…Y puesto que el Cosmos, o sea, «el Orden», nos ha compuesto de las mismas sustancias elementales de los astros (aún sin ser conscientes de ello en nuestras rutinas), un no descifrado trastorno químico nos completa como organismos con instintos, impulsos responsables de muchas concupiscencias reprimidas de nuestra conducta y de que olvidemos comprendernos como testigos únicos de ese milagro –o rareza– creacional que somos. Deberíamos aceptar con agrado que por compartirnos unos con otros estemos menos solos ante la complejidad de tal invento y la singularidad de ser una entidad consciente de existir, siendo partícula reducida de todo este espacio infinito gobernado por leyes y fuerzas aún no descifradas, aunque conozcamos sus efectos, todo lo cual puede derivar en formas herméticas y mal asimiladas de esclavitud relacional con uno mismo. Sea de una forma u otra, nunca estamos predispuestos (porque suponga quizá un hercúleo esfuerzo cognitivo) a penetrar en los porqués de que cada cual sea autor o víctima de permanentes conflictos, sumidos en el arrebato de sobrellevarnos como máquinas insatisfechas de desear… Esta es la última de las digresiones que se enredaron en mi análisis una vez hube concluido una novela en que en las veinte primeras páginas aún no se distingue el trastorno de la protagonista; pero muy poco después, y sin necesidad de mucha perspicacia, este detalle se puede esclarecer con facilidad, pues la complexión bien estructurada del discurso, significado con una lírica personalísima, deja sensibles y compasivos indicios de que el desbarajuste anímico se halla también entre los demás personajes, mantenido como algo invisible durante el desarrollo de la epopeya en que «lo íntimo» de cada uno de ellos, especialmente en Ella, se desmorona arrastrando consigo toda posibilidad de emancipación de un crónico ensimismamiento, que es eso que se dice del «estar uno en sí mismo», asunto este sobre el que el leyente tendrá que dilucidar al concluir tras el punto y final de Esclava de mí. La palabra íntimo es superlativa y designa lo que es más interior que la propia interioridad misma; lugar de una profundidad portentosa, como la de un océano cuyas corrientes internas horadasen uña y carne de uno conforme se crece desde la niñez; y aunque se trate de algo invisible, es vulnerable a quedar expuesto a la intromisión de otros, especialmente si esos ejercen un poder insensible y perturbador sobre la sensibilidad del sujeto. Al utilizar el modo adjetival «lo íntimo» tratamos con un concepto digamos de relación de uno mismo con lo más secreto de uno mismo, que deja al resto marginado de todo vínculo confidencial, mucho más impenetrable que el espacio cerrado que preservamos de la indiscreción cuando nos referimos a «lo privado» o a «la intimidad», que son localizaciones espaciales; designamos el conjunto de vínculos que un individuo decide sustraer del área social para protegerse, elaborada nuestra privativa experiencia al resguardo de miradas ajenas, lo que al contrario empeora la salud, especialmente si la confidencialidad es sometida por fuerzas totalitarias que la confundan con ocultación, hasta el límite de convertir esto último en obsesiva enfermedad social [1]. En un régimen digamos nacionalcatolicista (aquí escenario y condimento tornadizo por donde fluctúa la temporalidad de esta fábula), el control de lo íntimo se produce hurgando en la culpa. Los nacidos en España a mitad de los años treinta, y en las décadas de los cuarenta, cincuenta y mediados de los sesenta del siglo pasado sufrimos bastante de ello, más aún si se era mujer (peor todavía en las zonas rurales) donde la presión sobre el prójimo es inversamente proporcional al número de habitantes: cuánto más pequeña es la localidad, tanto más intenso es el deterioro de ese derecho intrínseco al ser, expuesta su inviolabilidad a los caprichos del juicio exterior, debiendo evitar cada convecino todo indicio de osadía so pena de ser víctima de encallecidas maledicencias y de la reprensión colectiva sistematizada, lo que supone en cada cual un permanente intento de escapar a las miradas, o, lo que es lo mismo, una manera de estarse al margen de la competencia social en un espacio de exclusividad de nuestro campo sensorio y de selección de quién accede a él. Luchar para preservar lo íntimo puede derivar hacia estados de melancólica soledad, lo