Tras pasar por Cannes, como era de esperar -sin pena ni gloria-, esa algo más que refrescante nueva ola llega a nuestras desérticas pantallas como un baño de juventud, la de aquel tiempo tan diferente al nuestro, el del desencanto.
Aunque la etiqueta la acuñó una periodista de L’Express, Françoise Giroud, la Nouvelle Vague surgió del océano de papel de Cahiers du Cinéma, con el estreno de Los cuatrocientos golpes. El más radical de los críticos de aquella revista, luego el más lírico de los cineastas, François Truffaut, cambiaba la pluma por la cámara para convulsionar todas las estructuras del discurso estético y político con una marejada de alto voltaje literario que sacudió hasta sus cimientos la Francia del general De Gaulle.
Un año después, el más genial, Godard, tomaba el relevo con À bout de souffle. Seguirían Alain Resnais, Eric Rohmer, Agnès Varda, Louis Malle, los dos Jacques -Demy y Rivette-, y tantos más. Detrás, el cine de Roberto Rosellini, todo el existencialismo francés concentrado en el Quartier Latin, y su mejor literatura. Las novelas de Marguerite Duras, las de Alain Robbe Grillet. Hasta las de un maldito como Drieu de La Rochelle rehabilitado por Malle en su Le Feu Follet.
Eran jóvenes, transgresores por definición, podían permitírselo. Y se atrevieron a todo. Revolucionar el lenguaje cinematográfico sin pasar por ninguna escuela. “Escribir ya es hacer cine”, sentenciaría Godard. Despreciar los estudios y salir a los bulevares con cámaras portátiles de emulsión más sensible y magnetófonos que recogían el sonido ambiente. Hacer de la precariedad virtud -a falta de raíles para sus travelling, sillas de ruedas-. Filmar al límite, sin apenas recursos y, a paso de carga, desde la improvisación. “Una cuestión moral” que alcanzaría hasta los actores que pusieron rostro a sus audacias mientras irrumpían en la pantalla para alcanzar la altura del mito -de Jean Seberg a Catherine Deneuve, de Jeanne Moreau a Jean-Paul Belmondo, hasta Brigitte Bardot-.
Lo trascendental no era tanto lo que contaban, sino cómo lo contaban. Su libertad de tono, su creatividad, su irreverencia. Justo lo que ha desaparecido del panorama cinematográfico actual -y, por extensión, de todo eso a lo que seguimos llamando cultura cuando no pasa de un simulacro industrial-.
A la luz de todo lo que ilumina Nouvelle Vague, uno se pregunta hasta qué punto el progreso apareja ciclos de involución como el que nos ocupa. Qué pequeños somos, que poco pesamos si nos medimos en la balanza con aquellos jóvenes algo más que airados, sencillamente geniales, que se reían de todo mientras cambiaban el mundo.
Aquel Godard, Pierrot le fou, que llevaría su iconoclastia a autocalificarse como “God-Art”, mientras increpaba a los académicos –“No sabéis hacer cine porque no sabéis lo que es”. Aquel Truffaut que se jactaba de cualquier academicismo asegurando que su único nexo generacional era que ellos jugaban al flipper, mientras los viejos realizadores seguían con el póker. Aquel Resnais que se atrevería a llevar a la pantalla un idilio entre una francesa y un japonés, en Hiroshima mon amour, como si lo situara hoy entre una americana y un iraní, sobre el estrecho de Ormuz.
Su guerra fue la de Argelia, y acabó con las barricadas del Mayo del ’68. Un siglo adelante, siguen siendo faros en la noche para cualquiera que ame el cine y la vida, sin preguntarse dónde diablos está la frontera.
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