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ARTE, CENSURA Y PODER

Reseña de la novela histórica "El juicio", de Luis Zueco
jueves 12 de marzo de 2026, 14:31h
El juicio
El juicio

Goya estaría sordo, pero no estaba ni ciego ni manco. Al contrario, estos otros sentidos —el de la vista para discernir y el del tacto para manejar los pinceles y plasmar en el lienzo o en el cobre la sociedad que contemplaba—, se potenciaron en su brillante cerebro de artista, pero también de persona de su tiempo, la consabida neuroplasticidad.

Y con sus pinceles en la mano, con su ilustrada visión de la deshumanización de la sociedad, con su hastío ante la latente ignorancia en que se encontraba esa sociedad en la que se desenvolvía, en la que vivía, en la que pintaba para vivir y vivía pintando, se revela con tintes de crítica y muestra su afer más revolucionario denunciando con grotescos trazos los desmanes que se perpetraban en aquellos convulsos años de finales del siglo XVIII que habrían de desembocar en los desdichados acontecimientos de 1808, ya en los albores del XIX: la desigualdad social, el atraso intelectual, la ignorancia como la culpable de todo, los abusos del clero, la hipocresía de la nobleza, las supersticiones, la corrupción moral, la prostitución y también los concertados matrimonios con mucha diferencia de edad.

Todo ello concibió pintarlo y plasmarlo en un libro, en un volumen que habría de ser el detonador que removería su hasta entonces acomodada labor como retratista de la élite de la sociedad que podía permitírselo, como pintor de frescos en ermitas o capillas y especialmente como pintor de cámara de Carlos IV. Aquel volumen que tituló Los caprichos y que contenía en cada lámina una determinada frase a modo de explicación o sugerencia escrita por su amigo Moratín, no gustó para nada a la por entonces casi finiquitada inquisición española. Es más, probablemente para esta anquilosada y decadente institución supuso un revulsivo pues, si conseguía llevar “al banquillo” a alguien tan bien considerado como don Francisco de Goya y Lucientes, mostraría la fuerza de su poder y su necesaria existencia.

Así pues, con la publicación de aquel lujoso libro de estampas que el propio Goya hubiera de sufragarse y con el que de alguna manera se mostraba como artista que rompe con el yugo de la estética del arte para manifestarse como mensajero social a través de sus dibujos, oscuros, siniestros tal vez, “caprichosos” sin duda, escandalosos por supuesto, contribuye sin quererlo, a que la inquisición que empezaba a no pintar casi nada en el Madrid y en la España del XVIII, volviese a amedrentar al más pintado, tuviese o no motivos para temer por sus actos recientes o pasados.

Y el primero de ellos es Goya, pintor de la corte, que consciente del riesgo que ha supuesto difundir su mirada crítica sobre la sociedad a través de sus Caprichos, decide retirar la totalidad de su obra, los aproximadamente 240 ejemplares restantes toda vez que en los pocos días transcurridos había vendido unos pocos y otros los había regalado.

Aun cuando, estas parrafadas pretenden ser una reseña de la última novela de Luis Zueco, "El juicio", subtitulado La inquisición contra Goya, no he podido sustraerme a narrar todo lo antedicho, principalmente porque es, sin duda, el leitmotiv o asunto central de la novela, entre otros, y porque esta, llamémosle, lección de historia, era para mí totalmente desconocida, me refiero al hecho de que la inquisición tomara cartas en los asuntos de pintura “descriptiva” del maestro zaragozano nacido en Fuendetodos.

Al parecer, también el autor de "El juicio", zaragozano asimismo, ha confesado en alguna que otra entrevista que, deseando desde tiempo atrás escribir sobre su paisano —y que no fuera relatar su extensa vida (84 años, 1746-1828), lógicamente con referencia a su obra y enmarcado todo ello en la época en que vivió—, cuando dio con este hecho, el del juicio o quizá pretendido juicio de la inquisición, tuvo claro qué daría a sus lectores. Y aquí está esta exquisita novela tratada y narrada con el extraordinario buen hacer literario de Luis Zueco, en la que, con 84 capítulos nominados, la mayoría de ellos relativamente breves —lo cual favorece mucho el ritmo y que el lector agradece—, con un epílogo, con unas veinte páginas de notas de autor muy necesarias y plausibles y con alguna que otra reproducción de las láminas de Los Caprichos (ocho en concreto, tantas como partes en que ha concebido la obra), nos mueve el autor por el Madrid de finales del XVIII y principios del XIX, con algún traslado a la Zaragoza de aquellos mismos años, y nos hace partícipes de los sucesos y acontecimientos con los que el genio de Fuendetodos hubo de desenvolverse.

