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Michel Houellebecq
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Michel Houellebecq

VINO CON HOUELLEBECQ

martes 06 de enero de 2026, 17:16h

Prometí en mi anterior entrega para Todo Literatura compartir un fragmento de mi ensayo inédito “Tras el oro de la vanguardia”. Aunque pueda haber alguna oferta por el libro, prefiero que siga así de momento. Esa reunión con Houellebecq en Murcia, en compañía del filósofo Antonio Muñoz Ballesta y de Nico, su mujer (buenos amigos del escritor francés), que relaté hace años en El Ojo Crítico de Radio Nacional, encaja bien, me parece, en una revista literaria; y servirá para estrenar este 2026 del que espero que traiga felicidad, o al menos serenidad, a mis amables lectores.

Pero volvamos con Houellebecq, aquella larga tarde del SOS, en mayo de 2010. Michel parece haberse animado un poco con la primera copa. Entonces llega Amelia, tan lozana y sonriente como ella sabe llegar a los sitios, con los mofletes sonrosados y una falda molona, y le digo al francés, en rotundo y apodíctico español: “Es mi mujer”. Él sonríe con desgana y le da la mano sin levantarse. Encorvado y con las piernas entrelazadas, algo en su aspecto recuerda a un caracol. Cuando la vuelve a mirar, ya de un modo más directo, noto un sorprendente y repentino brillo de interés en sus ojos.

Debo decir que, en general, tiendo a sentirme mucho más orgulloso que preocupado cuando alguien pondera la belleza de Amelia o expresa admiración por ella; sin embargo, hubo algo un poco alarmante en la forma en que Houellebecq pareció recuperar su vitalidad en presencia de mi esposa, tras el letargo en la cafetería del SOS. He escrito antes que éramos 5 en aquel bar, pero Amelia, al leer estas líneas, me asegura que cuando ella llegó la novia de H. ya no estaba con nosotros. Creo recordar vagamente, en efecto, que en algún momento en el trayecto entre la FICA y la plaza de Santa Isabel se esfumó, aunque no puedo precisar esa circunstancia. Seguramente se refugió en el hotel. En todo caso, lo cierto es que con Amelia volvíamos a ser 5, y gracias al Ribera del Duero (la segunda botella, cuando ella se sentó con nosotros) la remansada conversación se animó hasta convertirse en torrente poético. Cabía suponer que Antonio y Nico habían hablado al francés de mí, porque su actitud era de relajada cercanía, lo que no es frecuente en él –aseguran quienes lo conocen- cuando se encuentra ante desconocidos. Sin embargo, no estaba seguro de hasta qué punto tenía una idea clara de mi “cursus honorum”; así que –en un arrebato de vanagloria provocado o, al menos, propiciado por el vino- le expliqué que mi premiado libro andaba ya por la tercera edición y que iba a traducirse al italiano. Pero no parecía muy interesado en el tema, así que decidí girar hacia su obra. Por supuesto eso no fue difícil para mí. Lo hice con gusto, ya que me parece la escritura de un melancólico desesperanzado, de la misma estirpe que todos aquellos a los que admiro sin mesura: Kafka, Camus, Beckett… Siguiendo a Kierkegaard, yo también opino que “se debe herir de muerte a la esperanza terrenal, pues sólo entonces nos salva la esperanza verdadera”. Noté que ahora sí captaba su atención. Le dije (con toda sinceridad) que las dos últimas frases de “Ampliación del campo de batalla” me parecían el mejor final de novela en los últimos 30 años. Sonrió y comentó que le había dado muchas vueltas; me aseguró que tardó varios días en decidir el orden preciso de esas dos últimas frases.

-Tengo una duda… -le dije, llenándole la copa hasta el borde, en un tono cada vez más confianzudo al percibir que él también se sentía relajado-, hay otra frase de un libro tuyo que me da vueltas en la cabeza, pero no la localizo en tus novelas. Las he repasado todas, mirando mi subrayado, pero no está. No sé… No la encuentro. Es algo así como que… “nadie madura nunca”.

La que ejercía de intérprete durante toda la conversación era Amelia. Mi mujer se crió en Casablanca y, por esa razón –aunque no le gusta mucho admitirlo, y menos presumir de ello-, goza de un dominio perfecto del francés. De hecho, es poco menos que su segunda lengua materna, casi en pie de igualdad con el castellano. Houellebecq respondió que no recordaba haber escrito una frase semejante y añadió, además, que no se identificaba para nada con esa afirmación. Creo que su expresión exacta –en traducción de Amelia- fue que “no la sentía como propia.” Transcurrió mucho tiempo después de aquella charla antes de que yo encontrara la referencia, por pura casualidad, ojeando un día el principio de Plataforma”. Sucede que mi cita había sido completamente inexacta, incluso apócrifa, y por eso él no pudo reconocerla. La auténtica frase es: “nadie llega a ser nunca un verdadero adulto.”

