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“Estanterías vacías” de Ricardo Bellveser: un poemario crepuscular

viernes 13 de noviembre de 2020, 14:00h
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Estanterías vacías
Estanterías vacías

La poética de Ricardo Bellveser puede escindirse en dos etapas: la histórica, compuesta por sus cuatro primeros libros: Cuerpo a cuerpo, La estrategia, Manuales y Cautivo y desarmado; y la emotiva, la cual comenzó con su libro El agua del abedul y siguió con Fragilidad de las heridas, Las cenizas del nido, Jardines y Primavera de la noche. Los poemarios De profundis y Julia en julio quedan, pues, como gozne del conjunto, una membrana que posee atributos de ambas etapas, las articula, pero son algo diferente. Estanterías vacías supone la cumbre de la emotividad bellveseriana, es la noche de esa primavera anticipada en su anterior título, pero una noche luminosa, un poemario crepuscular en el que la voz poética se presenta quizás más desnuda y más sincera que nunca para certificar que vida y poesía, o poesía y vida, son una misma cosa en la concepción más desnuda de su poesía.

Y es eso mismo, la vida de este poeta valenciano, el eje vertebrador de este nuevo y esperado poemario. No encontraremos mas que verdad en estas páginas, algo que Bellveser le ha exigido a su poesía en sus últimos libros, una verdad que no traiciona la aspiración creadora de un artista, su anhelo estético, pero es, tal cual, un discurso devenido de la experiencia, expresado con toda la sinceridad que un amigo nos puede profesar.

Resulta de esta imposición de franqueza un yo lírico en una posición lo más cercana posible al autor. Se reduce la distancia entre los interlocutores para crear ese ambiente propicio a la confesión, al susurro que deja en manos de la conciencia legente toda la vulnerabilidad de quien ante ella se sincera. Si toda literatura es artificio, la poesía de Bellveser intenta serlo lo menos posible. La necesidad expresiva del poeta hace que la función comunicativa prime sobre la estética y es por ello que no concede un ápice del fondo a la forma, cualquier recurso lingüístico o literario empleados en los poemas son coherentes con este objetivo de principio a fin. Y es que estamos ante un libro que no necesita ninguna introducción.

Consciente de la suficiencia que ostentan los poemas para transparentar su esencia, seré breve y me limitaré a apuntar algunas cuestiones que creo ayudarán a los lectores a dimensionar no solo la pertinencia de este libro en el conjunto de la poética bellveseriana, sino también lo determinante del momento de su aparición.

Mientras escribo estas palabras leo una noticia: «El escritor argentino Alberto Manguel dona a Lisboa cuarenta mil libros de su biblioteca». Donar libros, para un escritor, es un acto más común de lo que puede parecer, sin embargo, hay momentos en la vida en los que las vivencias nos afectan de manera imprevista. Esto le sucedió a Ricardo Bellveser cuando decidió desprenderse de miles de ejemplares de su biblioteca personal.

No encuentro una imagen más impactante para sintetizar el acoso y derribo que sufren en la actualidad las Humanidades, que la de una biblioteca sin libros. Esto lo ha sabido representar a la perfección el pintor valenciano Alex Alemany, quien es el autor de la ilustración que esplende en la cubierta de este libro. El vacío de una biblioteca estremece por su atronador silencio. Los estantes desnudos y vencidos ya no soportan el peso de la historia, ni de esa posible o imposible otra historia de la que se encarga la ficción. El adiós del pensamiento, la huella de la cultura hendida sobre unas tablillas desvencijadas. Su poder simbólico nos impacta y todo cuanto connota se acerca más a la melancolía que a la alegría.

«Basta con que un libro sea posible, para que exista». El epígrafe que antecede a estas palabras pertenece al escritor argentino Jorge Luis Borges, quien, tras escribir un ensayo titulado La biblioteca total (revista Sur, 1939), en el que teorizó acerca de una biblioteca infinita, comenzó el trayecto que le llevaría a publicar su famoso relato «Biblioteca de Babel», el cual fue incluido en un volumen de cuentos llamado El jardín de los senderos que se bifurcan (1941). Este relato narra la posibilidad de que exista un universo compuesto por una inmensa biblioteca que contiene todos los libros posibles, inteligibles o no, en la cual dichos libros están arbitrariamente ordenados, o sin orden alguno, y, lo más importante, dicha biblioteca preexiste al ser humano. A esta idea de biblioteca mítica y virtual, librería como un todo, el único espacio en el que poder vivir, la biblioteca como la vida, recurre Ricardo Bellveser durante todo el libro.

