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"Crítica orteguiana a un soneto de Garcilaso" por Edvardo Zeind Palafox

domingo 02 de noviembre de 2014, 19:15h
Tiene campo fértil la fullería charlatanesca donde el subjetivismo impera. Las cámaras de las artes, hoy llamadas museos o cementerios, universidades o sindicatos y congresos o tertulias de mozos de camino, están atestadas de opinantes sin juicio, de damas con peor gusto estético que un trotskista sin revolución y de ancianos más acostumbrados a la intimidación espiritista y escolástica que a la dialéctica liberal.
Garcilaso de la Vega
Garcilaso de la Vega
Desde tan sombríos lugares, espeluncas de la erudición proletaria, siendo ésta inútil para penetrar el gran Arte (Miguel Ángel, que leía traducciones groseras de las obras de Homero, las sentía mejor que los académicos de argamasa que lo rodeaban), emana la opinión pública, que es ominosa opinión.

Se conmina al joven estudiante de Estética para que se atenga a los caprichos centenarios de los sabios y se le avisa con hosco rencor pendenciero que cualquier desvío doctrinal provocará óbices en su recorrido profesional; el bombo, la vaguedad y la nimiedad, le gritan, son los axiomas de las artes modernas.

Preguntarnos podemos, luego de mirar el paisaje actual del arte, cómo será posible hacer correcta y útil crítica literaria. Los críticos de los siglos XVII y XVIII, refiere Menéndez Pelayo en su doctísima “Historia de las ideas estéticas en España”, explicaban las pinturas con el tecnicismo poético y las poesías con el pictórico; a los versos pedían colores y a los colores rimas; al círculo le exigían métrica y al endecasílabo redondez conceptiva; en fin, había eclecticismo en todos lados, cosa no mala, mas sí estorbadora de la derecha y honesta crítica, que es vara directriz del juicio.

Evitemos pelamesas y cansadas riñas y lancemos, para dar inicio a la reflexión, dos tesis que Ortega y Gasset puso en un texto rotulado “La reviviscencia de los cuadros”, que dicen: todo “decir” es “exuberante” y también es “deficiente”. ¿Qué es “decir”? Es usar la letra o el color de tal arte que no se necesite más explicación que la habida en la letra o en el color mismo para darnos a entender.

Para soslayar lo mismo que vituperamos, es decir, la palabrería de “rhetor”, latina palabra que hoy se lee “orador”, citemos el cuarteto segundo del soneto XXXIV de nuestro Garcilaso, que reza: “veré colgada de un sutil cabello/ la vida del amante embebecido/ en error y en engaño adormecido,/ sordo a las voces que le avisan dello”. Pongamos el acento, por de pronto, en la palabra “cabello”.

“Cabello”, sin más, dice mucho y dice mal; el “cabello” es un símbolo de la feminidad; el “cabello” mujeril, según los afanes occidentales, debe ser de oro (recuerdo ahora poemas de Wilde y de Borges que describen cabelleras doradas), luz, “lumen”. ¿Pensaremos que Garcilaso habla literalmente de una vida que pende de una luz? ¿Y esta imagen lumínica nos recuerda las que el Dante puso en su “Comedia”? ¿Y no fue Dante gran lector de los antiguos, que aseguraban que sólo se vive cuando hay “alumbramiento” (Plutarco), o “bajo el sol” (Sófocles), o bajo la luz de las especies (Platón)? Los caballeros andantes bregaban sólo con el sol en lo más alto, que así a ninguno deslumbraba ni ponía en zaga.

Inútil sería un regreso al infinito, pero harto fructuoso uno a las fuentes griegas de nuestra Estética. Apuntó Baumgarten que la Estética es anterior a la Lógica, esto es, que nuestras sinopsis, síntesis y resúmenes mentales nacen en nuestra imaginación y en nuestra percepción. La Lógica busca la Verdad y ésta es eterna. Y lo eterno está siempre presente. Sólo la pintura puede estar siempre presente. Los versos y la música, en cambio, oscilan entre lo pasado y lo futuro, pues son artes rítmicas, temporales, explica Aristóteles.

En las “Vidas paralelas” de Plutarco, traducción de nuestro Ranz Romanillos, sección comparativa de Nicias y Craso, leemos que Eurípides dijo: “tienen que ser injustos los que no pueden estarse quietos ni saben gozar de lo presente”. Usemos de la “subtilitas explicandi” y comprendamos. La imagen del cabello, para ser realmente “cabellesca” (disculparán la expresión), será dinámica, injusta; luego, Garcilaso quiere mostrarnos, como tenemos dicho, que el amor es cegadora luz para todo enamorado, siempre hombre sin juicio.

Garcilaso echa mano del “cabello” y no de la luz para paliar eso a lo que Kant llamó “necesidades subjetivas”, también conocidas como “costumbres”. Nuestras necesidades individuales o espirituales, razona Kant, como el amar, el odiar, el guerrear, el mutar, encontrando asidero en la materia pasan por necesidades objetivas, universales. Hay arte, se sabe, cuando lo subjetivo representa la generalidad, o cuando el “cabello”, por ejemplo, es cabello y luz, luz y ceguera, ceguera y sordera, error, engaño y embebecimiento.

Grande poeta es el que evita el misticismo y el escepticismo, el éxtasis descomunal, arrebatado, y el escepticismo frío, marmóreo. El crítico de arte de buena estofa no aplicará los tecnicismos “óleo” o “temple”, que son pictóricos, al término “voces” para explicar al lector que hay en el ambiente del enamorado del soneto más de una luz, sino que buscará el significado radical de la palabra “voces” para saber qué quiso decir el poeta, que en este caso es Garcilaso. Es la biografía instrumento imprescindible de la Historia del Arte.

En la obra citada de Ortega se explica lo dicho: “Por eso la pintura comienza su faena comunicativa donde el lenguaje concluye y se contrae, como un resorte, sobre su mudez para poder dispararse en la sugestión de inefabilidades”. En el soneto de Garcilaso “voces” ya nada tiene que ver con sonidos, ni con labios, ni con humanidad, pero sí con la palabra “mundo”.

¿Qué es mundo para el amor? Sublimidad fragmentaria, o en substancia tierra, aire, agua y fuego, montañas, vientos, mares y soles (Baudelaire, en sus “Flores del Mal”, quéjase de su juventud repleta de ídolos, que llama “soles cegadores”). El cuarteto que antecede al comentado nos da la razón: “Gracias al cielo doy que ya del cuello/ del todo el grave yugo he desasido,/ y que del viento el mar embravecido/ veré desde lo alto sin temello”. ¿Qué hicimos, dilecto lector? Evitamos hablar a lo pintor, a lo versificador; pulimos exuberancias y roímos deficiencias; hablamos a lo filósofo y nos metamorfoseamos en enamorados, que jamás querrán que sus amadas sean muertas imágenes ni ausentes voces.

Pueden leer más artículos del autor en:

Blog personal: http://www.donpalafox.blogspot.com

Diario judío: http://diariojudio.com/autor/ezeind/

El Cotidiano: http://www.elcotidiano.es/category/columnistas/critica-paniaguada/

Leonardo: http://leonardo1452.com/author/eduardo_palafox/

Deliberación: http://www.deliberacion.org/?s=Eduardo+Zeind+

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