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Tiempo y espacio en "Soles de nostalgia", de Mari Ángeles Lonardi

domingo 28 de julio de 2019, 14:06h
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Soles de nostalgia
Soles de nostalgia
El origen de la palabra nostalgia se remonta a 1688, cuando Johannes Hofer tituló su tesis, presentada en la Universidad de Basilea, con el que entonces era un neologismo de etimología griega. Según cuenta Diego S. Garrocho, el joven doctor usó esta palabra para nombrar una enfermedad cuyo principal síntoma es la tristeza provocada por el desarraigo de la patria, y era una enfermedad de particular recurrencia entre los soldados (1). La cita de esta anécdota no resulta casual, pues Mari Ángeles Lonardi ha creado en "Soles de nostalgia" (Círculo Rojo, 2019) una poesía que sobre todo trata de responder a las interrogantes más primarias, quizá de donde surgiera la propia literatura, planteadas desde una perspectiva personal: «quién soy» y «de dónde vengo».

Lonardi abraza muy de cerca la nostalgia, sentimiento que en principio podamos considerar intangible y abstracto, hasta darle una forma casi carnal, que nos recuerda a los versos de José Iniesta (de su libro Llegar a casa): «a veces la tristeza es una rosa / abierta en lo profundo de la carne» (2). Sin embargo, es por eso curioso que, contra todo pronóstico, la palabra tristeza (3) no aparece en ningún momento en "Soles de nostalgia", y se convierte así en una ausencia significante. El eje central del poemario gira en torno al recuerdo de hermosas vivencias matizadas por la pérdida de un pasado añorado. La memoria y la mirada hacia el pasado constituyen la fuente de inspiración de muchos de los versos de Mari Ángeles Lonardi; pero no se trata de una mirada afligida sino más bien llena de afecto, de gratitud, de placeres evocados hacia la concreción de ese sentimiento que todo el rato planea sobre este libro y que en japonés se denomina natsukashii para expresar el instante en que la memoria nos transporta a un dulce recuerdo que nos llena de sosiego.

El estilo de la autora, como viene reafirmando en toda su obra (4), se caracteriza por un lenguaje directo y claro, desnudo de florituras, identificando una poesía del despojamiento que trata de ir a la médula, que busca lo esencial (5). En su estilo incluye reminiscencias a la mitología, a la lluvia, a las estrellas, al silencio, a las manos de la madre y las del padre. Debo añadir que resalta en la poesía de Mari Ángeles un mundo de sensaciones. A lo largo de las páginas del libro se perciben con una materialidad a flor de piel sobre todo olores y colores expresados en vívidas sinestesias: «verdes somnolencias», «horas azules», «tardes ocres, cielos plenos de meandros malvas y cobrizos, acarameladas amapolas» (pág. 75). Por otro lado, hay que mencionar que si bien la escritora rememora su Argentina natal, no por ello entrevemos usos de regionalismos ni argentinismos. En todo momento, quizá herencia de Mario Benedetti, Neruda, Alfonsina Storni, así como de lecturas de autores españoles como Lorca entre otros, la autora rehúsa el voseo; en cambio, nos habla desde el «tú» cercanamente.

La nostalgia une pasado, presente y futuro, las tres partes en que el libro se divide: De ayer, De hoy, De siempre. El pasado abarca veintidós poemas, el presente ocupa veinte, y el futuro de nuevo veintidós. Pero si estos adverbios de tiempo –ayer, hoy, siempre– hilan el contenido, no menos valiosos son los adverbios de lugar y los enclaves mencionados en el libro. Espacio temporal y espacio físico se articulan en torno a la memoria de lo vivido, en torno a la experiencia vital.

Muchos títulos de los textos ejemplifican, en consecuencia, la importancia del tiempo y el espacio. A través de los enunciados viajamos a metrópolis significativas al uno y otro lado del Océano Atlántico («París», «New York», «Palabras para New York», «Roma», «Volver a Roma», «Verona», «Buenos Aires»); otros títulos nos trasladan a espacios concretos, espacios abiertos, que poseen una carga poética y emotiva especial para la autora («Jardín de anjanas», «El patio», «País», «Pueblo», «Río»). Solamente un epígrafe nos conduce a un lugar cerrado pero tan imprescindible como insustituible, la casa («Volver a casa»). Otros, en cambio, hacen referencia a un itinerario geográfico abstracto, más bien desubicado o indeterminado, como un no-lugar, un espacio no definido ni acotado sino por la misma inconcreción («Lugar de búsqueda», «Ciudad desconocida», «De lugares nostálgicos»).

