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artículo de opinión

PLAZA DE GUIPÚZCOA

No creo que el “Nuevo Orden Mundial” sea un cuento con final feliz. No nos enteramos de lo que se está cociendo, tío. Y eso que yo me lo curro en redes sociales. Sigo en mi trinchera viendo venir las bofetadas. Me río yo de la de Will Smith por defender a su mujercita.

Todavía recuerdo cuando, apenas comenzada El nombre de la rosa (1980), el novicio Adso se quedaba absorto ante la portada de la capilla de la abadía. En aquella sucesión de figuritas sobre las arquivoltas, rodeando a la divinidad de su tímpano, el jovenzuelo hallaba prefigurada minuciosamente la gloria a la que aspiraba su alma tras la muerte. Al reproducirnos estas ensoñaciones del frailecico, Umberto Eco deseaba transmitirnos la mentalidad dominante durante el Medievo, donde lo icónico se había impuesto arrasadoramente sobre la palabra escrita; circunstancia capital para entender la época. Y tal vez porque la había orillado en “La Edad Media ha comenzado ya”, primera de las ponencias recogidas en el tomo La nueva Edad Media (1974), le urgiese exponerla con el detenimiento con que se explaya en este singular pasaje novelesco.

No vamos a hablar aquí del salero con el que algún dirigente dispone sobre la soberanía del Sáhara “español” ni sobre las guerras verdaderas que nos afligen (dejamos los temas de actualidad para la incisiva y simpar Begoña Ameztoy), pero sí de curiosidades sobre una guerra del pasado y, en general, de un fenómeno lingüístico bien conocido: el de usar nombres propios como comunes.

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Yo creo que mucha gente miente, no dice lo que piensa o no dice la verdad. No te equivoques, son cosas distintas. Si mientes, tienes intención de engañar, y eso es pecado, que lo sepas. Como cuando Joe Biden dice que agradece la firmeza y unidad de Europa. Al yanqui le importa Europa lo mismo que a mí la Champions League. Cero pelotero.

Durante los dos años que hemos estado sometidos a esta pútrida epidemia, hemos ocupado muchos ratos sueltos especulando en cómo sería el porvenir cuando hubiese desaparecido —o al menos, cuando hubiese quedado reducida a una infección habitual, como la gripe o como cualquier otra de esas enfermedades estacionales y más o menos controladas—; pero, de pronto, ha estallado la guerra en un extremo de Europa; más allá de la Besarabia, en las inmensas llanuras del Dniéper, y ha borrado, como si fuese un estruendoso sortilegio, a la Covid-19 de nuestras mentes; por más que en nuestros hospitales siga matando a un centenar de personas por día.

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Estoy obsesionada con el orden y la limpieza. Ni te imaginas con qué milimétrica precisión doblo el trapo de cocina y lo coloco en la barra del horno. Por no hablar de la vitro, resplandeciente la tengo. Si te asomas, te ves la cara como el espejo del alma. Pa`mí que son efectos colaterales post pandémicos.

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En plena guerra fría, híbrida y eurovisiva, Putin ha ido a Pekín a inaugurar los juegos olímpicos de invierno y pedir ayuda a su colega Xi Jimping. Es apabullante la foto de los dos líderes más poderosos del mundo (Biden está ya p`al desguace) pasando revista a las tropas chinas (eso son tropas y no las del Congreso de los Diputados). Mirada al frente, paso marcial, mismo traje, misma camisa y corbata idéntica.

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Dicen los expertos que el desayuno es la comida más importante del día. Prefiero que me lo diga un tuercebotas que un experto, que lo primero que te recomienda es un kiwi en ayunas. Como le hagas caso no te da tiempo ni de llegar al váter. En esto de los kiwis hay mucho consenso entre los expertos.

Te llamas Juan, Iñaki, Santiago. Sumas meses conduciendo tu camión y pagando el gasoil cada día a un precio más alto, durmiendo en la cabina, comes basura, porque ya no te puedes permitir ni un menú de carretera. Vuelves a casa, tienes mujer y tres hijos. El único ingreso familiar es el tuyo, haces las cuentas y una vez más el balance te sale a pérdidas. ¿Qué vas a hacer? Conectas el televisor y una ministra que acaba de aplicarse a su salario de setenta mil euros una subida del 2% te dice que eres un ultraderechista y que no mereces sentarte a su mesa.

La noticia saltó el día en que veíamos a una precaria orquestina ucraniana intentando levantar la moral de la población a la espera del asalto ruso, en Odesa. Esta columna se hubiera titulado ‘Los músicos del Titanic’ de no mediar el suceso que cerró aquel telediario. Una expedición científica acababa de localizar los restos de un buque no menos legendario: el ‘Endurance’ de Ernest Shackleton. Zarpó en 1914 con una hoja de ruta imposible: atravesar el infierno blanco de la Antártida.

Entre los años 1898-1899 se desarrolló el mayor asedio de la historia militar moderna en la población de Baler (Filipinas). Más de medio centenar de españoles llegaron, en febrero de 1898, a aquel lejano lugar para defender el último reducto de nuestro Imperio de ultramar. En ese contingente iba el jiennense Felipe Castillo Castillo; un soldado de remplazo que fue destinado a Filipinas para hacer el servicio militar. Él nunca podría haber imaginado lo que viviría en aquel lejano pueblo de la isla de Luzón. Durante 337 días estuvo asediado junto a sus compañeros, por los insurgentes filipinos, que tenían como objetivo, eliminarlos.

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Empieza la tercera guerra mundial y yo estoy a punto de cambiar de coche. Después de ver los bombardeos en Kiev, no diré que voy a comprarme un carro de combate, pero me parece una frivolidad romperme los cuernos debatiendo la cilindrada y el color de la tapicería.

“En la India hay muchos sannyasis que renuncian al mundo y muchos brahmanas conocedores de Brahma pero estos dos hombres tenían para mí un significado especial: el sannyasin era catalán y el brahmana era un ‘liberado en vida’ o jivanmukta”.

Conocí a Fernando a mediados de los años ochenta en el pub “Slogan”, de la Corredera Alta de San Pablo, muy cerca del conocido Pentagrama, donde íbamos a beber cervezas y a escuchar música, después pasábamos por el Penta para seguir la juerga. Anteriormente, había coincidido con él en la Facultad de Ciencias de la Información donde ambos estudiamos a la par, él cinematografía y yo periodismo.

Este año viene abarrotado de deslumbrantes efemérides, particularmente para Francia. En unos quince días, por ejemplo, se hallarán ante el cuarto centenario del nacimiento de Molière y para febrero les cumplirá un siglo de la publicación del Ulises, por Shakespeare & Co., en París, y en septiembre, los doscientos años de la transcripción del jeroglífico por Champollion y, después, vendrán los condolidos fastos por la centena de noviembres transcurridos desde la muerte de Proust, y luego… Qué sé yo cuanto más. Pero no crean que se apurarán; al contrario, a los franceses les cunden tanto las conmemoraciones que no me extrañaría nada que mientras les escribo estas líneas estuviesen preparando ya el septuagésimo quinto aniversario de aquella inaugural y asombrosa colección New Look, de Christian Dior.