Constantes citas de Borges que aluden a su citado relato aparecen en Estanterías vacías; sin embargo, es una cita de Oscar Wilde la que sintetiza a la perfección este libro y, por ello, es el primer paratexto que aparece ante nuestros ojos: «La pérdida completa de mi biblioteca, pérdida irreparable para un escritor, fue la más desoladora de todas mis pérdidas materiales». Bellveser compone todos sus libros movido por alguna vivencia, espoleado por la necesidad de expresar alguna reflexión o sensación devenida de su experiencia. Estanterías vacías no podía ser diferente. Según una conversación con su autor, la escritura de este libro fue motivada por el desprendimiento de ni más ni menos que diez mil ejemplares de su biblioteca personal. No hay que ser muy imaginativo para inferir que tamaña donación supuso un verdadero trauma para Bellveser, un bibliófilo que ha crecido entre libros y para quien los libros son su vida; por ello, todavía no ha sido capaz de asimilar este hecho. El punto de partida, por tanto, queda claro. Veamos cómo el poeta es capaz de, a partir de ese sentimiento de desolación, conformar uno de sus poemarios más emotivos.

Ricardo Bellveser es un lector omnívoro, ha devorado desde joven todo tipo de géneros, en la lectura reconoce una alta escuela que —para el buen escritor— alterna su enseñanza con la experiencia. Pero ¿qué observa en una estantería vacía aquel que ha amado tanto los libros que no concibe la vida sin ellos? Quizás, la desposesión, el naufragio del tiempo, una metáfora de la muerte representada por ese pentagrama (librería) sin notas musicales (libros). Y con este símil, la transfiguración de la muerte, llegamos al motivo existencial que nos hace comprender la agitación contenida en los primeros poemas:

Hace poco los médicos

me dijeron que tengo

los días contados, y quién no.

Pero desde entonces

me despido de todo.

De esta forma se abre el sujeto lírico, con estas mismas palabras. Los poemas alcanzan entonces otra categoría. Esa posible `despedida de todo´ parece conformarse sin titubeos ante nuestros ojos mientras seguimos leyendo, los versos no son forzados, la preocupación del poeta se exterioriza sin alardes hiperbólicos de sentimentalismo. Bellveser sigue siendo el mismo de siempre, sus versos, más verdad. La donación de sus libros y el diagnóstico médico son dos momentos vitales que confluyen en el tiempo y provocan esta deflagración versal. Esos tesauros del saber, esos amigos que nunca fallan o profesores abnegados que son nuestros libros, se marchan por la puerta ante sus ojos, hacinados sin concierto en unas cajas, mientras, como nos dice el poeta, la enfermedad entra en él.

A partir de ahora nada parece baladí, todo cobra un sentido trascendente, la muerte figurada del hablante lírico hace que parezca que sea el propio autor quien susurra los poemas en nuestra oreja, prepara el asentamiento de la emoción, un sentimiento universal de empatía, de reconocimiento, pues todos tenemos libros junto a los que hemos crecido, libros de los que nos podemos desprender y sabemos con certeza que moriremos algún día.

El poemario está escindido en cuatro actos. En el primero, el poeta, fiel a su costumbre de acercarse lo máximo posible a su hablante lírico, se dirige en primera persona a los lectores para confesarles el motivo de su flagelo. «Las estanterías vacías» es el título del primer poema, y es en él donde advertimos la ausencia de unos libros que poblaron las paredes del hogar y los imposibles argumentos de los sueños: «No existe lugar donde protegerme / de los vendavales de las ideas. / Aquel griterío se ha transformado / en silencio y ausencia de las cosas». El hablante lírico se siente consternado y desnudo ante la pérdida de un legado cultural que ha percibido como mucho más que libros.

