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"Elegía del anillo grande (Hombres al volante)" de Albert Torés García

lunes 26 de enero de 2026, 14:13h
Elegía del anillo grande (Hombres del volante)
Elegía del anillo grande (Hombres del volante)

En un mundo tan irracional, paradójico y desatinado como al que de continuo nos enfrentamos, es muy difícil sustraerse a la gran tradición del teatro del absurdo, que ya en una fecha tan temprana como 1896 fue inaugurado por Alfred Jarry y su Ubu roi. Después vendrían una larga nómina de dramaturgos como René Marques, Fritz Hochwälder, Mihura, Beckett, Ionesco, Stoppard, Genet, Arrabal, Adamov, Volojov, Mrozek, Pinter, Fo, Moreno Arenas…, o el que esto suscribe.

Sin embargo, como veremos al final de este análisis, ese absurdo, en realidad es aparente. Su configuración lo es, pero a medida que nos acercamos al final deja de serlo para convertirse en situaciones que tienen mucho sentido. En realidad esta obra es una crítica social evidente hacia una clase identificada aquí con el personaje El caballero que impone sus deseos, y a la que no importa crear cadáveres a su alrededor y usar a otros seres humanos en su propio beneficio con todo tipo de añagazas para salir victorioso. El sustrato, lo sustancial de esta obra, no acaba sabiéndose hasta el final.

Elegía del anillo grande (Hombres al volante) del malagueño Albert Torés García está plenamente inserto, por tanto, en esta tradición; al menos en su desarrollo y conformación.

Una obra amplia, de unas trescientas páginas, con hasta diecisiete personajes que intervienen y tratan de dirimir la responsabilidad de unos y otros en torno a la muerte de alguien que unos afirman y otros niegan, pero sobre cuyo concepto de culpabilidad gira toda la obra. Lo que menos importa es saber qué sucedió en realidad, cada uno de los intérpretes ofrece su versión, sino quién es el culpable o qué grado de culpabilidad hay en unos u otros. El concepto de culpabilidad se antepone a la verdad, ya que esta es lo que menos importa. Lo que realmente importa es acusar y defenderse, dirimir el concepto de culpabilidad, aunque no haya sucedido nada o se suponga que no ha sucedido. Ahí radica el hecho en sí que sustancia el absurdo existencial.

Todo un conjunto de hombres y mujeres discutiendo entre sí, ofreciendo argumentos y contraargumentos para acusar a alguien.

La obra tiene una estructura muy cerrada, con un prólogo inicial, un acto primero que transcurre el lunes, uno intermedio, que se desarrolla el miércoles, y un acto segundo que habría que entender que es posterior al miércoles pero se fija el martes, en ese absurdo del que hablamos, y a su vez está dividido en dos escenas; y, finalmente, un epílogo. Aunque todo al final se irá aclarando y explicando.

La extensión de ambos actos es similar, en torno a cien páginas.

El prólogo, en realidad, presenta el planteamiento inicial de la obra con un escenario un tanto alegórico y alusivo: este es un gran volante en el que hay tres hombres con capucha, agarrados y sentados en sillas, como si algo los moviera. Hay un hombre herido que no suelta las manos del volante y finalmente se desploma.

En el primer acto, ya se plantea la posibilidad de que el hombre caído esté muerto y El dueño de un tugurio donde transcurre la acción acusa a “El hombre”, uno de los personajes, de su muerte: “Yo sé que tú has matado a ese hombre”. Progresivamente van interviniendo otros personajes: El campesino que duda de que lo matara, El hombre acusado, que duda sobre su muerte. Estos se enzarzan en un diálogo completamente irracional sin llegar realmente a ver si el hombre ha muerto o no. Lo único que importa es la acusación.

El caballero que llega o El niño, nuevos personajes, no hacen sino dar argumentos para ir embrollando todavía más el asunto. Finalmente El hombre acusado declara que lo mató y El niño que no lo mató.

También El campesino acaba acusando a El hombre. La incorporación de La hija –que mantiene una actitud agresiva hacia su padre, El dueño- solo hace llevar más dudas porque esta afirma que El hombre no ha matado a nadie: “Este desgraciado es inocente”.

Igual sucede con la Lanzada, otra mujer que habla de su inocencia; y una Mujer 2 que aclara que el hombre solamente se desplomó.

Todo se convierte en una especie de bucle, un laberinto o un callejón sin salida en el que los personajes son fieles a sus propuestas sin tratar de entender o darle credibilidad a la del “otro”. Todo ello le hace exclamar a El hombre: “Hay demasiada gente a mi favor para que sigáis creyendo que soy el asesino”.