A todo esto, Amelia ya se había metido en la conversación de hoz y coz, tomando la iniciativa y dirigiéndose a M. H. con gran soltura, casi como si lo conociera de toda la vida. Ella me recuerda ahora que le preguntó por la rubia española que lo acompañaba (por lo visto yo le había hablado de ella en nuestra breve conversación telefónica) y la respuesta no pudo ser más franca y expresiva: “Desde que te he visto a ti, ya no me acuerdo de ella”. Qué le vamos a hacer. Así se las gasta en la distancia corta el celebrado ganador del Goncourt.

Cabe notar que la trayectoria literaria de Michel Houellebecq presenta algunas semejanzas y marcadas diferencias con la mía. Como novelista, su estreno fue tardío, casi con 40, como me ocurrió a mí. A él lo ninguneó la crítica de su país, pero fue impuesto por los lectores que compraron masivamente sus libros. En mi caso ha sucedido más o menos lo contrario. Siempre he tenido a favor a la crítica –lo cual puede resultar muy agradable, pero hoy no sirve para nada-, y sin embargo, exceptuando el considerable éxito comercial de mi primera novela, impulsada por el premio y la promoción mediática vinculada a él, con mis siguientes libros me he ido transformando en un “autor de culto”. Temo estar convirtiéndome en uno de esos escritores del estilo de H. P. Lovecraft -tan celebrado por Houellebecq- que terminan sus días en alguna ruinosa mansión de Providence o algún sitio semejante. Una situación que no me seduce mucho, por fascinadora que resulte la estética del martirio artístico. La verdad es que son precisamente sus lectores quienes hacen libre al escritor, no los críticos, ni tampoco sus colegas. Aunque el elogio de otros autores -sobre todo si los admiras- tal vez sea lo más gratificante en términos puramente subjetivos y de “autoestima artística”, nada sustituye al aprecio masivo de los lectores de tu país y de otros países. Por ahí es por donde puede venir el dinero que luego sufraga tu libertad creativa. Cuando ya gozas de un éxito consolidado y de la fidelidad de un nutrido grupo de lectores cautivos, puedes hacer hasta cierto punto lo que te dé la gana.

Pero dejemos de una vez las digresiones y volvamos al bar de la plaza de Santa Isabel en el que Houellebecq y yo nos estamos ventilando, mano a mano, esa segunda botella de vino, con una mínima colaboración de Nico, de Antonio y de mi mujer. Amelia está completamente relajada, hablando en francés con el poeta de la isla de La Reunión sin tener en cuenta para nada mi presencia. Un poco ofendido, le pregunto qué le está diciendo.

- Le estoy hablando de lo vanidosos y ególatras que sois, porque me parece que está bastante claro que él peca de lo mismo que tú.

- Ah… ¿Y qué te dice?

- Que para escribir hace falta eso… Porque tienes que estar convencido de que tu forma de ver las cosas importa, de que sin tu mirada el mundo se perdería algo.

Entonces Houellebecq me dirige un comentario en francés. Miro a Amelia interrogativamente.

- Que no se puede escribir nada –traduce ella- sin esa convicción…

- Sí –confirmo, sin entusiasmo-, los escritores nos ponemos en el centro de la vorágine del mundo, como si fuera el tornado del mago de Oz, y nos quedamos solos.

Amelia traduce. Houellebecq asiente.

- Un poeta español lo dijo muy bien. Sólo somos nosotros cuando estamos solos. Y nunca estamos tan solos como en compañía de otros escritores.

Amelia traduce y Houellebecq vuelve a sonreír. Lleno mi copa y la suya una vez más. Está claro que le encanta el vino español. Ella está sentada al lado del francés y (según me contó más tarde) en cierto momento él le acarició la nuca. Me alegro de no haberlo notado, porque en mí pervive el anacrónico caballero español que no dudaría, si la ocasión lo requiriese, en convertirse en el médico de su honra. Claro que algo así habría arruinado el buen clima de la reunión, la cual transcurrió sin tensión ni incidentes, al contrario de lo que había ocurrido unas horas antes con Arrabal.

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