También el tiempo deja su huella en textos como «Pasos nocturnos» «Reloj», «Escrito el lunes», «De cómo pasa el tiempo», «De todos los días», «September Morn», «Recuerdos de una noche» o «Del tiempo». La transitoriedad a la que estamos expuestos, no desmiente el tiempo circular de la existencia natural. Atendiendo al eterno retorno, que bien definiera Mircea Eliade al referirse a los mitos (6), la circularidad del tiempo se destila a través de sus cinco poemas «Otoño», «Invierno», «Primavera», «Verano», «Viento de otoño», todos incluidos en la tercera parte del libro con el marbete De siempre. En estos textos el estado de ánimo de la poeta se enlaza con el devenir de la naturaleza.

«Volver» se convierte en una acción reiterada en el poemario, ya indicadora tanto del retorno a un lugar (a casa, a Roma, al pueblo), como a un momento «Volver a empezar» (título de otro poema) o «volver el tiempo atrás», verso último que cierra el libro. De alguna forma, «volver» significa reencontrarse a/con uno mismo, recuperar significados, restablecer otros, anhelar lo irreemplazable, vivenciar lo pasado en un presente sostenido. Pero «volver» también conlleva tomar conciencia del cambio, de la transitoriedad a la que estamos continuamente expuestos y la cual marca nuestro destino.

El tiempo se filtra en cada poema, se convierte en esencia dinámica del mismo; los recuerdos se ramifican en torno a una luz, a una cálida luz de la que surge el misterio poético, o como diría Gastón Bachelard, la intuición del instante (7), la magia insondable de ese instante único e irrepetible (atemporal) al que arduamente con palabras intentamos darle forma.

Trata la poeta de aprehender la conciencia pasajera de la existencia a través de la poesía. El poema habla de la vida y de las personas que han poblado esa vida, como dice: «Hay lazos que no atan, solo enlazan con sigilo / y te abrazan para toda la vida. / Te unen para siempre, como en las palabras / las sílabas» («Nosotras», pág. 40). Vivir es no solo habitar un lugar sino incluso –y sobre todo– habitar en los demás a través de la poesía; el lenguaje y la poesía, es decir, la palabra poética, se bosqueja como fundamento que da sentido a lo tangible y a lo intangible: «estremecerme una noche / para habitarte definitivamente, / para sustantivarme / con tus iniciales» (pág. 20), «Se espesan mis sueños / y las palabras se amontonan / para decir a gritos que te necesito» (pág. 21).

Decía Antonio Machado que «la poesía es palabra esencial en el tiempo», y en este sentido hay un poema, «Reloj» (pág. 25), donde se hace significativa esa unión entre tiempo y espacio. Lo más inmediato y lo lejano se entremezclan. En el «allí» pervive el equilibrio, mientras que en lo cercano subsiste la soledad y una vida que no parece la auténtica, como si esta hubiera quedado atrás. Un momento exacto y sencillo, como el temblor de una fruta, puede convertirse en imperecedero en la memoria; es así que entre lo concreto y lo universal, entre lo fugaz y lo inmarcesible flota extrañamente el misterio, sin respuesta:

«Allí están sin ojos todas las horas
guardando un perfecto equilibrio […]
Allí está todo
y aquí, ya nada me es conocido.
Aquí está mi soledad
sin nombre ni apellido
con toda la vida prestada…
Un temblor de durazno marca el instante preciso
y es infinito.
Todo el universo se detiene
y entonces
flota el misterio y pregunta.»

En efecto, el tiempo y el espacio van tejiendo el tapiz carnal de la poesía de Mari Ángeles Lonardi, del mismo modo que van tejiendo la fibra sensible de la propia biografía. En contraste al tiempo que fluye, que corre y huye, que pasa imparable e impasible, se posiciona el lugar como un anclaje de lo que somos, como raíz de la que emanamos y a la que regresamos para alimentarnos. A veces creemos que al ordenar el tiempo (De ayer, De hoy, De siempre) podemos también ordenar la vida. En este caso, más que al orden del tiempo, asistimos en el libro a la armonía del tiempo, una armonía y reconciliación que se producen gracias a la nostalgia. Reconciliación entre el ayer y el hoy, entre allí y aquí, pues sin más remedio para una persona que tuvo que salir de su país, Argentina (8), hace casi dos décadas, hablar del lugar es hablar de la identidad.

