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Joaquín Álvarez Barrientos
Joaquín Álvarez Barrientos (Foto: Javier Velasco Oliaga)

Entrevista a Joaquín Álvarez Barrientos: “En el siglo XVIII, los actores no podían ser enterrados en sagrado si no renunciaban a su profesión”

Autor de “El actor borbónico”

lunes 07 de octubre de 2019, 19:21h
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Pocos libros, por no decir ninguno -hasta ahora-, se han publicado sobre el trabajo del actor. Como apunta el autor del libro “El actor borbónico (1700-1831)” Joaquín Álvarez Barrientos en la entrevista que le realizamos en el patio de un palacete del centro de Madrid, hoy convertido en terraza: “se atiende más a los textos que a las personas que los escriben o recitan”. Afortunadamente, el investigador del CSIC ha publicado un libro sobre el actor del siglo XVIII, para romper la tradición.

Joaquín Álvarez Barrientos
Joaquín Álvarez Barrientos (Foto: Javier Velasco Oliaga)

Joaquín Álvarez Barrientos es uno de los mayores expertos de la literatura española del siglo XVIII y Presidente de la Sociedad Española de Estudios del siglo XVIII, últimamente, está muy centrado en el trabajo de los actores de aquella época, que cambiaron su forma de interpretar hacia un modo más intimista. En el libro desmenuza atinadamente esos cambios que se dieron en la escena española. Ha publicado diversos libros sobre falsificaciones literarias y tiene preparada una novela sobre el mismo tema que se publicará en breve.

¿Cuándo surgió la idea de acometer la escritura de “El actor borbónico (1700- 1831)”?

La idea de escribir este libro surge al considerar que por lo general se atiende más a los textos que a las personas que los escriben (los autores) o los recitan (los actores). Primero escribí Los hombres de letras en el siglo XVIII. Apóstoles y arribistas, dando noticia sobre las condiciones sociales, laborales, económicas y de todo tipo de estos, y después este otro, que se centra en los cómicos.

¿Cuánto tiempo tardó en documentarse y escribir el libro?

Bastante, es un libro de larga gestación, de años de leer papeles en bibliotecas y archivos.

¿Qué le interesa más, los textos de teatro de la época o las interpretaciones de los actores?

En este caso concreto interesaban más las interpretaciones, prácticamente sin estudiar. Lo habitual es centrarse en el texto literario y olvidar que ese texto se monta en un escenario y cambia. Mi investigación ha tratado de mostrar de qué manera se interpretaba, qué problemas éticos, estéticos, económicos, legales, sociales, morales, rodeaban al comediante y a su trabajo para dotar de memoria e historia a los actores actuales y para contribuir a la historia del cómico español. Se ha escrito sobre el actor en el Siglo de Oro, ahora en el XVIII, hay que continuar.

¿Estaban bien vistos los actores en el siglo XVIII?

No. Como en el resto de Europa, estaban vilipendiados y su profesión era considera infame desde el punto de vista legal. No podían ser enterrados en sagrado si no renunciaban a su profesión, tampoco podían ejercer determinados empleos y cargos. Eso desde el punto de vista legal, que arrastraba una normativa anticuada; desde el punto de vista social, la sociedad española, aunque había sectores contrarios, tenía bastante buenos ojos para ellos, sobre todo desde la segunda mitad del siglo. Es verdad que hubo ataques, los más importantes por parte de algunos miembros de la Iglesia (aunque otro sector los consideraba bien), pero tanto la sociedad como el Estado estaban a favor de este cuerpo que consideraban útil. De hecho, los diferentes gobiernos intentaron mejorar la situación de los cómicos. Pero quiero insistir en que la mala consideración era universal, se daba en toda Europa y en América.

¿Quiénes fueron los actores más populares de la época borbónica?

Hubo muchos, como en todos los tiempos. La diferencia quizá está en que ya nos encontramos en la sociedad del espectáculo, y los actores se convierten en referentes urbanos y sociales. Por ejemplo, cuando María Ladvenant muere en 1767, la calle de Atocha y las aledañas se colapsaron por la cantidad de admiradores y curiosos que quiso acompañar al féretro. Fue la única noticia importante de ese y otros días, desbancando a la expulsión de los jesuitas de todos los territorios del imperio.

En Inglaterra se había prohibido interpretar a las actrices, todos los papeles los hacían hombres. ¿Ocurría en España lo mismo?

Para entonces sí trabajaban, pero antes no. Se les había prohibido y los papeles femeninos los ejecutaban muchachos. Era una restricción más fuerte que aquí. En España nunca ocurrió esto y las mujeres, como los hombres, trabajaban juntos en los teatros.

¿Hubo divas en nuestra escena?

