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Lluïsa Lladó
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Lluïsa Lladó

“La complejidad de Electra”: insumisión poética de un alma devastada

domingo 14 de febrero de 2021, 17:00h
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La voz de Louise Colet en una carta dirigida a su amante Gustave Flaubert inaugura el poemario de Lladó, un texto en prosa en el que la poeta francesa del siglo xix le confiesa al autor de Madame Bovary que lo sigue amando a pesar de que él haya decidido romper su relación con ella. En esta epístola se trasluce la condición abnegada de Colet, además de una fervorosa pasión que la domina y somete a pensamientos de índole sexual. No es baladí que Lluïsa Lladó escoja a Colet, quien también fue amante de Victor Cousin, además de una excelente poeta, para construir con ella una polifonía que nos habla acerca de la complejidad de la entidad femenina en un mundo dirigido —y marcado— por hombres.

La complejidad de Electra
La complejidad de Electra

Lladó erige el mito griego de Electra como paradigma del laberinto femenino, una visión moderna de la mujer que es leída desde la tradición clásica, pero también desde la más inmediata, las referencias a obras cinematográficas son constantes a lo largo del libro. El discurso etopéyico de la autora dibuja a una Electra que se encuentra en la encrucijada entre el amor y el odio, entre el sometimiento y la rebelión, y subraya como rasgo más humano su contradicción, una ambigüedad que la conduce a su propia hamartía, pues tras los primeros suspiros provocados por el gozo se escuchan los jadeos de su esclavitud.

Fue el psiquiatra y ensayista suizo Carl Gustav Jung quien bautizó como «complejo de Electra» a una suerte de situación afectiva inversa al complejo de Edipo, es decir, la que atañe a la hija y al padre, y esto se manifiesta en el poemario en el poema titulado “Rosa Silverio escribió Matar al padre”, en el que encontramos versos como estos: «Mi madre y su iniciada transición a la locura después / de la muerte del verdugo». Así descubrimos que para el sujeto poemático, mujer hablante y doliente, el recuerdo de su padre reconstruye la figura de un monstruo. Pero se advierte en la forma de describir esta verdad una honda tensión que se manifiesta en el texto a través de rupturas de la convención del discurso lírico: palabras malsonantes, mezcla de poesía y prosa, diferentes voces, oralidad, etc. Lladó reconstruye deconstruyendo, fiel a esa complejidad del título del libro que alterna dualidad gráfica y pragmática con el citado complejo psicológico.

El hablante lírico se expresa en primera persona y su discurso se inocula, lo hacemos nuestro, como en el poema titulado “Me llamo Electra y soy tu hija”, donde el terrible y dramático retrato parental queda consolidado en versos esclarecedores: «Sus manos destructoras, demoliendo a la madre»; «El buen hombre que horneaba el pan al vecindario. / El demonio que me enseño a sobrevivir». Pero el cariño intacto de una infante hija hacia su padre aflora en otros versos que describen sus manos como «alburas bíblicas de harina», «tiernas ramificaciones del obrero», no de otra forma se explica que un monstruo tan atroz sea descrito como «Ángel exterminador». Esta alusión a la película de Buñuel da buena cuenta de la convulsión de su estado interno.

La legendaria Electra planeó junto a su hermano el asesinato de su madre y el amante de esta, a los que culpaba de la muerte de su padre, un triángulo amoroso que también marcó a Colet y de alguna manera determina el curso de una tragedia anunciada: «En el triángulo cuadrilátero / de la Santa Trinidad / descansa el poderoso con sus prismáticos de coltán / que lo ven todo», «De los triángulos, / la base es la que se lleva la peor parte», «El cimiento de la casa en que crecimos». El padre como esclavo de su propio deseo, pero también como centinela, ese desconfiado guardia de seguridad en el hipermercado, el padre-escorpión que hiere y mata aunque en ello le vaya la propia vida: «LA RANA. —¿Por qué has acabado con mi vida sabiendo / que nos ahogaremos juntos? / EL ESCORPIÓN. —Es mi naturaleza».

El concepto triangular se disemina por varias latitudes del libro: «Decidí marcharme / porque el triángulo pesaba demasiado». Parece que la autora da mucha importancia a las consecuencias de la tríada amorosa y encontramos trinomios actoriales como el formado por la hipotenusa y los dos catetos «la hambruna, la sed y el alimento»; «Tres íes latinas», «Como tres segmentos de luz / alineados nos congregamos / con Ira, Indiferencia e Idiotez». Todo el erotismo y la aflicción devenida de esta traumática experiencia queda plasmado a la perfección en la ilustración de cubierta, obra de Jesús Herrero.