Tratando de adaptarse a esta nueva realidad, el poeta va describiendo la hondura de un mundo interior que ha sido sacudido con violencia. Él es el primer sorprendido. No sospechaba que un acto tan habitual entre escritores le hiciese tanto daño y le enseñara que somos lo que hemos leído y seremos en quienes nos leerán. Se detecta en los versos la tónica métrica de casi todos los libros de su autor, libertad versal con aleaciones de metros varios intercaladas. La emoción necesita terreno por el que expandirse, la rabia y el desasosiego no quieren saber de bridas y correas.

Ya en el primer poema advertimos que la lengua del poeta hierve adolecida y de ella brotan imágenes, metáforas para decir —contrarrestando— el daño por alejarse de aquello que antaño lo fue todo: «Con ello me voy despidiendo / de los amigos que han viajado / conmigo tantos años y recuerdos». Tal es la efusividad transmitida, los sentimientos, envolventes e hiperbolizados, que a primera vista parece que se trata de una exageración, que nadie puede amar de esa manera a un montón de libros viejos. Pero nada más recomendable que seguir leyendo para salir de dudas.

En el siguiente poema, titulado «La ausencia», el poeta prosigue relatando su deflagración interior y subraya que fue un 16 de noviembre el día nefasto de su mala experiencia. Marcado ya en el calendario, el hablante lírico nos cuenta que su biblioteca comenzó en una pequeña estantería de un despacho y que pronto, como una hiedra que busca en el mural zonas para extenderse, aquella biblioteca fue invadiendo más y más espacio en el hogar. Le duele comprobar cómo sus maestros, los héroes, las leyendas son acomodados sin concierto en unas cajas en las que unos y otros libros se mezclan para aprovechar todo el espacio. La realidad se encarga de desacralizar el mito.

El imperio de la palabra decae ante sus ojos, es la historia del mundo. De nuevo Borges nos previene antes de comenzar el segundo bloque: «el universo estaba justificado», refiriéndose a los libros de su biblioteca ideal. El poeta reserva aquí un espacio dedicado por entero a rememorar viejas e importantes bibliotecas de la historia, ya desaparecidas, como Alejandría, Herculano, Pérgamo, Foro de Trajano, etc. Regresamos, pues, a ese culturalismo que hace cuarenta y tres años empujó a Ricardo Bellveser a escribir poesía: «La humanidad nunca la conseguirá, / desde la creación la tiene prohibida, / por eso las más ricas bibliotecas se destruyen, / pues una biblioteca es una forma eterna / de preservar lo que nos queda de eternos».

En el poema dedicado a la biblioteca de Alejandría revivimos toda la riqueza que atesoraba, los múltiples saberes del mundo antiguo, pero también el dolor por verla arder y desaparecer con sus tesoros, algo que ocurrirá con todas y cada una de las famosas bibliotecas. La entropía del ser humano parece destinada a destruir cuanto se erige, todo está condenado a su destrucción y no hay nada que podamos hacer para evitarlo. Pero ¿por qué este sentimiento trágico si estamos hablando de libros que —hoy— se pueden reponer?

La tercera parte del poemario lleva por título «Asuntos fronterizos», y, en ella, ya en su primer poema, titulado «La vejez cierta», el poeta nos anticipa algo: «Hace poco los médicos / me dijeron que tengo los / días contados», una sospecha de enfermedad que constatará en los dos poemas siguientes de manera muy clara. Y esta confesión, además de ponernos los pelos de punta —pues es cierta: el propio autor se enfrenta en su vida real a una grave enfermedad que lo amenaza—, nos hace comprender el porqué de ese sentimiento trágico al observar el hueco que han dejado los libros en su casa. Para Bellveser, los libros son la vida, profesores cuando aprendemos, y legado cuando ya no estamos. Por si fuera poco, Bellveser advierte que a través de los libros el ser humano supera a la muerte y el tiempo, pues posibilita un diálogo entre personas de siglos diferentes, de ideologías y razas diferentes, que no de otra manera se podría dar.