"Soles de nostalgia" se abre con un poema titulado «Desde donde soy…», que ya pone de manifiesto la relevancia del lugar en relación al ser. Y el primer verso del libro, «aquí, quietud y pertenencia» (pág. 17), establece ya unas coordenadas espacio-existenciales que nos llevan a una (auto)afirmación vital y vitalista (pág. 18):

«Aquí… escribo
lo que siento y anhelo,
lo que rescato o descubro,
lo que sueño e imagino,
lo que recuerdo,
lo que encarno…
Aquí es donde espero que la vida
me sorprenda,
encontrarme conmigo misma
y hartarme de ser mujer…

Y así, agotada, permanecer,
para saciarme de poesía,
descubrir el sentido de la vida
y sonreír feliz.»

Escribir se convierte por tanto en un acto vital de reencuentro con el hogar añorado. Poesía como receptáculo de anhelos, deseos, sueños… Poesía como camino vital que nos trae el pasado desde la infancia y que perfila un futuro abierto hecho de los mimbres de ese pasado y que podemos asociar al verso «Estoy en donde estuve», que Octavio Paz apuntaba en su libro Pasado en claro (9), para expresar el encuentro de sí mismo desde el pasado y donde el camino se hace día a día. La autora posa su confianza en «El poder de la poesía», siguiendo la estela de Gabriel Celaya, a quien de hecho cita y quien exclamara aquello de «la poesía es un arma cargada de futuro»; dicho pensamiento es expresado de manera asaz contundente y urgente por Lonardi: «Espero que un verso cicatrice / la herida del mundo / que se desangra» (pág. 71).

Argentina, Entre Ríos, Larroque (su pueblo, «terruño silente») son la cuna natal de Mari Ángeles. Argentina es evocada de principio a fin del libro; el lugar paraíso, el paraíso perdido, añorado y reencontrado en la memoria, sobre todo la memoria nocturna, porque es la noche («noche enigmática», «noches circulares», pág. 20) un momento de especial inspiración, ya que de algún modo la noche derriba fronteras y erige los ensueños. Lejos, desde España, confiesa Lonardi bajo el llanto (págs. 53-54):

«Duele la intemperie de las cosas.
Duele el desarraigo como un
impensado dolor de muelas (…)
y yo siento la distancia
apartándome de todo
como un cuchillo que abre la carne.»

Intentando encontrar alivio, se acoge o inventa la poeta un concepto de «país» más abierto, sin las limitantes fronteras terrestres. Así, en otra ocasión añade (pág. 91):

«Hay un territorio de nostalgias
con alguna que otra geografía
de recuerdos, que yo llamo país».

Pero descubre también la autora otros paraísos atemporales a ambos lados del Atlántico. París, adonde «hay que volver / siempre, / aunque sea en sueños» (pág. 81). Nueva York dibuja una estampa de urbe triste, gris, fría, erigida de cemento, aturdida de tráfico, ruido, luces de neón, «huérfana de afectos», y que trae la invocación a Walt Withman y a Federico García Lorca (págs. 82-83). Roma, a pesar de su «deterioro visible», representa la ciudad eterna, inconquistable, hija de un imperio, plena de encanto, de plazas y fontanas (págs. 84-85). Verona, la amada ciudad italiana se carga de emoción por ser el lugar de origen familiar, donde descansan los abuelos, la «lejana patria» adonde han logrado volver padre e hija juntos, en un sueño compartido de años y años. Buenos Aires insufla las lágrimas de la poeta mientras, sentada junto a un ventanal en un viejo café, acuden reminiscencias de los perfumes de la capital, de sus plazas y avenidas, del bandoneón, el tango, los conventillos, sus farolas, sus cafetines y milongas (págs. 89-90).

Para no dejarse arrastrar por el peligro de ese dolor del alma llamado desarraigo, hay que asirse –como a una tabla salvavidas, un áncora en medio del océano azul, o un asidero para escalar– a la persona amada para mantener la alegría y la esperanza (pág. 97):

«Esperanzados en el mañana,
sin prisa para el amor,
sin olvidar la sonrisa,
brillando como luciérnaga de fuego
en un cielo extranjero
con la luz prestada y el pulso tenso.
Y aunque las horas son cuesta arriba,
caminamos juntos en esta tierra nueva
escalando la colina.
Sólo el horizonte azul
nos separa del pasado, del mañana.
Qué frío lleva el invierno del alma
si, cruel, el desarraigo se instala.
Las puertas son más pequeñas
y más pesadas. Estamos lejos,
sí, pero somos nosotros el sueño,
el lenguaje de la distancia,
la risa, el llanto, la vida…
Y entretanto, el camino
lo hacemos juntos, de la mano
de la esperanza.»