Sí, hoy son desconocidas por la generalidad. Pero María Ladvenant, María Rosario Fernández “La Tirana”, “La Caramba”, Rita Luna, por ejemplo, fueron muy admiradas y perseguidas por las calles por los apasionados cuando se movían en las sillas de mano. Algunas alcanzaron fama internacional, como Lorenza Correa, que también era cantante. También hubo divos, como José Espejo, Querol y el gran Isidoro Máiquez, que fue uno de los que más hizo por reformar y modernizar la escena y también era conocido en Europa

“En el siglo XVIII, la interpretación comienza a hacerse más sensible e interna, y de representar a tipos se pasa a representar personajes”

¿Cómo se interpretaba en aquella época? ¿Había diferentes escuelas o estilos de declamación?

El modo más generalizado era el histriónico y gestero, el exagerado. Un modo marcado por años de interpretar al aire libre, para muchos que hablaban y eran un público bullicioso. Había que llamar su atención. Pero a medida que se desarrolla el siglo, cuando se techan los teatros, mientras va cambiando la sociedad hacia una sociabilidad más educada y burguesa, mientras el gusto se vuelve hacia argumentos sentimentales, la interpretación comienza a hacerse más sensible e interna, y de representar a tipos se pasa a representar personajes, y personajes cercanos al espectador. Al cambiar las obras de teatro, han de hacerlo también los modos de interpretarlas. Había diferentes escuelas porque en la época hay procesos de nacionalización de la cultura, y se habla de escuela francesa, italiana, española, etc. Se caracterizaron cada una de ellas.

¿Estaban atrasados, con respecto a Europa, los actores españoles?

En absoluto. Cuando uno lee lo que pasaba en Alemania, en Inglaterra, en Francia e Italia, ve que tenían los mismos problemas que aquí y que se aplican las mismas soluciones. Que tanto había malos actores como buenos, partidarios del histrionismo como del realismo escénico. A veces hay diferencias de tiempo o sincronización, pero es todo, si no igual, sí muy parecido. Las quejas por la interpretación histriónica, por ejemplo, están en esos países como en España y la necesidad de reformar los modelos interpretativos, también. La necesidad de cambiar al público haciéndolo menos participativo era común en toda Europa.

¿Cómo eran los teatros de la época borbónica? ¿Los asistentes estaban de pie o sentados?

Según las zonas, como en Europa, estaban de pie o sentados. Pero lo más característico es que era un público participativo, que apelaba al actor, como este lo llamaba a él. No existía la famosa cuarta pared, aunque teóricos y prácticos del teatro ya la reclamaran. Estaba cambiando la sociedad, se iban despreciando esas actitudes por considerarlas ajenas a la nueva civilización, de modo que se quería un espectador silencioso, que reaccionara para sí y en los aplausos finales.

¿Qué tipo de representaciones había? ¿Clásicos? ¿Autores contemporáneos?

Se representaba tanto a los autores españoles de los siglos anteriores –Lope, Calderón, Tirso, Moreto, etc.--, como a algunos europeos traducidos, pero sobre todo obra nueva. También triunfaban las óperas, las zarzuelas y los melólogos.

Hay testimonios de que se vendían enseres de primera necesidad para ir a los toros y lo mismo ocurría con el teatro

¿Qué tipo de público asistía a los teatros?

Sobre esto cada vez tenemos más datos. De manera general, tanto iban aristócratas como militares, religiosos, funcionarios, artesanos y trabajadores de toda condición. Hay testimonios de que se vendían enseres de primera necesidad para ir a los toros y lo mismo ocurría con el teatro. De hecho, hubo algunas iniciativas gubernamentales y privadas para subir el precio de las entradas y limitar la asistencia de los menos pudientes al teatro, en la idea de mejorar el ambiente y acabar con ese espectador participativo que ya no gustaba a los más civilizados.

¿Qué relación tenían las actrices con la nobleza? ¿Hubo algún romance sonado?

Como en todos los tiempos, hubo romances y “protección” por parte de algunos nobles. Pero también hubo escándalos, como el que protagonizó a su pesar “La Pichona”, que sufrió una mano de latigazos en el paseo del Prado propinados por los criados de una esposa engañada.

Su libro es una excepción, pero ¿se han publicado otros sobre los actores?

En España se publicaron en el siglo XIX algunos sobre actores concretos, gracias a los trabajos de Emilio Cotarelo y Mori, y también hay un par de estudios sobre el actor en el Siglo de Oro, pero para el siglo XVIII, general y con una perspectiva amplia, solo el mío, que yo sepa.

¿A qué se debe esa laguna literaria?

Seguramente a que es más fácil enfrentarse a un texto que ir a buscar noticias sobre actores en periódicos, manuscritos, archivos y bibliotecas. Y además, a la tradicional idea, que parece ir periclitando, de que el XVIII es un siglo aburrido, antiespañol y sin valor literario ni estético. Todos grandes errores.

Puedes comprar el libro en:

Joaquín Álvarez Barrientos
Joaquín Álvarez Barrientos (Foto: Javier Velasco Oliaga)
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