Esta es la parte más extensa y jugosa del libro en cuanto a reflexiones, sensaciones y metáforas. El poeta no se anda con rodeos, confiesa su estado emocional sin tapujos y comienza un viaje interior al que asistiremos impertérritos. De esta forma comienza el poema titulado «Libros y virus»: «A la vez salían por la puerta / de la nada hacia la calle / mis libros, apilados en brazos de operarios / taciturnos e insatisfechos, entraban / en mi cuerpo y rebañaban mis vísceras / los destructores virus incompatibles / con la vida». Ni la enfermedad supone una metáfora sobre el desvalijamiento de la librería personal, ni la donación de libros pretende ser un símil de su estado de salud. Ambas cosas ocurren al unísono, coexisten en un tiempo en el que, además, una pandemia mundial comenzaba a amenazar al mundo entero.

Como es lógico, ante un panorama tan desolador hay que armarse de valor, buscar a nuestro alrededor esas pequeñas cosas que nos insuflan vida e intentar tomar aire para resistir durante la inmersión. Y esto mismo nos relata el poeta en su poema «Tres adolescentes», un texto en el que algo tan trivial como observar a tres muchachas que cruzan la calle mientras van cogidas del brazo le hace hablar de su propia redención, de su regreso al pasado luminoso que procura sentimientos de bienestar: «Pero el día adquiere toda su hermosura / cuando ellas se miran sonrientes, / con una nueva luz que se renueva / claridad». Y es justo esa última palabra, ‘claridad’, la virtud más cierta y honda que impregna a todos los poemas. La verdad propalada por Bellveser se apropia de una lectura en la que el lector accede a una intimidad sagrada. No dudamos, como lectores, de que todo cuanto se nos expone es cierto. El aura de lo verdadero sobrecoge, es transparencia en las palabras.

Un esperanzado sentimiento de positivismo recorre algunos poemas en los que esa energía es eléctrica y se transmite con facilidad. Pero con la misma ligereza y efectividad los versos rezuman pesimismo en los poemas que inauguran la cuarta y última parte del libro. «Amigos. Nada más. El resto es selva», nos dice Jorge Guillén justo en la entrada a ese tramo, una cita que estremece especialmente a Bellveser, pues, como sabemos, es una persona entregada a sus amistades y valora muchísimo el tiempo y las vivencias compartidos con amigos.

Un amigo es alguien insustituible, como también lo es la dedicatoria en un libro que has donado y sabes que jamás recobrarás. Hay muchas razones para ser pesimista: «Reclamar mi paz para no tener que aceptar, / sin ningún deseo, que desesperanzado vivo, / porque el desencanto ha transformado / en desaliento todo cuanto me rodea, / lo ha convertido en una plomiza nube / en la que ya no cantan los pájaros». Hemos dicho antes que los libros nos ofrecen la posibilidad de ser leídos por personas desconocidas dentro de cincuenta y cien años, pero ¿quiénes serán esas personas y qué sentirán cuando nos lean? Esta certeza y a la vez incertidumbre empuja a Bellveser a apelar a ese hipotético lector en uno de sus poemas, titulado «Lector desconocido»; a él o a ella se dirige con la misma sinceridad a través del tiempo: «Esa totalidad imperfecta es el poema / que escribiré hoy imaginándote, / como testimonio de que seguimos / juntos, de que la muerte no lo es todo, / para romper lo que unió la palabra, / lo que la voz del pensamiento enhebra».

Los estantes vacíos no son solo entonces esos lugares en los que se depositan los libros, son mucho más. Y tampoco los libros son esos objetos cotidianos que esperan en los estantes para cambiarnos. Esto me recuerda un viejo concepto japonés al que denominan fueki-ryuko: cuando percibimos una verdad eterna (muerte) y la asociamos a un elemento contemporáneo (estanterías vacías). Pero no se trata de una metáfora buscada entre los recursos retóricos para embellecer un discurso pensando en la estética: todo sucedió así realmente y así se cuenta.

Algo de la sinceridad del haijin japonés posee Bellveser, algo de la fulguración que emerge al contemplar a su alrededor y en silencio cuanto ocurre. Más que de un fingidor, estamos hablando de un cronista insobornable que no vende ni cuestiona sus valores, se entrega a ellos con la humildad y el aplomo que el hacedor de haikus conforma su emoción.

