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artículo de opinión

Leer la Biblia, sea la de Casiodoro de Reina, sea la que mandó a hacer el Rey Jacobo, mejora nuestro estilo. Mejorar nuestro estilo es mejorar, o mejor dicho, hacer inteligibles los tonos de nuestra voz. Tono es sentimiento y sentimiento es reacción ante los estímulos, que vienen del exterior, claro es... es decir, que comprueban la existencia de un mundo que no depende de nosotros. El estilo propio, que para ser propio debe romper la gramática, es musicalización​, poner musas en las cosas. ​

Situaciones jocosas


Confieso que no soy supersticioso o al menos eso creo, pero a veces ocurren cosas muy llamativas, curiosas e imprevisibles que siendo, en el fondo, simples anécdotas, son muy impactantes. En un reciente viaje a Escandinavia, estuve en Estocolmo y naturalmente en el famoso Museo Vasa, que conocía de un crucero anterior por el Báltico con escala en la ciudad sueca.


Siendo rigurosos hay que aplaudir el mérito del ex ministro José Bono al revelar en su segundo libro cientos de asuntos que han sido ocultados a los españoles. Porque de la jugosa lectura del libro "Diario de un ministro" que nos narra día a día sus conversaciones, sus pensamientos, sus decisiones, sacamos varias conclusiones.

Segunda parte

¿Es, por ventura, el Don Quijote sólo una bufonada?
Hernnan Cohen


Meter en un discurso hipérboles y expresiones literarias delata confusión ideológica, y prueba de ello son las siguientes palabras de ella: “el verdadero amor no se divide”. La palabra “amor” representa un concepto sin objeto. El amor no es material, no es ni divisible ni indivisible. El amor, lógicamente, no tiene grados: se ama o no se ama. El amor, por no ser materia, no tiene durabilidad, ni causas perceptibles, ni puede mezclarse con otros sentimientos, pues haciéndolo sería otra cosa, pero no amor. “El amor, un encuentro de dos salivas. Todos los sentimientos extraen su absoluto de la miseria de las glándulas. No hay nobleza sino en la negación de la existencia, en una sonrisa que domina paisajes aniquilados”, ha dicho Ciorán.

Después de pasar una larga semana de nueve días en Gijón recorriendo sus calles, hinchándome a sidra y pateando el recinto ferial de “La Semana Negra”, mi director me manda que escriba mi opinión sobre la misma. ¡Menudo papelón! Después de haber reflejado él lo bueno que en esas jornadas ha habido. A mí, como buen operario de la pluma, no me queda más remedio que buscar sus flaquezas que, desgraciadamente, las tiene.


La relación que hay entre pensamiento y lenguaje es exótica, pues todo pensamiento es aventurero, salvaje, y todo lenguaje es, digámoslo así, académico, cuestión de hogar, segura. Los conceptos, cuando son pálidos, tediosos, bien explican los objetos, pero los hacen poco interesantes. Las imágenes, en cambio, son amenas, pero ambiguas. El lenguaje, o todo acto de comunicación, diría un Kant lingüista, es mera representación de los fenómenos, de las pasiones, de los pensamientos. Éstos, no lo ignora quien ha bregado en las críticas kantianas, siempre son provisorios, poco duraderos.


Tras la lectura del libro de Ana Romero, "Final de Partida", sobre la última etapa de Juan Carlos, como rey y como persona, saco algunas conclusiones. La más trágica, la que más me duele porque llevo la libertad, la independencia del periodismo en mi ADN desde que empecé las prácticas al final del régimen de Franco, es la complicidad de la prensa.


Hojeando la magnífica revista “Letras Libres”, portentoso índice de restaurantes, aburguesadas biografías y bibliotecas, me topé con un artículo del académico Christopher Domínguez Michael que trata de la muerte del bardo Yeats, texto minucioso que ostenta la erudición del más alto guía turístico y que me movió a ponderar e inquirir las razones que hacen que los literatos piensen que poseen la rara habilidad de leer lo que otros no pueden leer.