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Fabio Stassi: "Y de todo mal me sana un buen verso"

Acantilado, Barcelona, 2026
jueves 09 de abril de 2026, 19:18h
Y de todo mal me sana un buen verso
Y de todo mal me sana un buen verso

Aquí el homenajeado es Dante, pero bienvenido sea el ejemplo traído para sustentar el sugerente título.

El verso y su condición terapéutica vienen bien avalados a lo largo de la historia, y no solo de la literatura. Unas veces rimado y otras dentro de contexto de discurso, desde Abelardo y Eloísa hasta Orfeo y Eurídice, pasando por sor Mariana Alcoforado y su desdeñoso militar, y por tantos destinatarios de las inexcusables palabras de Pessoa (unos como receptores, otros emisores –que los dos, sea, hayan alivio- pues todo verso (mejor si es de buen amor) lleva en su flecha el curativo efecto de la emoción propicia y sincera. Y sanadora.

Stassi, a propósito de Dante, escribe: “Esa piedad, no metafísica sino completamente terrenal, que Borges y Shakespeare llamarían ´la leche de la bondad humana’ es el principio activo de la Comedia y su propiedad medicinal” Y es que, en efecto, el primer elemento que encontraríamos sería la piedad o la pasión de Dante por los condenados de la tierra.

Pero aún más, pues he aquí que el efecto podría ir incluso mucho más allá de la inmediatez impresa del verso: permítaseme decir que, en cada viaje a Florencia procuro visitar la humildísima y entrañable iglesita que guarda la memoria de la enamorada Beatrice. Y aún hoy, acogida en el velo de la sombra que adorma un fondo de música barroca, parece sentirse el bien que propicia la amada (y el Dante en un manto exquisito de vínculo amoroso).

“Alegre Amor me apareció, teniendo/mi corazón en una mano, y daba/ sitio en sus brazos a mi amor, durmiendo” ¿Habría literatura sin amor, sin el sentimiento del amor?. Léase la palabra Roma en su romántico espejo; ¿qué dice?, amoR.

El libro está lleno de erudición sensible, de reclamos a favor del verso en sí, pues algo innato existe en esa forma que sugiere vinculo, más si es de amor. Que decir de unos tiempos agrios, los que corren, alejándose de tal sentimiento en pro de una frivolidad repetitiva que se aleja progresivamente de él. De ahí que el libro merezca no solo atención racional, sino también ensoñadora, pues el mismo lector apreciará por dentro todo el bien de las palabras elegidas en pro de un bien que no ha de ser solo para el corazón. La salud renovadora vendrá ahí, en un mensaje más amplio que afecta a todas las potencias interiores humanas.

Hacia el final del libro, en un apartado tan discursivo como constructivamente intencionado a propósito del título leemos (sin eludir al Dante primigenio enamorado): “Y no solo de los poetas contemporáneos, o vivos, sino también de los difuntos, por así decirlo. Ellos mejor que nadie habrían podido enseñarnos que es precisamente en los estados de forzosa separación donde puede consebirse una idea nueva de libertad, una libertad acorde con el repeto a las leyes del entorno y las relaciones humanas de todo tipo”.

Cuánto cabe esperar del buen árbol de las palabras.

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