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Luis Eduardo Aute
Luis Eduardo Aute

Y se fue el Aute

domingo 19 de abril de 2020, 19:14h
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Cuantos más días se suceden bajo este confinamiento, con la muerte acechando más allá de la hermética puerta de nuestras casas, más me invade el presentimiento de que nos vamos convirtiendo todos poco a poco en el teniente Drogo de El desierto de los tártaros (1940), y temo que como aquel legendario personaje acabaremos finalmente mostrándonos esquivos a nuestro retorno a esa ahora ansiada normalidad, porque nos amedrentará lo que nos espere.

  • Fotograma/ilustración de Un perro llamado Dolor.

    Fotograma/ilustración de Un perro llamado Dolor.

En efecto, con el paso de los días, vamos evocando el tiempo y la cotidianidad vivida antes de la epidemia con esos destellos espléndidos con que solo se regalan los recuerdos y cuando llegue el día de pisar de nuevo la calle y de volver por donde solíamos, con el picaporte ya en la mano, un pálpito nos hará vacilar de inquietud y puede que incluso de rechazo, porque entonces adivinaremos que hacia donde nos conducimos es un lugar bastante más triste y vulgar del que había acrisolado nuestro recuerdo, con tanto añorarlo en sus mejores y más vibrantes instantes. Si nos ocurre con los amores, que las vueltas, por ansiadas que sean, se nos presentan, mediados los meses o los años, espinosas y hasta temidas; no nos va a suceder con lo más cotidiano. Acuérdense del tango Volver (1934), que es casi un himno a cuanto digo, y ahí sigue, por décadas que le han pasado por encima, sin ajarle ni una arruga más allá de esos gruñidos de celofán, tan característicos de las reproducciones antiguas; porque Volver, como otros tantos tangos, solo merece la pena escucharlo en la voz de Carlos Gardel; en otras interpretaciones pierde algo inefable, como si le hubiesen arrebatado cuanto de turbador y de derrotado tiene, para dejarlo en un torpe eco de lo que nuestra memoria quiere escuchar.

Y por su reciente muerte o porque el asunto sea el mismo, aunque visto de otro modo, me asalta ahora la canción Las cuatro y diez (1973), de Luis Eduardo Aute. Una canción, como el tango Volver, sobre el reencuentro; o si prefieren aquella otra suya, sobre una situación semejante, Pasaba por aquí (1979), de la que bromeaba diciendo que se había quedado trasnochada desde que en España todo quisque disponía de un teléfono móvil; circunstancia que en absoluto le resta ni un ápice de encanto, como también supongo que sabía.

Ambas canciones de Aute suscitan la nostalgia desde unas situaciones pasajeras y casi anodinas, pues retratan unos encuentros casuales —o premeditadamente casuales, como sucede en la segunda— con apenas la mención de unos cuantos elementos cotidianos y la utilización de frases de esas corrientes; sin embargo, con tal acierto que el resultado —y he aquí lo extraordinario— en absoluto lo es: está inflamado por el amor habido y quien sabe cuántas veces malgastado, y el oyente se emociona porque lo ha vivido. Y es en ese logro poético, en ese acertar a provocar un recuerdo común, donde Aute se eleva a cautivador y sus canciones, a universales. No hay duda y es todo un enorme mérito de Aute que supiera modular la llamada “poesía de la experiencia”, que trajo y defendió en España como ningún otro Jaime Gil de Biedma, al medio más popular y a la vez íntimo: la canción. Como también es mérito suyo que con sus álbumes Rito (1973) y Espuma (1974) supo introducir en sus canciones una carnalidad que nos escamoteaban hasta entonces las baladas de amor y aún los boleros, por tórridos que fueran. Y eso que estos long plays se grabaron bajo censura, lo cual le añade no solo valentía al empeño sino el convencimiento inabdicable por el que debe regirse un artista digno de pretender serlo. Y Aute, sin duda, lo fue. Y además, inquieto y diverso.

Como de sobra ha recordado estos días el nutrido puñado de artículos de homenaje, Luis Eduardo Aute no dejó de expresarse también en otras disciplinas; la pintura, por ejemplo, que le era natural desde que se recordaba, o el cine, que entró en su vida tanto o más que en sus canciones desde que fuera figurante en Rey de reyes (1961) o en Cincuenta y cinco días en Pekín (1963), o ya como traductor de los miembros del equipo de rodaje en Cleopatra (1963). Una atracción que le invadió como para rodar algún que otro video clips —antes de que tal género recibiese ni el nombre— en los primeros años setenta para TVE, donde descubriría asombrado la discronía que se producía entre la imagen filmada y el sonido grabado. Luego, de sobra lo saben, concibió y dirigió uno de los episodios de la película Delirios de amor (1986) y el capítulo La pupila del éxtasis (1989), para la serie homónima de televisión. Y ya en un ejercicio solitario realmente pasmoso, donde fundiría su pintura y el cine, se empeñó en un film de dibujos animados: Un perro llamado dolor (2001). Y aún tuvo empuje y ganas para ofrecernos un par de películas más de idéntica factura: El niño y el basilisco (2012) y Vincent y el Giraluna (2015). Pero como quiera que estas tres últimas obras se alejaron de un modo tan insólito y desconcertante de cuanto era habitual en las salas de exhibición, las privaron de la comercialización requerida y, como consecuencia, del gran público; lo que es una verdadera lástima. Más ahora, cuando si cerráramos los ojos y sacudiésemos un tanto la memoria, nos daríamos cuenta enseguida de las muchas cosas que le debemos.

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Luis Eduardo Aute ante algunos de sus cuadros
Luis Eduardo Aute ante algunos de sus cuadros
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