Frente al tiempo imparable, la poeta siente que el lugar es también un fluir entre un «allí», allende el mar, y un «aquí» como sostenido por las raíces del «allí», y establece un puente entre ambos, un hogar cuyos andamios lo forman las personas amadas, la familia de ambas riberas. Aquí es por tanto un adverbio lleno, pleno de contenido y abierto de significados. Al sumergirnos por la nostalgia, muchas veces el poema queda abierto a la interpretación del lector. El uso de puntos suspensivos en los títulos y en los versos potencia esta ambigüedad.

"Soles de nostalgia" es un libro hecho desde el corazón, hecho desde un amor cristalino hacia los lugares, hacia momentos compartidos, hacia sensaciones y sentimientos asociados a cosas sencillas pero esenciales que de alguna manera definen una parte sensible de la poeta (como el sabor de la yerba mate, los fresnos, la araucaria y los árboles frutales, la hamaca y la siesta pueblera, las magnolias húmedas, el jacarandá azulado, el dulce de leche, las tortas fritas, el silbo de la calandria, las tardes de mandarinas al sol), y también un amor puro e intenso hacia las personas (las risas de las amigas de barrio, las historias imborrables de la tía, el olor del guiso materno, la voz del hijo, la palabra de un amigo, los ojos salvadores del amado). Para la poeta, el hogar no es (solo) un espacio físico sino que además el hogar puede ser una persona que nos abre el alma, sin cerrojos, una persona donde poder habitar, como expresa en «La casa» (pág. 29):

«Nuestra casa duerme entreabierta […]
La puerta no tiene trabas.
No hay cerrojos.
Tampoco hay ventanas.
A veces la ausencia se hace realidad
y la vida
se ve como una caja de Pandora.
Sin llaves.
Hecha de sorpresas.
Eres la soltura
de la casa soñada
y yo, solo quiero habitarla.»

Antagónicamente a la ciudad geométrica, delimitada, donde «todo se hace añicos», rezuma la búsqueda de las palabras para ordenar el mundo, nuestro mundo, la presencia nostálgica de lo ilimitado. Se perfila entonces un «Lugar de búsqueda» (pág. 19):

«me invento un lugar guarecido
de la piel nocturna,
donde los signos
y la caligrafía de mis pasos
dibujan el camino (…)
Huelo recuerdos blancos.
No sé adónde ir…
Me persigue una jauría de palabras rotas».

Como vengo diciendo, para Mari Ángeles Lonardi el lugar es un bastión importante de su identidad argentino-española. La infancia permanece como un territorio único, casi en comparación con aquella expresión de Rainer María Rilke que afirmaba que la verdadera patria del hombre es la infancia. Y a semejanza de lo que en el exilio escribió Cernuda en su libro Ocnos, «¡Años de niñez en que el tiempo no existe!» (10), exclama Mari Ángeles Lonardi: «regreso a la infancia, a su regazo; / cuando sucede la caricia / y todo permanece indemne ante tanta fugacidad e intemperie» (pág. 57). Así, en contraste a «la íntima paradoja de la tristeza», una «vieja canción de cuna calma y reconforta» (pág. 66).

Emulando al carpe diem horaciano al estilo de la tradición poética marcada por Garcilaso de la Vega en su conocido soneto «En tanto que de rosa y azucena», nos recuerda Mari Ángeles Lonardi que «La rosa sabe que la vida es corta / y que con perfumar no alcanza», por eso «son inevitables las espinas» (pág. 68). Al mismo tiempo, Lonardi parece pensar en el aforismo de Gertrude Stein, «Rosa es una rosa es una rosa es una rosa» (11), que viene a expresar que las cosas son lo que son. La vida, efímera en su índole, nos regala belleza y dolor a partes iguales. La «sabiduría», pues, radica en un principio de identidad, en saber lo que somos, sin descartar lo bueno y lo malo que nos define, en ser auténticos a cada instante, en reconocer nuestra propia esencia a pesar de la levedad: «Porque la rosa sabe que es rosa / y lo será hasta el último día.»

Quienes marchan de su tierra, portan su memoria en la «maleta del corazón» (pág. 44). En suelo extraño, cada día se atisba como un «volver a empezar» (pág. 45), título del poema donde declara la autora su propia experiencia como emigrante, hija a su vez de otro emigrante, pues «la historia de un viaje / se repite». Personifica el testimonio de la autora los versos entrañables de José Agustín Goytisolo dedicados a su hija en 1979, «no puedes volver atrás, / porque la vida ya te empuja» («Palabras para Julia»). La vida misma, en constante mudanza, se designa como un viaje y un aprendizaje de realidad:

«No cambio nada,
ni la partida ni la llegada.

