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artículo de opinión

Gran diferencia existe entre la prosa y la poesía. La primera es algo que llega a nosotros y la segunda algo que nos lleva a las cosas. Un artículo de Larra, por ejemplo, puede presentarnos un objeto y descifrar las causas que lo han producido, y un soneto de Lope de Vega, en cambio, nos puede hacer creer que el asunto que trata no depende de nada, que es por sí mismo lo que es. Un discurso de Ortega nos enseña que la categoría de “necesidad” enseñorea a nuestra razón, y un cuarteto de Garcilaso nos mueve hasta la noción de lo trascendental, de lo que no depende de lo empírico. Tales son, sospechamos, las más pronunciadas distinciones que dividen prosa y poesía.

Tan necesario es pensar en las palabras que leemos en la Biblia como razonar las áridas y profundas proposiciones que los filósofos antiguos grabaron en el mármol de la verdad, que gracias a ellos puede ser comprendida por los que no hemos sido convocados por la Revelación. La voz que oímos cuando leemos con fervor el libro del Génesis es una voz de aventurero, la de alguien que se atreve a crear algo libre, algo que sabrá qué es elegir, errar. Dios, y parecerá herejía lo que diré, fue al mismo tiempo sensato e insensato. Fue bueno, lo es, por confiar en nuestro laxo juicio, mas no podemos decir que es malo por dejar que andemos cometiendo disparates y desamparando a baldíos.

Leer la Biblia, sea la de Casiodoro de Reina, sea la que mandó a hacer el Rey Jacobo, mejora nuestro estilo. Mejorar nuestro estilo es mejorar, o mejor dicho, hacer inteligibles los tonos de nuestra voz. Tono es sentimiento y sentimiento es reacción ante los estímulos, que vienen del exterior, claro es... es decir, que comprueban la existencia de un mundo que no depende de nosotros. El estilo propio, que para ser propio debe romper la gramática, es musicalización​, poner musas en las cosas. ​


La relación que hay entre pensamiento y lenguaje es exótica, pues todo pensamiento es aventurero, salvaje, y todo lenguaje es, digámoslo así, académico, cuestión de hogar, segura. Los conceptos, cuando son pálidos, tediosos, bien explican los objetos, pero los hacen poco interesantes. Las imágenes, en cambio, son amenas, pero ambiguas. El lenguaje, o todo acto de comunicación, diría un Kant lingüista, es mera representación de los fenómenos, de las pasiones, de los pensamientos. Éstos, no lo ignora quien ha bregado en las críticas kantianas, siempre son provisorios, poco duraderos.


Tras la lectura del libro de Ana Romero, "Final de Partida", sobre la última etapa de Juan Carlos, como rey y como persona, saco algunas conclusiones. La más trágica, la que más me duele porque llevo la libertad, la independencia del periodismo en mi ADN desde que empecé las prácticas al final del régimen de Franco, es la complicidad de la prensa.


Hojeando la magnífica revista “Letras Libres”, portentoso índice de restaurantes, aburguesadas biografías y bibliotecas, me topé con un artículo del académico Christopher Domínguez Michael que trata de la muerte del bardo Yeats, texto minucioso que ostenta la erudición del más alto guía turístico y que me movió a ponderar e inquirir las razones que hacen que los literatos piensen que poseen la rara habilidad de leer lo que otros no pueden leer.

Solemos creer que la literatura es algo libre, algo que nace lo quiera o no el artista en que tiene lugar. Lo libre, según nuestra razón, es algo “en sí”, es decir, algo que no es causado o que se causa a sí mismo. Pero nuestra razón, que nunca se conforma con lo que le presentan los sentidos, busca los orígenes del arte, y halla, o cree hallar, fuerzas que lo provocan. El salto de lo físico a lo abstracto, ciertamente, es un salto literario.

Situaciones jocosas


Confieso que no soy supersticioso o al menos eso creo, pero a veces ocurren cosas muy llamativas, curiosas e imprevisibles que siendo, en el fondo, simples anécdotas, son muy impactantes. En un reciente viaje a Escandinavia, estuve en Estocolmo y naturalmente en el famoso Museo Vasa, que conocía de un crucero anterior por el Báltico con escala en la ciudad sueca.


Siendo rigurosos hay que aplaudir el mérito del ex ministro José Bono al revelar en su segundo libro cientos de asuntos que han sido ocultados a los españoles. Porque de la jugosa lectura del libro "Diario de un ministro" que nos narra día a día sus conversaciones, sus pensamientos, sus decisiones, sacamos varias conclusiones.

Segunda parte

¿Es, por ventura, el Don Quijote sólo una bufonada?
Hernnan Cohen


Meter en un discurso hipérboles y expresiones literarias delata confusión ideológica, y prueba de ello son las siguientes palabras de ella: “el verdadero amor no se divide”. La palabra “amor” representa un concepto sin objeto. El amor no es material, no es ni divisible ni indivisible. El amor, lógicamente, no tiene grados: se ama o no se ama. El amor, por no ser materia, no tiene durabilidad, ni causas perceptibles, ni puede mezclarse con otros sentimientos, pues haciéndolo sería otra cosa, pero no amor. “El amor, un encuentro de dos salivas. Todos los sentimientos extraen su absoluto de la miseria de las glándulas. No hay nobleza sino en la negación de la existencia, en una sonrisa que domina paisajes aniquilados”, ha dicho Ciorán.

Después de pasar una larga semana de nueve días en Gijón recorriendo sus calles, hinchándome a sidra y pateando el recinto ferial de “La Semana Negra”, mi director me manda que escriba mi opinión sobre la misma. ¡Menudo papelón! Después de haber reflejado él lo bueno que en esas jornadas ha habido. A mí, como buen operario de la pluma, no me queda más remedio que buscar sus flaquezas que, desgraciadamente, las tiene.