El fracaso en las relaciones afectivas, la vivencia de la sexualidad, todo queda atravesado por la tóxica influencia de un padre, por el recuerdo de su ignominia: «He santificado en exceso / a mi padre. / Él aparece en facsímil, en las múltiples gacetas de Dante», «[…] en los hombres que son incapaces de tocarme». La voz protagonista se confiesa transformada por el dolor, no oculta que ama sin saber querer, y no es patética, no se regocija en el daño ni se culpa por ello, aunque a pesar de lo duro de algunas revelaciones nos parezca que asistimos a una catarsis de pornografía emocional. Los poemas van compensándose el uno al otro, la carga emotiva oscila de manera imprevisible, igual que lo haría el ánimo de alguien conmocionado que no puede reprimir sus sentimientos: «Con la castidad sádica y masoquista del seso / que creció bajo la represión y los hábitos».

Cuarenta y dos poemas son suficientes para problematizar la odisea de las relaciones afectivas. A la complejidad del contexto social, urbe moderna poblada por seres con prisas que ignoran que son esclavos, se suma la tiranía de las relaciones de poder, las secuelas particulares, de cada uno, esas que nos han hecho mella y ocultamos que nos han debilitado. Pensamiento, deseo, frustración, Lladó nos ofrece las coordenadas del vacío interior, de la desafección provocada por el inhumanismo posmoderno. Cuando se describe el amor desde la vulnerabilidad postraumática de su herida nos parece un cruel y detestable verdugo.

La intertextualidad contenida en La complejidad de Electra no se limita —por ejemplo— a la inscrustación de títulos de películas, a la mención de personajes ficticios o históricos, de alguna manera los versos de Lladó dialogan con otros autores contemporáneos —algo que puede apreciarse en el importante y nutrido aparato paratextual—, pero también lo hace con los clásicos. Y a su vez, otro diálogo se mantiene con un tú virtual al que se dirige el hablante lírico. Las apelaciones a un hipotético apóstrofe convierten los poemas en un discurso dialogístico.

Tal es la sinceridad vertida en este libro que su autora no ha parcelado su macroestructura, los poemas se presentan en una continuidad ininterrumpida que invita a completar su lectura de un tirón, solo así se consigue hilvanar el itinerario emocional que propone, de manera que el relieve psicológico brinde su propio contraste. Zarandeados por el intenso oleaje de sus versos, comprendemos el porqué del uso de algunos neologismos, de la recurrente esticomitia: Lladó describe a la mujer como: «marioneta de los instintos / sometida a los arcángeles del miedo». Todo a su alrededor es castigo u opresión, por ello, el sexo se descubre como la posibilidad de acabar con todo, incluso con la dignidad de uno mismo: «Del vaso ajeno no está bien beber / justificando a Freud y a la narcociencia / del delito de amar jodiendo».

«Nunca he podido amar al hombre», «No tuve una niñez al uso. / Me formaron para la lucha con el martillo»: el parte de lesiones es granado y luctuoso. Toda esa flamígera llaga conduce al sujeto lírico a representar una figurada muerte del padre, es preciso enterrarlo para pasar página y seguir hacia delante. Un puñado de tierra lanzado en su nombre y sobre su cabeza bastará, tal como indica Rosa Silveiro en su poema. Las palabras descansemos en paz convierten el penúltimo poema en un reproche y un adiós, en una venganza y un lo siento: sentimiento-pecado, sentimiento-pecado. El último poema es un único e inquietante verso-camposanto: «Qué habrá detrás de los abedules, padre?».

El narratario es evidentemente el padre y el pretexto, una aparente carta abierta, a él dirigida, que no termina de ser condenatoria. El poemario termina —como no podía ser de otra manera— planteando un interrogante que se responde afirmativamente a sí mismo con el solo hecho de formularse: «¿Se puede vanagloriar al ogro maltratador que te dio la / vida?».

Lluïsa Lladó nació en Palma de Mallorca en 1971. Es técnico superior de Diseño y Artes Plásticas (Ilustración) y actualmente finaliza sus estudios de revestimientos cerámicos en la ESAD de Castellón. Ha publicado en la revista literaria DeGlozel. Formó parte de la Tertulia Poética El Almadar, de Castellón y participó en su revista Azharanía. Resultó finalista en los concursos de microrrelatos románticos: Cachitos de Amor II (Acen, 2013); en el de microcuento Fantàstics 2014 de Castellón y en el V Premio Internacional de Poesía en Segovia (2014). Ha participado en la antología bilingüe San Diego Poetry Annual. 2016-2017, presente en las bibliotecas y las universidades del sur de California y en la antología internacional Poeta en Nueva York. Poetas de tierra y luna (Karima Editora) en 2018. Ha publicado los poemarios: Azul-lejos (Parnass, 2013); El bosque turquesa (Torremozas, 2014); La marquesa de seda (Unaria Ediciones, 2015) y El arca de Wislawa (Torremozas, 2017).

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