No cambio porque no me equivoqué
cuando dejé los libros sobre la mesa,
cuando salí sin cerrar puertas ni ventanas […]
Dejé de creer en regresos estériles,
perdí la confianza en quienes mienten
y se me abrieron los ojos.
No me equivoqué
cuando busqué papeles,
cuando fui a un café para entrevista,
si vendía experiencia con temores,
y me jugué, escuela de sorpresas…
Te mostré lo que sé hacer
y me dijo tu sonrisa:
del otro lado de los espejos viven los sueños.»

Consciente del valor de jugarse la piel en un país en el que no naciste, Lonardi dedica un poema a los «Refugiados» (pág. 64). En este caso, vira la poeta desde su vivencia personal («yo sigo girando sin poder evitarlo / quizás porque no encuentro mi sitio») hacia otros que como ella arriban (o no) en barco a otra orilla:

«Dejaré la manta en la playa
y escribiré libertad en la arena
para volver a vivir.»

Encontramos, asimismo, el eco de un drama social que desgraciadamente se ha convertido en cotidiano, «De todos los días» y cercena la ilusión de un niño que «escribe con nostalgia de su cuarto / de sus cosas, de su casa, de su cama / después de perderlo por el desahucio».

Precisamente, porque a cada instante todo cambia y podemos quedarnos desposeídos de los bienes materiales de la noche a la mañana, de un lugar a otro, el penúltimo poema nos aboca a un territorio interior, «Cerca del corazón», que es el verdadero hogar «para destronar los miedos», donde «hay un hueco / dormido a la luz de luciérnagas», «un sol quemando los huesos» (pág. 102); versus la nomadía y la expatriación, es ahí adentro («en mi pecho»), donde es posible hallar un espacio de afecto siempre inamovible.

Tantas veces confiamos en que la escritura de la poesía es la propia escritura del alma. En una poesía esencial e intensa, con un canto a la esperanza, exclama Lonardi «La poesía nos salva, / la poesía nos hace libres» (pág. 71). Mari Ángeles nos regala una voz introspectiva, que ausculta emociones, sentimientos, sensaciones, remembranzas. Estamos y somos a merced del lugar y del tiempo que vivimos, pero también está el tiempo y el lugar que nos anidan adentro, y se constituyen en medida y geografía interior. Porque mirar hacia afuera se convierte en un reflejo del mirar adentro. La nostalgia nace del recuerdo; no en vano la etimología de la palabra recuerdo procede de la unión del prefijo latino re-, ‘voler’, y cordis ‘corazón’ («volver al corazón»). Pero al leer sus versos, al navegar en el mar interior de la nostalgia, hallamos siempre una luz que nos abre «recuerdos que respiran» (pág. 46), porque la nostalgia de lo vivido significa que hemos vivido, y aún más importante, «que estamos vivos».

NOTAS

1 Cfr. Diego S. Garrocho, Sobre la nostalgia: Damnatio memoriae, Alianza Ensayo, Madrid, 2019.

2 José Iniesta, «La rosa de la tristeza», Llegar a casa, Editorial Renacimiento, Sevilla, 2019. El poema fue publicado un año antes por la Revista de Creación Palimpsesto, Francisco José Cruz Pérez (direc.), nº 33, Edita el Excmo. Ayto. de Carmona (Sevilla), 2018, págs. 45-46.

3 Para un estudio de las palabras recurrentes, su uso, su frecuencia y la relevancia de estas en Soles de nostalgia, véase el «Prólogo», de Rosario Guarino Ortega, págs. 11-14.

4 Mari Ángeles Lonardi es autora de los libros: Amores (1997), Entre calamidades y milagros (2005), El jardín azul (Instituto de Estudios Almerienses, 2014) y Poemas para leer a deshoras (Letra Impar, 2017).

5 Véase la entrevista de Francisco Javier Illán a la autora publicada por vegamediapress.com el 24 de junio de 2018 (en red).

6 Mircea Eliade, El mito del eterno retorno: arquetipos y repetición, Ricardo Anaya (trad.), Editorial Alianza, 2011.

7 Gaston Bachelard, La intuición del instante, Fondo de Cultura Económica (Colección Breviarios), México, 2014.

8 Mari Ángeles Lonardi radica en Almería (España) desde 2002.

9 Octavio Paz, Pasado en claro, Fondo de Cultura Económica (Letras Mexicanas), México, 1975.

10 Luis Cernuda, Ocnos, Edición de Juan Lamillar, Editorial Renacimiento, Sevilla, 2014.

11 Pertenece al poema «Sacred Emily», escrito por Gertrude Stein en 1913.

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