cual –y cuando se trata de cuidarse de la maquinaria opresiva de una dictadura de extremo catolicismo– puede ser una tarea penosa, razón por la cual muchos, y especialmente las mujeres, deciden callar, vivir en silencio civil y, lo que es peor, en un silencio recóndito, como un doble exilio: el forzado por prejuicios sociales y el autoimpuesto por la negativa a tener que aceptar existir fuera de sí, expuestas siempre al escrutinio colectivo. Por tanto (y ya para dejar anclada la idea), la consciencia de ser en lo íntimo puede tener género gramatical dependiendo de si nos referimos a lo masculino o a lo femenino; pero no tiene sexualidad diferenciadora: se sufre de desamor o de no ver satisfecho los deseos más intensos siendo varón o fémina, y su influencia no gravita en exclusiva respecto a la atracción, al erotismo, indiferencia o repulsión que cierta persona puede inducirnos, sino también en la compasión de ver la propias debilidades y soledad proyectadas en otro ser que nos requiere para el placer, o para la complicidad, o para la confesión, o para hallar la consecuente paz mental cuando nos sentimos identificados con el otro, seducidos por el otro, seductores del otro. Pero la seducción no tiene que ver solo con la atracción física; también es un componente esencial de la autoestima, de sentirnos bellos en cuerpo y pensamiento para proyectarnos en sociedad sin vernos cohibidos por complejos psíquicos. Los regímenes autoritarios toman precisamente la aniquilación de la autoestima como arma para desbaratar todo indicio de seducción en la mujer, puesto que si esta es doblegada también será brutalmente sometida su naturaleza sensible, obligándola a vivir ese doble exilio interior a que nos hemos referido, usando como herramienta la intromisión de la figura del padre, del hermano, del cuñado y del invisible fisgoneo –aunque notorio– del resto de los varones, quienes ejercen al mismo tiempo de jueces, testigos, indagadores y verdugos de su sexualidad y de su universo emocional [2]. Los nacidos en las décadas referidas podemos sentir una profunda identificación con Ella, cual es mi caso particular, pues conforme se desarrollaba la lectura sentía consonancias con esos exilios que se fueron apoderando de mí, quizá porque la experiencia y circunstancias personales de mi infancia me permiten intuir las tinturas del temperamento femenino, comoquiera que al criarme rodeado de comadres, en un contexto similar al de esta parábola, se me hubo desarrollado una aguda percepción para hilar con la psicología femínea: tías y primas hermanas mayores que yo, de las que distinguía por observación cómo se comportaban cuando había hombres presentes y cuando no, y cómo el eco de esas formas de estancia en el orden establecido proyectaba en mí el extraño sentimiento de esclavitud, de exilio interior que sentían las mujeres, unas en mayor intensidad que otras –según fueran más o menos extravertidas–; empatía que, forjada con espanto en mi sensibilidad de niño, creía percibir con toda claridad cuando se ejercía en mí la autoridad de los adultos varones, de mi padre, mis tíos o mis primos mayores. Otra cualidad de esta obra es que –por lo dicho–, queda justificado que no sea explícito el nombre del personaje principal, y que sin ser una novela erótica, supure calentura por los poros de la piel de cada capítulo, como supuraba calentura reprimida toda aquella España tutelada por una viciosa y enfermiza moralidad falsamente católica, manejada como un títere manirroto por un caudillo que asistía a los oficios religiosos bajo palio, como ostentación unívoca de su poder aquí en la tierra como en el cielo, sin dejar de fusilar a sus enemigos políticos durante décadas, eliminado cualquier atisbo de remordimientos después de haberse sublevado contra un gobierno legítimo, materia a la que la Historia aún no ha ajustado debidamente las cuentas, supuesto que sus consecuencias todavía escarabajea de mala manera en la memoria colectiva de la España de hoy; porque el relato, y por lo que se podrá deducir de todo lo dicho, es también una sutil y no explícita alusión a la política social de la segunda mitad del siglo pasado en este país, algo que debemos tener en cuenta en el análisis. Entre los discernimientos y digresiones que podemos esgrimir respecto de este ingenio literario de Rafael Ballesteros, señalamos la transparencia de las