Sin embargo, otros recién llegados lo acusan. El hombre insiste en que él no ha sido y “puede ser el hombre que ahora me persigue”; pero este que lo persigue a su vez es perseguido, con lo que el círculo no para de dar vueltas sobre la misma idea una y otra vez. Al final de este primer acto, El hombre acaba acusando al Dueño del tugurio de ser el asesino.

En el intermedio, cambia el escenario –está limpio- y se encuentra El hombre 1 con un palo en la mano amenazando a El hombre 2, pero este logra echarlo al suelo y trata de acabar con él cuando acude El caballero, que le increpa sobre las razones para matar a su contrincante. Cada uno da su versión y salomónicamente El caballero concluye: “Deben buscar el método de matarse los dos a un tiempo”.

En un momento determinado el diálogo entre ellos es tan absurdo que El hombre 2 le dice a El hombre 1: “Te mataré solamente por imbécil”. El caballero alude al concepto de la gloria, de la sublimación de la “sobrevivencia”, del sentido de la justicia. Pero el bucle continúa sin solución de continuidad y hacia el absurdo completo cuando El caballero en el colmo del paroxismo le dice a El hombre 2: “Si no muere usted, yo lo remataré siempre que usted sujete el palo entre sus manos. Si es usted quien muere obligaré a este (señala a El hombre 1) a que se suicide”. Finalmente El hombre 1 y El hombre 2 acaban el intermedio dándose palos uno a otro. Ambos mueren, mientras llega La hija y dice: “¡Tarde! ¡He llegado tarde”.

En el segundo acto, el escenario es el mismo que en el primer acto, hay nuevos personajes, Arturo y Eva, pero también otros del primer acto. El campesino y El dueño siguen erre que erre hablando sobre el que mató o dejó de matar al hombre del volante. Arturo se enfrenta a El campesino y le dice que le remueve las tripas, en un enfrentamiento evidente. El campesino afirma que el asesino convivió con Eva. Y Arturo introduce la duda: “Nadie sabe si el hombre que estaba herido murió o no, sencillamente, se desplomó”.

A medida que dialogan El dueño se queja de su condición vital con una hija que lo insulta. Y le pregunta Eva si él quiere matar y que después le maten. Pero todo, como al principio, acaba en el mismo punto de salida: saber quién es el asesino, si es que el hombre del volante murió. La intervención de la Hija amplia las dudas sobre este absurdo vital: ignora las razones de su padre para acusar reiteradamente a El hombre, y lo llama estúpido. Las dudas sobre la muerte del hombre del volante persisten: “Puede que haya muerto y puede que no”. La llegada de El caballero solo genera más absurdo todavía, porque como ya señaló en El intermedio su única idea es que ambos se maten (El hombre y El dueño), algo que se acabará explicando con toda su lógica al final de la obra aunque ahora no se entienda: “La muerte de este hombre y la de su padre es inevitable”. Y la Hija le replica: “Usted solo tiene interés en que mueran los dos”. Y aquí se abre una amenaza que no se acaba cumpliendo, es decir, la posibilidad de un descubrimiento.

Finalmente, en el epílogo aparecen los tres hombres encapuchados y dice El campesino: “Estos hombres están muertos”. Descubrimos que El hombre al que daban por muerto no lo está y acabamos viendo el interés que había en que los hombres anteriores muertos se mataran con la excusa de una muerte anterior que no existió nunca, programado todo por El caballero, que temía que la Hija de El dueño lo echara todo a perder.

Sabemos que El campesino había actuado como comparsa acusador de El caballero sabedor que dos imbéciles se han matado para nada o simplemente porque El caballero tenía interés en ello. El campesino espera su recompensa, pero El caballero le increpa: “Tú no eres de los nuestros”, pero El campesino insiste y reclama de El caballero su aceptación como trabajador a sueldo, aunque en realidad al final es asesinado por El caballero, que le asesta un golpazo en la nuca, porque no es de los suyos. El hombre 3, colaborador necesario, dirá: “Ahora si está todo terminado (…) Después de todo era un desclasado”. Y El caballero remata la función tildando de cerdos a los muertos.

En conclusión, nos encontramos ante un buen espectáculo teatral que muestra que a veces en la esencia del absurdo existe toda una componente existencial, vital que nos permite ofrecer las claves de nuestra vida, en muchas ocasiones en una clara dependencia de clase, como así lo manifiesta claramente Albert Torés García, muy consciente del discurso ideológico, representado por una clase poderosa, y la importancia en la configuración social y las dependencias humanas.

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