Anaqueles del olvido, altares de sabiduría, las estanterías vacías continúan hoy flagelando al poeta con su desnudez. Ambos se muestran tal como son, aunque Bellveser no termina de asimilar esa pérdida que ya no se nos antoja solo libresca.

Los japoneses, de quienes tantas cosas deberíamos aprender, manejan otro concepto al que denominan kotodama, y significa que los poderes místicos moran en las palabras y los nombres, los sonidos que producen esas palabras afectan físicamente a los objetos y las personas de alrededor. Bellveser parece profesar esa misma creencia y cada uno de los poemas de Estanterías vacías propone un espacio sagrado para la comunicación.

Toda la poesía de Bellveser, desde que comenzó a publicar en 1977 hasta la culminación de este libro, es dialogística, propone un diálogo, a veces, consigo mismo, y en la mayoría de ocasiones, con el lector. Este rasgo de personalidad alcanza su mayor concreción en el poema titulado “Lector desconocido”, donde el poeta apela a ese hipotético lector en el que será cuando este lea sus poemas quizás dentro de muchos años. Este poema representa un mensaje lanzado al mar en una botella, es una aspiración a la trascendencia, se rompe la cuarta pared, el pacto de ficción, el sujeto lírico queda diluido en el eufónico magma que exclama su creador. Ser leído es volver a vivir en otro cuerpo. El anhelo poético circunscribe su objetivo en lo dicho y la otredad, balizas que delimitan el radio de acción de esta poesía.

La certidumbre del tiempo y su huida generan desasosiego, la cuenta atrás de un tácito acabamiento deviene en pesimismo y decepción, comprensibles simas anímicas que no evitan que el poemario posea cierto grado de esperanza. Al triunfo del arte sobre el tiempo y la muerte se refiere el poeta en el ocaso de sus versos, algo quedará de nosotros en la escritura. Los poemas se abren a una verdad que los dota de hondura, de espiritualidad, casi. Por seguir con el referente de la cultura nipona, el tercer y cuarto bloques del libro destilan el desabrigo de la intemperie, o como lo denominan los japoneses, nozarashi: no solo el viaje figurado a las grandes y antiguas bibliotecas que se extinguieron siglos atrás, al que acudimos en el segundo bloque, transmiten esta sensación, sino el trayecto en sí, cada lugar físico o no lugar, memorístico o conceptual, responden a ese estremecimiento ante la enormidad.

Ricardo Bellveser es un poeta verdadero, y esa, creo que es sin duda su mejor presentación. Nada está de más ni de menos en este implacable decir de su conciencia, somos lectores que él convierte en amigos, porque después de ser testigos de cómo alguien se sincera de esta manera, hay algo impúdico en no sincronizar nuestras emociones y vibrar en su misma frecuencia.

Bellveser comienza a hablar de la soledad, del silencio, de la muerte. Todo parece confabularse con su sentimiento elegiaco. La voz del poeta, encaramado en la cúspide de su vida y su poesía, se vuelve crepuscular. Así, en los poemas titulados «El poema» y «La poesía» tenemos la sensación de viajar en el tiempo. El poeta ha regresado a sus orígenes, a la metapoesía, consume su posibilidad de decir en pensamientos sobre el propio hecho de expresarse. El agua vuelve a su cauce. La desnudez es plena. El pájaro regresa para siempre a su rama, al anaquel desde el que cantará por siempre a pesar de las ausencias, de los daños, de las estanterías vacías: «No es necesario coincidir en el tiempo, / basta con hacerlo en la emoción / y el tiempo desaparece al abreviarse. / Yo ya no estaré cuando leas esto, / mas mi voz pensada, en ti se preserva».

Con la convicción de haber desvelado demasiado, doy por concluidas estas palabras liminares e invito a adentrarse y descubrir este Estanterías vacías, el ubicuo punto de conexión entre el cerebro y el corazón de su autor, la panóptica coordenada que palpita entre su cielo y su tierra, su árbol Yggdrasil —que en la mitología nórdica— es el símbolo del axis mundi que atravesaba y comunicaba los tres estadios de la realidad sagrada: pura emoción.

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