Y es que todo lo que se hablaba de que la inquisición estaba tras la pista de sus Caprichos, pintaba pero que muy mal, pues si llegara a ser encausado tras las oportunas diligencias inherentes a la fase de instrucción, podría no solo perder su cargo de pintor de cámara, sino que quizá en su vida no pintara un cuadro más. Lo bueno de la historia es que sabemos que eso no ocurrió o sea que pintó y mucho más, vaya si pintó. Pero ¿qué es lo que ocurrió? ¿Que no llegó a ser enjuiciado o que, de haberlo sido, no hubo condena? Y, si no fue enjuiciado, ¿por qué? La novela plantea obviamente estos interrogantes, y lo mejor aún, los resuelve.

Es más quizá —y sin quizá, pues documentado está, y Luis Zueco sabe documentarse grandemente—, hubo otra causa o desmán transgresor que Goya se atrevió a perpetrar, siempre desde el punto de vista de la “Santa”, lo de transgredir y perpetrar.

En efecto, estamos hablando del cuadro de La maja desnuda. También de la vestida claro, pero la que escandalizaba a la inquisición era la que mostraba el desnudo femenino sin el paraguas de un hecho o escena mitológica que diera sentido y razón de mostrar a la mujer tal y como vino al mundo. La Santa no estaba por que el cuerpo de la mujer fuese mostrado ni en pintura. Era pecaminoso, indecente, sucio, procaz, obsceno, indecoroso, impúdico, desvergonzado, y quizá un sinfín más de desacertados adjetivos similares que la inquisición esgrimía para justificar lo injustificable.

Las ideas ilustradas suponían una amenaza y debían ser combatidas. Las principales figuras de la Ilustración Española fueron partidarias de la reforma de la Inquisición e incluso, en algún caso, de su abolición. Por aquellos años muchos ilustrados españoles como Jovellanos fueron procesados por el Santo Oficio por señalar, por ejemplo, que los tribunales inquisitoriales se mostraban de todo punto ineficaces. Así pues, el declive de la institución inquisitorial durante el reinado de Carlos IV sería notorio, pues el poder del Trono venció al poder de la Iglesia cuyo papel —el de la Inquisición— había quedado relegado únicamente al de la censura.

Y la Santa, antes de “morir” estrangulada por su propio transitar habría de dar un último golpe sobre el tablero del Estado. Morir matando, vamos. Y de nuevo Goya, por su desvergonzado atrevimiento de pintar un desnudo, podría ser el “instrumento” a través del cual, la arcaica institución en sus últimos coletazos, pudiera obtener un ansiado triunfo.

Pero, aunque la situación les vino que ni pintada para sus intereses, el proceso tampoco fructificó. O sea, ¿no llegó a celebrarse el ansiado juicio? Entonces no habría condena. ¿Quién participó, quién medió?, ¿quién tuvo el atrevimiento o la fuerza para echarle un pulso a la Inquisición? Un pulso en el que se supiera ganador antes de empezar porque si no…

De todo ello y mucho más da cuenta la novela de Luis Zueco donde abunda también su detenimiento en las técnicas pictóricas y de grabado de Goya, detallando muchos de los cuadros del autor —además de los citados—, los de algunos nobles o sus esposas y como joya de la corona —quizá nunca mejor dicho—, el de la familia de Carlos IV.

