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"El libro transparente de las cosas que existen y de las que no existen", de Rafael Courtoisie

Reseña del poemario. Los Libros del Mississippi, 2020
domingo 31 de mayo de 2020, 13:25h
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El libro transparente de las cosas que existen y de las que no existen
El libro transparente de las cosas que existen y de las que no existen
Percy Shelley lanzó su tratado Defensa de la poesía (1821), como protesta contra un capitalismo que se nutría de la explotación humana y natural e iniciaba la época de crisis planetaria actual del Antropoceno. En su Defensa, Shelley reivindica la poesía como tarea urgente e imprescindible para preservar lo mejor de humanidad, y declara que el lenguaje poético “es vitalmente metafórico; o sea, remarca las relaciones antes no aprehendidas entre las cosas y perpetúa su aprehensión, hasta que las palabras que las representan se vuelvan signos de porciones o clases de pensamientos.” La poesía, para Shelley, es el fundamento ético y herméneutico de la experiencia humana— tanto el bienestar del ser en la plenitud de su conciencia y autoconocimiento, como el encontrarse en el mundo con otros en relaciones que expresen el amor en todas sus facetas, desde el eros hasta el ágape.

Casi dos siglos después, en un momento histórico tan crítico como que el que vivieron poetas y escritores como Shelley y su insigne esposa Mary Shelley, creadora de Frankenstein, el poeta, narrador, ensayista y profesor Rafael Courtoisie (Uruguay 1958) vuelve a reivindicar lo poético, lo metafórico y lo humano en su obra más reciente, El libro transparente de las cosas que existen y de las que no existen de la editorial Libros del Mississippi. Courtoisie lo presentó en La Casa de América, Madrid, el 9 de marzo, pocos días antes de que el Covid-19 apagara la ciudad y frenara el mundo; también intervinieron el poeta y catedrático Luis de Cuenca y el director de la editorial, Antonio Benicio Huerga.

Esta publicación inicia una nueva década en la trayectoria ilustre de Courtoisie, quien ha recibido varios premios internacionales incluyendo el Premio de la Fundación Loewe de Poesía (España, Editorial Visor, jurado presidido por Octavio Paz), el Premio Plural (México, presidido por Juan Gelman), el Premio de Poesía del Ministerio de Cultura del Uruguay, el Premio Internacional Javier Sabines (México), y el Premio Blas de Otero (España). Además de una extensa bibliografía poética—su obra se ha traducido a ocho lenguajes--Courtoisie ha publicado novelas, varias antologías poéticas, libros de ensayos, y traducciones de las poetas estadounidenses Emily Dickinson y Sivia Plath y del narrador Raymond Carver, también norteamericano.

El libro transparente se divide en dos mitades, la titular “El libro transparente de las cosas que existen y de las que no existen,” y los “Aforismos del desterrado,” las cuales están vinculadas por una especie puente ontológico—el ser y la negación de éste por un mundo en el cual “no se puede vivir / las frutas cuestan / un ojo de la cara.” Este agón existencial se suma al proyecto shelleyano de la ética y la hermenéutica, a lo largo de un recorrido en el cual el lector aprecia cómo Courtoisie desvela cuidadosamente mediante el lenguaje y la metáfora, la textura interconectada del ser. Para crear una poética multidimensional y dialéctica, el poeta recurre a formas experimentales dentro de la poesía (el aforismo, la prosa poética, el microrrelato) además del verso libre, y también entrelaza mitos, literaturas, lenguas (hay un poema en inglés), y experiencias en lugares distintos.

En primer lugar aparece el amor, pero ya no un amor clásico, sino uno que contiene sus propios pretéritos, sus pérdidas, y tragedias implicadas en la organicidad de la palabra, como advierte “La definición de un ángel al que le arrancaron el ala izquierda”:

Todas las cosas

tienen nombre.

Las que no existen

callan.

En nombre del amor

se mata.

En nombre del amor

es poco y nada.

Lo demás existe

en abundancia. Todo

cuanto se nombra

sangra.

Cada palabra es un mundo.

¿Tanto?

Si, señor,

y mucho más:

es nada.

El hincapié que hace el poeta sobre el nombre de todas las cosas a través de la paradoja de “Las que no existen / callan,” vincula el lenguaje a la de la sacralidad del nombre, como escribe el filósofo y crítico francés Jacques Derridá en La oreja del otro: traducción y autobiografía (1986) a través del ejemplo de la torre de Babel. Según Derridá, la sacralidad del nombre representa “el paradigma de la situación en la cual hay múltiples lenguas y en el cual la traducción es simultáneamente necesaria e imposible” (p. 103). Este doble impulso del lenguaje, a la vez contradictorio, no sólo condiciona la palabra, sino también el encuentro del poeta con la naturaleza, como escribe en “XIII. Duero”: “En la carne de este río no hay agua, hay palabras. / Las palabras pertenecen a una lengua que entiendo / y no entiendo,” refiriéndose al español.

