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Edvardo Zeind Palafox

Retengamos en la memoria una afirmación que Lotario dijo a Anselmo en "El curioso impertinente", de Cervantes, y meditemos de achaques antropológicos. La afirmación dice: "Es de vidrio la mujer".

Es necesario, al educar, que los jóvenes beban de las tres fuentes primigenias del conocimiento, esto es, juntar la estética, el estudio de lo bello, con la ética, el estudio de la bondad, con la lógica, el estudio de la verdad.

Es la noche camino incierto, pedregoso, hacia el día, lugar calmo. Por la noche soñamos, es decir, llevamos nuestra alma a los lugares que soñó el divino Platón. Soñar en los sueños de Platón, ser parte de otro sueño, diría Borges, es una pesadilla. Traduzcamos lo dicho a términos terrenales. A la gloria llega quien sale de la guerra, pero al infierno llega quien sale de la paz.

Jactándose de sabios, se volvieron necios,
y cambiaron la gloria del Dios incorruptible
por una representación en forma
de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles
San Pablo (Romanos 1: 22-23)

Las universidades enfrentan un problema que no sólo es sociológico, sino filosófico, que es el poco gusto por la lectura verdadera. Y por ser filosófico es hermético. La filosofía es la herramienta intelectual más afilada y dura, y cuando ella misma es problemática obliga a cuestionar la utilidad de todas las ciencias.

El hombre, para no sucumbir ante el voraz azar, debe ser leal o a sí mismo o a otros, o al menos a una idea que no dependa de circunstancia alguna. La lealtad es una idea que el tiempo, rico en accidentes, llena de significados. Los múltiples modos de interpretar las palabras que usamos para comunicarnos matizan nuestro lenguaje, tanto, que a veces poetiza y prosifica. Poetiza para captar lo alto, sentimientos categóricos, es decir, fundamentales, ocultos, y prosifica para signar lo más bajo, las cosas, que son murallas que esconden utopías.

Tan necesario es pensar en las palabras que leemos en la Biblia como razonar las áridas y profundas proposiciones que los filósofos antiguos grabaron en el mármol de la verdad, que gracias a ellos puede ser comprendida por los que no hemos sido convocados por la Revelación. La voz que oímos cuando leemos con fervor el libro del Génesis es una voz de aventurero, la de alguien que se atreve a crear algo libre, algo que sabrá qué es elegir, errar. Dios, y parecerá herejía lo que diré, fue al mismo tiempo sensato e insensato. Fue bueno, lo es, por confiar en nuestro laxo juicio, mas no podemos decir que es malo por dejar que andemos cometiendo disparates y desamparando a baldíos.

Leer la Biblia, sea la de Casiodoro de Reina, sea la que mandó a hacer el Rey Jacobo, mejora nuestro estilo. Mejorar nuestro estilo es mejorar, o mejor dicho, hacer inteligibles los tonos de nuestra voz. Tono es sentimiento y sentimiento es reacción ante los estímulos, que vienen del exterior, claro es... es decir, que comprueban la existencia de un mundo que no depende de nosotros. El estilo propio, que para ser propio debe romper la gramática, es musicalización​, poner musas en las cosas. ​


La relación que hay entre pensamiento y lenguaje es exótica, pues todo pensamiento es aventurero, salvaje, y todo lenguaje es, digámoslo así, académico, cuestión de hogar, segura. Los conceptos, cuando son pálidos, tediosos, bien explican los objetos, pero los hacen poco interesantes. Las imágenes, en cambio, son amenas, pero ambiguas. El lenguaje, o todo acto de comunicación, diría un Kant lingüista, es mera representación de los fenómenos, de las pasiones, de los pensamientos. Éstos, no lo ignora quien ha bregado en las críticas kantianas, siempre son provisorios, poco duraderos.

La lengua, dicen los académicos, que son contempladores del léxico, es un “maravilloso artificio” (Nueva gramática, XLI). Es labor artística porque crea “mundos nuevos”, según un poema de Huidobro, y es maravilla porque muestra a los sentidos y al entendimiento lo que por sí mismos no pueden captar, pues son constantemente embotados por las “preocupaciones de la vida” (Lucas 21: 34), como nos advierte Jesús.

Por Edvardo Zeind Palafox

Leí un artículo en “El País” de Vargas Llosa que habla sobre la “civilización del espectáculo”. El artículo, escrito en prosa llana, clara, esconde varios tesoros para los que saben leer al modo antiguo, penetrativo, mas no dice nada para los que sólo ponen la mira en los símbolos impresos.

Ni el pensador más disciplinado, avezado en científicos métodos y críticas teóricas, es capaz de soslayar las angustias metafísicas, nacidas de los saberes independientes de la experiencia, copiosos, pues se multiplican en las soledades, amigas inseparables de parias y aristotélicos. Soñar vestiglos es ameno, mas oneroso cuando bregamos contra sus imposibles ardides creyéndonos reales en fantásticas tierras.

Crítico es quien nota fisuras donde todos ven una superficie lisa. Lo que parece ser algo íntegro, unido, sólido, al declararse roto desmorona toda opinión vigente. Las paradojas, cuando son maltratadas, se vengan de sus destructores confundiéndolos, alterando lo que creen sentir y discurrir.

Solemos creer que la literatura es algo libre, algo que nace lo quiera o no el artista en que tiene lugar. Lo libre, según nuestra razón, es algo “en sí”, es decir, algo que no es causado o que se causa a sí mismo. Pero nuestra razón, que nunca se conforma con lo que le presentan los sentidos, busca los orígenes del arte, y halla, o cree hallar, fuerzas que lo provocan. El salto de lo físico a lo abstracto, ciertamente, es un salto literario.

Cum autem tradent vos,
nolite cogitare quomodo aut quid loquamini;
dabitur enim vobis in illa hora quid loquamini.
Non enim vos estis, qui loquimini, sed Spiritus Patris vestri, qui loquitur in vobis.
Iesus (Matthaeum 10: 19-20)


Andreu Jaume, editor de “Random House”, manifestadora y descubridora de entusiasmos literarios, ha escrito un artículo favorecedor de la erudita crítica literaria, bien encarnada en el doctor Johnson, que fue filólogo, clasicista, meditador y teórico, o dicho en términos coloquiales, dulzores de toda precariedad mental, filósofo que poetizaba y que encontraba las bellezas donde los otros sólo hallaban locura. El título del texto comentado es ya un axioma, pues reza así: “A favor de la complejidad”.

Pauperes enim semper habetis vobiscum, me autem no semper habetis Iesus (Ioannem 12: 8)


Sostiene María Zambrano en su libro "Filosofía y Poesía" que sólo en algunos elegidos tienen lugar, sin pugnas, pensamiento y estro (Zambrano, 13). Los filósofos, con la razón, buscan la verdad, y los poetas, con la palabra, buscan la belleza. Los que son filósofos tienen que renunciar, como quería Platón, a las apariencias, mientras que los poetas tienen que resignarse y aceptar que lo bello, lo aparente, es efímero, mortal. Sor Juana Inés de la Cruz, no sabemos, tal vez fue un filósofo con talento poético o un poeta con ansias filosóficas. Dirán algunos, por ver la calidad de sus versos, que era poeta; dirán otros, por leer los razonamientos de sus prosas y poemas, que era filósofo. Sólo Jesucristo fue cristiano, decía Nietzsche; sólo Sor Juana fue sorjuanista, decimos nosotros.