Además, haciendo hincapié en que se trata de una novela, del género histórico, pero novela al fin —esto es, una obra literaria en la que se narra una acción fingida en su totalidad o en parte y cuyo fin es causar placer estético a los lectores—, nuestro escritor apoya la parte histórica con prosa clara y accesible dando vida a una serie de personajes de su magín, muy bien pintados en su caracterización y razón de ser en las escenas, así como muy clarificadoras sus sensibilidades y dimensiones personales, hasta el punto casi de humanizarlos.

El lector discierne las cuitas y luchas internas de cada uno de aquellos personajes ficticios, hasta el punto de empatizar con ellos, —con los que merecen empatía, claro está (Angélica, Bernardino, Carmen, Rafael)— o de aborrecer a aquellos dignos de tal consideración (fray Bartolomé, Jaime). Por supuesto esto mismo sucede con los personajes reales tanto en lo que respecta a su descripción y humanización como a la empatía (Josefa, la esposa de Goya) o desprecio. Pero hay un personaje que no es de carne y hueso y que Luis Zueco trata, no se si hasta la extenuación, pero con el que nos hace conectar muy estrechamente para “movernos” por las diversas tramas: no es otro —u otra, realmente—, que la villa de Madrid donde mayormente se desarrollan los acontecimientos de la novela. Casi hace que sintamos “nostalgia” de aquellas calles, parques, jardines, palacios… tal es el grado de descripción de parajes y edificios trazados en la novela.

De las conspiraciones, persecuciones, tensiones políticas y culturales, mentiras, amor, luchas por sobrevivir, intrigas, personajes con secretos, las ideas de la ilustración, etc. tan solo referir que dan mucho juego a la novela. Mejor aún: tratándose de pintura, aportan todo el color y la calor necesarios para que el lector pase las páginas casi sin notarlo, ávido de contemplar cómo se desenvuelven los personajes y especialmente el protagonista, don Francisco de Goya, en su enfrentamiento con la Santa Inquisición, argumento central de la novela EL JUICIO de Luis Zueco.

Hay que leerla: merece sin duda el tiempo que cada lector tenga que dedicarle, tiempo que pasará casi sin notarlo mientras se adentra en los capítulos de la novela y descubre aquellos pintorescos sucesos vividos por un muy precavido y juicioso Goya.

Y para concluir, algunas frases extraídas de la novela:

  • El progreso es una ilusión venenosa (pág. 37)
  • Las artes ... peligrosas cuando se convierten en arma (pág. 38)
  • El taller... huele a tiempo detenido, huele a pensamiento encarnado (pág. 69)
  • Toda obra tiene un mensaje, pues el arte es un poderoso medio de comunicación y propaganda (pág. 159)
  • El arte no es sólo lo que se dibuja o se pinta, sino lo que se siente mientras se mira (pág. 212)
  • Si los libros son la razón de un pueblo las artes son su corazón (pág. 365)
  • Los pobres son parte del sistema, son necesarios para que se mantenga el estatu quo (pág. 416)
  • Lo grotesco posee un valor negativo y su presencia conduce a la reflexión (pág. 419)
  • Con la sátira se pretende provocar la simpatía del espectador (pág. 419)
  • Es difícil precisar el punto en el que la realidad y la fantasía se confunden (pág. 420)
  • La hipocresía es uno de los peores mares de nuestro tiempo (pág. 420)
  • Las artes nacen donde termina el miedo a decir lo que otros callan y donde empieza la necesidad de mostrar lo que muchos no quieren ver (pág. 421)
  • Únicamente los necios pueden pensar que el arte no tiene intención (pág. 462)
  • El hambre el deseo, la superstición, la fe, el miedo … todo mezclado bajo el cielo de Madrid (pág. 488)
  • Nuestras imperfecciones no son defectos, son la clave para reconocer quien nos ama de verdad (pág. 559)
  • Cuando el telón desciende lentamente es como un párpado que se cierra para soñar (pág. 568)

EL JUICIO

Autor: Luis Zueco

Editorial: EDICIONES B

Publicación: 12 febrero 2026

Género: Narrativa histórica

Nº Páginas: 623

Período: De 1799 a 1804 (Epílogo 1808)

Localización de los hechos: Madrid

Leído: del 26 de febrero al 5 de marzo de 2026

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