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Aristóteles

"La Ética a Nicómaco" es una de las obras maestras del pensamiento occidental, hito por el que siempre tiene que pasar, y al que siempre tiene que regresar, la reflexión moral y política. Sus indelebles páginas indican, ya en su primer libro, hacia dónde debe apuntar la vida de los hombres, cuál es el fin que les es propio, si es que estos han de acertar y no andar errados, como con tanta facilidad y frecuencia les acaece.

La “Epístola a los romanos” (8: 26) contiene la frase siguiente: “gemitibus inenarrabilibus”, o “gemidos inenarrables”, que nos mueve a meditar que hay ideas, conceptos, sentimientos o visiones incomunicables, ajenos, que no podemos entender, ni comprender ni interpretar, luego, menos traducir, y menos si en lejana (1) lengua han sido expresados. Para entender, dígase, ideas, tales como la de “justicia” (¿quién se jacta de claramente comprender eso de la “Vulgata” que dice: “iustus autem ex fide vivet”, de la “Epístola a los Romanos”, cap. I, vers. XVII?) (2), “eternidad” o “infinito”, es imperioso poseer facultades filosóficas.


Aprendió Sor Juana, para agrandar su visión del cosmos, latín, la filosofía de Aristóteles, la hermética, la neoplatónica, la cartesiana y la de Santo Tomás de Aquino. Le abrió el latín quince siglos de disquisiciones quisquillosas, eruditas y profundas, lo cual aguzó su sensorio. Aristóteles puso orden a sus pensamientos, siempre movidos por las pasiones. La hermética, tan cercana a lo esotérico, multiplicó su credulidad, postura intelectual necesaria para la poesía. El neoplatonismo, que es mística y teología, la avezó a la reflexión constante y alta, a la que pocos resisten sin desorientarse. Descartes, que con sus yerros sobre la substancia inauguró el solipsismo, le dio términos suficientes para metodizar cualquier ciencia. Y el Aquinate, merced a sus lucubraciones escolásticas, le enseñó a discernir las esencias, desde las divinas hasta las terrenales. Tal fue la torrentosa educación que Sor Juana, a fuer de tesón, se regaló.
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PRINCIPIO DE ORGANIZACIÓN POLÍTICA

La división de poderes de Locke y Montesquieu

Ya Aristóteles atisbó esta división, pero fueron Locke y, sobre todo, Montesquieu quienes plantearon esta clásica división

La división de poderes es un principio de organización política que se basa en que las distintas tareas asignadas a la autoridad pública están repartidas en órganos distintos y separados. Los tres poderes básicos de un sistema político serían el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Ya Aristóteles atisbó esta división, pero fueron Locke y, sobre todo, Montesquieu quienes plantearon esta clásica división. El poder y las decisiones no debían concentrarse para evitar la tiranía.