escenas aún obviando que están plagadas del particular lenguaje de la lírica ballesteriana (peripecia que salta a la vista desde los renglones inaugurales), y que permite un difuminado en la intimación con los dos sacerdotes a quienes Ella se confiesa, entreveradas sus penitencias con ese esclavismo no explícito de la que está poseída durante todo el metraje del cuento y que más adelante será motivo de un desenlace insospechado. Produce curiosidad la difusa percepción de un anacronismo estructural –quizá intencionado– en la concatenación de los bloques narrativos dentro de los propios capítulos, puesto que carecen de contraseñas por las que deducir cuando adelanta y retrocede en la edad de la heroína. Es esta una cuestión menor, supongo, que se disimula por el indisoluble atolladero introspectivo a que se ve sometida desde la niñez; como se percibe cierto alivio cuando se nos hace coparticipes de la compresión de Carmen, tía materna y después su madrastra (aunque la negatividad de este sustantivo no le corresponda en justicia, puesto que también se percibe cierta mímesis, cierta identificación entre tía y sobrina en lo de ser «esclavas de sí»). Respecto del resto de digresiones que resultan de la lectura de esta pequeña joya no del todo engastada, se distingue que todos los espacios físicos respecto de Ella son interiores (menos el mar, que está en segundo plano, y que solo al final tomará relevación como reflejo de un horizonte nuevo): Su habitación, el cuarto de la madre enferma, el espejo, el confesionario, como hay otros espacios interiores que son psíquicos: el deseo reprimido, los silencios, la necesidad no manifiesta de redimirse de sus hastíos; la certeza –al principio clandestina en su psiquis– de pertenecerse y de querer ser dueña de su erotismo, de lo cual se desprende que esta alegoría sobre el destierro interior supure aburrimiento de mujer, sensualidad de mujer, frustración de mujer, autentificadas por expresiones perentorias que marcan al leedor con la mordida de un pudoroso e impotente anhelo contra la cohibición, del hartazgo de que «cada mirada tiene su linde» de que se haya de «meter arena en la sangre». Aunque no se haga alusiones expresas a ello, en mi interpretación se dimensiona el luto permanente que en el ánimo de la sociedad creó la posguerra, especialmente en el sector de la población que hubiese querido quedar al margen; como desaparecen fuera de cuadro (aunque quiero imaginar que sus ecos gotean entre renglones) reminiscencias de las cartillas de racionamiento, los estraperlistas, las enfermedades infecciosas, la mortandad infantil… Quiero hacer hincapié en la percepción de que la cadencia rítmica con que se desarrolla la acción está marcada por las pulsiones interiores del personaje nuclear, lo que descarta la influencia de actores secundarios en la orquestación de avances y retrocesos coreográficos de las escenas y, por consiguiente, en un desenlace previsible. Ya se ha hecho referencia a que (como ocurrirá en otros títulos de este literato –recordemos por ejemplo Huerto místico–) no se priva Ballesteros de usar la artillería de su poética, de forma que transmuta al lenguaje prosístico resonancias muy vigorosas, creando atrayentes imágenes que no dan lugar a ser malinterpretadas como ambigüedades metafóricas, aún en el uso de sonoras metonimias, todo lo cual no priva el artificio de un realismo devastador, no distorsionado con mensajes que aleccionen por moralizantes sobre la libertad, etcétera, donde los costumbrismos pasan al olvido o no tienen cabida por triviales en una jácara en que el autor solo se limita a poner las cartas bocarriba respecto de una realidad en que el desasosiego es una constante anímica; un texto en el que sobran adjetivos violeteros, como se prescinde de datos superfluos (rasgos físicos o utilería que no sean estrictamente necesarios), lo que motiva que los detalles de primer plano estén envueltos en una atmósfera estimulante y sedativa para el lector que guste de ver en cueros su empatía, cual es mi caso. Podría decirse también que Esclava de mí es didáctica, no porque pretenda instruir, sino porque socializa el dolor emocional ajeno al poner al leyente, como se ha dicho, no solo en la piel de unos personajes víctimas de un proceso histórico degradante para el albedrío de la condición humana, sino porque deja el amargo regusto (y esto es otra