La contradicción forma un punto cero de la “nada” del lenguaje que, lejos de ser estéril, engendra la exuberancia sensorial y erótica de poemas como “Arte Rupestre,” “VIII. Cinnamon, [Canela]” y “IX. Apple Pie Recipe”[Receta de tarta de manzana]. Aunque críticos han observado cómo la obra de Courtoisie insiste en la fusión del cuerpo con la palabra, cabe apuntar que el cuerpo del encierra jouissance tanto en la relación amatoria como en el cuidado desinteresado hacia el otro. En “Apple Pie Recipe,” que el poeta dedica a la poeta decimonónica Emily Dickinson, quien como es conocido, se encerró en su habitación en Amherst, Massachusetts apenas saliendo al jardín de su casa, escribe que las manzanas son

del paraíso, entre los brotes de su estirpe

anduvo la serpiente bíblica, la que tentó a Eva

y al idiota de Adán […]

Se amasa, ya se sabe

se rellena de medialunas cortadas

vaginales de la pulpa, se rocía

de almíbar, y puesto al horno

no se cuenta hasta diez ni hasta veinte

ni hasta treinta: se reza

lentamente a San Patricio

una oración antigua

y secreta: amanece

pero no lo muerdas

todavía: espera a que se entibie.

Ten paciencia. Canta

con la boca cerrada

antes de comerte el sol.

El contraste entre la severidad de la vida de Dickinson, quien murió virgen, y el linaje sexual de la manzana ejerce una fuerza más allá de lo bíblico en el poema, ubicando la maravilla de “comerse el sol” en la cotidianidad del árbol del jardín de la casa —había manzanos en la propiedad de la familia Dickinson en Amherst—y después en la cocina donde se prepara. Como símbolo de la identidad norteamericana—se dice “as American as Apple Pie” [tan americano como la tarta de manzana]—el poeta hace contrapunto con el catolicismo de la alegría de la tarta que conspira con “San Patricio” para realizar un placer que llega hasta la más casta de las reclusas, y el puritanismo de Massachusetts, el cual resultó en los famosos Salem Witch Trials. Igualmente, “V. La invención de la bondad,” comienza como una receta de pan que el poeta cuenta al lector, pero a través de la cual humaniza este símbolo cargado de religiosidad y ágape invocando a la mujer de Lot cuando menciona la sal. “Un crisantemo erótico. / Todo siempre lleva una pizca de sexo aunque no lo queramos.”

Si la primera mitad del libro se caracteriza por revelar a través de metáforas elementales (como titularía Pablo Neruda sus odas), y hasta con cierto humor, las “relaciones no aprehendidas” entre las cosas que existen y las que no, y la palabra y lo indecible, la segunda mitad, “Aforismos del desterrado,” lleva al lector a un territorio Heraclitiano, como apuntó Luis de Cuenca en su magistral presentación. La incertidumbre de la vida del desterrado se suma a la pérdida de referentes afectivos e identitarios. “Sin amor siempre se está lejos, uno es pariah en todas partes,” escribe. Invocando mitos religiosos y literarios como el judío errante, o el viejo marinero de Coleridge, el desterrado narra una existencia de anhelo sin paz, “XX. Salgo de mí para llegar a donde soy. / Salgo de mí porque no hay lugar para mí. / Salgo de mí para llegar donde preciso ayuda. / Donde no estoy, hago falta.”

Este vagar por el mundo, sin embargo, revela otro aspecto de la palabra. “XXXVII. No tengo país, mi sitio son las palabras que digo,” declara, recordando a Juan Gelman. Dentro de la desgarradora experiencia de pérdida que constituye el destierro, la voz narrativa indica con un tono de tranquilidad deslumbrante que transmite una conexión íntima con la vida, “Cada mañana sé que voy a una fiesta,” y enumera los elementos de su día:

Luego toco las cosas, su brillo, la piel de las sábanas, el café que parece una noche encerrada en un frasco para humedecerse con el agua hirviendo, crecer y despertarme entre los pétalos del día, el misterio del pan, el cuerpo de un dios en la mesa, el sexo dulce de las frutas (XXXIX).

“El brillo” de las cosas enumeradas establece una relación con la transparencia poética de éstas, y una dialéctica de significados abundantes entre las dos mitades del poemario.

En conclusión, El libro transparente de las cosas que existen y las que no existen de Rafael Courtoisie es para disfrutar como la canela de su “Cinnamon”: “you can feel it on the tip / of the tongue like a dark / glow” [puedes sentirla en la punta / de la lengua como una negra / luz], y con la certeza de la gracia de su sabor.

Puedes comprar el poemario en:

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