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“Ru”, de Kim Thúy

lunes 15 de junio de 2020, 11:33h
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Ru
Ru

El número de palabras que conocemos determina el mundo que podemos soñar, pero, sobre todo, explicar. El idioma con el que vemos la luz, es decir, en el que nacemos -con el que imaginamos, en definitiva-, también representa una concepción del mismo que nos diferencia como seres humanos, porque, la textura y el colorido del lenguaje con el que nos expresamos es diferente. Ejemplo de ello es la novela Ru, de la vietnamita Kim Thúy, todo un placer para los sentidos a pesar de la tragedia que cuenta.

La llamada guerra de Vietnam trajo consigo, aparte de millones de muertos, la primera derrota oficial del ejército norteamericano del pasado siglo, la definitiva implantación de la denominada guerra de guerrillas, la retrasmisión en directo por las televisiones de las barbaridades que se cometen en toda guerra por uno y otro bando, además del nacimiento de un sentimiento pacifista y de oleadas de protesta en todo el mundo contra las invasiones militares y la aparición o la constatación, del llamado “sindrome de Vietnam”, o sea, la inadaptación de los soldados norteamericanos a la normalidad de su país al regreso de semejante infierno.

Ru es una novela autobiográfica, escrita treinta años después de la contienda, por una vietnamita, Kim Thúy, que padeció los rigores de la barbarie siendo una niña de diez años. La huida de su país en una barcaza junto con su familia, la llegada a un campo de refugiados de Malasia y, algunos años después, su definitiva marcha para rehacer la vida en Canadá, lugar al que nunca pensaron llegar y donde debieron acomodarse -con la sagacidad que aportan la indigencia y el desarraigo-, para rehacer la vida y adaptarse a nuevas costumbres: el aprendizaje de un nuevo idioma, una distinta forma de vestir o el conocimiento de nuevos dioses a los que adorar; todo ello, adobado con los recuerdos, con la memoria del lugar del que fueron expulsados por la guerra, la inseguridad y el horror.

Los avatares de la extensa y acomodada familia de Kim Thúy, arrastrada por los espantos de la guerra, la llegada de las tropas comunistas a su casa para tomar posesión de la misma y su huida en una hacinada barcaza a través del golfo de Siem para instalarse en otro lugar, en cualquier otro lugar, sin dominar la lengua, las formas de convivencia, el significado de los gestos o la utilidad de objetos nunca vistos, es contada por una madura mujer con un sentimiento dividido entre la añoranza de su origen y la extrañeza del lugar de acogida.

La novela tiene una interesante estructura que quizá sea lo más atrayente, aparte de la delicadeza, la perfección más bien añadiría, del lenguaje. Porque, hasta en el horror puede el ser humano encontrar rincones de belleza y hacerlos propios, y, lo que es más excepcional desde lo literario, hacer partícipe de ello al lector. No es extraño por tanto que dicha novela se haya traducido a medio centenar de idiomas en muy poco tiempo.

Vivimos en un mundo en donde la integración es inevitable. El avance telemático, las antenas parabólicas y la eclosión de las denominadas redes sociales, hacen imparable el movimiento incesante de personas de un lugar a otro del mundo, para encontrar la estabilidad y la paz, esa que se hace imposible, por las circunstancias que fuere, en sus lugares de origen. Un aviso para navegantes, sobre todo para los movimientos racistas que pululan nuevamente por el mundo, vendiendo otra vez el odio al diferente, a la otredad, al que no comulga con nuestras ideas, religiones o modos de vida, eso que llamamos movimientos supremacistas.

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