digresión) de que ciertos sucesos podrían verse reproducidos en el futuro si no se dota a la sociedad de herramientas educativas adecuadas. Otro carácter denotativo es que los personajes están desmistificados, pero no escasos de una severa consciencia de la parcela argumental que les corresponde en este sobrio epigrama (que califico así por lo breve y agudo): todos se muestran carnales, desafectos de idealizaciones superfluas, pero sometidos a lo incidental del papel que les corresponde, sin dejar a un lado el aéreo e inaprensible erotismo a que ya hemos hecho referencia, lo que despierta en el lector adormecidos deseos platónicos, más cercanos a la escrupulosidad afectiva de lo íntimo que a la tosquedad de lo carnal. Motivo de estas digresiones es también el tiempo, que transcurre imperturbable durante toda la lectura (aunque la narración salte del pasado al presente y viceversa), como es inmutable el estado emocional al que están asimilados estos personajes sin sombra, en una sociedad en que la exhibición de lo licencioso es nula y donde nada cambia en el día a día de todos los días de una vidas necesitadas de sobrevivir a base de invisibilidad; feligreses que viven hasta la médula reprensiones por ingenuos desvaríos; almas ansiosas por respirar sin pecado y que, como compensación, reciben ridículas absoluciones pacificadoras de unos clérigos taimados que dejan entrever la inmoralidad de querer indagar en subalternas intrigas morales, adoctrinados en descubrir lo esencial de lo que no ha sido destapado por perversión, siempre velada tras una inocencia aparente, pero maliciosa. Por prestarme el término de Mijaíl Bajtín, en esta novela no hay consciente «heteroglosia», no coexisten diferentes lenguajes en los discursos, puesto que la voz narradora se ovilla con la de los propios obrantes y esto evita jerigonzas dialectales y un conflicto entre psicologías, lo que afianza más si cabe el carácter épico a la obra al abocar al leedor a la curiosidad por encontrarse con un desenlace restaurador, aun a sabiendas de que la cotidianidad de las incertidumbres, inherentes al anterior régimen, no dejan lugar a esperanzadoras escapatorias. Respecto de estas digresiones, no evito reseñar que tras la conclusión de la lectura tamborilean en mis sienes varias interrogantes: ¿Cuál es el tiempo de uno?, ¿aquel en el contabas solo con tu exilio interior, sin posibilidad alguna de compartirlo con otros exiliados interiores?; ¿aquel en que había posibilidad de expresar las cosas que vibran dentro de uno, en ese esperanzador cambio de mentalidad que se parecía percibir con la llegada de las primeras elecciones democráticas? Así que, por asociación, me pregunté igualmente cuál sería el tiempo de la protagonista: ¿el que vivió en su ciudad natal, que fue intenso, aunque sombrío?, ¿o el que viviría, ya redimida de sí, en la emigración forzada por la autoridad paterna? Y cuál sería el tiempo de Carmen (plenamente asumido su papel de madre putativa), proyección interjectiva de la soledad de Ella como un ¡trágame tierra! o un ¡punto en boca! y quien, apartada en el convite, «en la noche de bodas bebió un vaso de vino y miró después el mantel, ensimismada, inmóvil, como si estuviera sola en el mundo».
[1] Véase Foessel, Michaël (2010): La privación de lo íntimo. Las representaciones políticas de los sentimientos, Barcelona, Ediciones Península, [2] Cuestiones estas que la antropología ha estudiado detalladamente, por cierto, respondiendo a razones que no solo tienen que ver con la supremacía de sexos, o con una religiosidad nacionalizada, sino con la preservación de tabúes que sirvan de sostén a una economía cuyo pilar elemental es el estatismo de la paternidad respecto de unos hijos a los que hay que mantener (y educar para el sostenimiento del patriarcado), hoy todo eso en clara fragmentación (aunque sea en parte) gracias a la tecnología y a paulatinas dosis de agitación social, que permiten que la mujer participe de un mercado laboral especializado y más amplio que el ceñido a lo doméstico, lo que incluye –entre otros avances sociales– una fecundación en vidrio y, por tanto, la no intervención supremacista del macho para la gestación, materia que lamentablemente aquí no es motivo de análisis, pese al interés que pueda suscitar el comentario. Puedes comprar el libro en:
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