro existencial que se produce entre el torero y la muerte. Aquel al que nunca se enfrentan los aficionados. Aquel que se resiste a ser sacado a la luz de una malentendida fiesta. La verdad del toreo y su esencia es la antifiesta. La verdad del toreo es su encuentro metafísico con la verdad. El éxtasis del amor hacia un arte que siempre acaba en la muerte de uno de los dos oponentes. Lo demás no existe en la parcela que delimita un ruedo. Victoria o muerte, ese es su único axioma posible. De esa imposibilidad de vida es desde donde Angélica Liddell se acerca al arte del toreo. Y lo hace de una manera arcaica y profunda, explosiva y leal, telúrica y trascendental; un universo desde el que siempre se expresa la última voluntad de morir para volver a vivir, en una especie de universo místico donde la vida es muerte y el amor una sentencia. Y donde la búsqueda de la belleza (esa entelequia inalcanzable) es el sostén de nuestros miedos frente al mundo y la verdad. Y todo ello desde el ángulo en el que la vida viene representada en palabras, y donde la voz en off que nos acompaña aprovecha para lanzar un ataque atroz a la sociedad burguesa que la autora ejemplariza en los funcionarios. Sociedad materialista y no espiritualista. Sociedad llena de derechos y alejada de la incertidumbre necesaria para crear y avanzar.

En El placer de los dioses la autora nos dice: «El toreo es convertir la locura en la máxima cordura. Es precisamente lo racional lo que verifica el milagro del inconsciente. El toreo es la lógica de lo sobrenatural y hasta de lo irracional». Aquí el arte del toreo es abordado desde la mística y la herejía. Desde la posibilidad de que éste se convierta en poesía. En poema. Pues como dice Bergamín:«Se torea en verso, torear es crear». De ese sentimiento y de esa forma surge «el toreo como la métrica de las pasiones, la guerra hecha endecasílabos». No es de extrañar, entonces, que Liddell enuncie: «No se vende el arte a peso de carne». Una posibilidad, la del arte dentro del toreo, que dinamiza su esencia y le imprime del valor de aquel que crea jugándose su vida cuando un pitón le pasa a escasos centímetros de su corazón. De esa furia enfrentada al miedo y al terror surge la oscuridad de lo místico y la nobleza de la verdad.

Este espectáculo de amor y muerte, toreo y verdad, que nos propone Angélica Liddell, termina en una pelea argumental y lingüística donde la dramaturga reflexiona sobre el mundo del arte en la actualidad. Un espacio del que ella se encuentra alejada. Una distancia que, en su exilio, le permite verlo todo a través del óculo que le proporciona su necesidad de amar y ser amada.

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