www.todoliteratura.es
Los autores de 'La voz del desterrado'
Los autores de "La voz del desterrado" (Foto: facebook)

Entrevista a David Loyola López y Eva María Flores Ruiz: "Hemos querido poner el énfasis en esa literatura que ha quedado fuera del canon literario y de las fronteras españolas"

Autores de "La voz del desterrado"

sábado 24 de agosto de 2019, 07:00h
Add to Flipboard Magazine.
Los autores David Loyola López y Eva María Flores Ruiz han tardado cerca de dos años en preparar el estudio "La voz del desterrado", una antología de los textos fundamentales de nuestros más ilustres desterrados del siblo XIX
La voz del desterrado
La voz del desterrado

La historia de España en la primera mitad del siglo XIX es un tumulto de hallazgos y pérdidas, de inicios y rupturas vertiginosas, de esperanzas soñadas y derrotadas; la fábula de un despropósito cuyo balance, en certeros versos de Blas de Otero, solo saldaría el siglo XX: «incomprensible España pupitre sin maestra / hermosa calamidad». "La voz del desterrado" es un libro excelente sobre el periplo de estos desterrados que tuvieron que vivir lejos de la patria por motivos políticos.

¿Cómo surge la idea de recopilar los textos de los desterrados del siglo XIX en un libro?

Las primeras décadas del siglo XIX juegan un papel fundamental en el surgimiento y establecimiento del Nuevo Régimen en España, así como en todo Occidente. Sin embargo, este periodo de nuestra historia apenas había tenido su reflejo en el mundo de la investigación desde un punto de vista filológico. El difícil e inestable escenario político y la heterodoxia estética que encontramos en este periodo ―a caballo entre el siglo XVIII y el XIX, entre el Neoclasicismo y el Romanticismo― ha provocado que la mayoría de los investigadores hayan pasado de puntillas sobre la actividad literaria y artística de estos años, que se encuentra estrechamente ligada a la situación histórica del momento. En este sentido, uno de los objetivos del proyecto La cultura literaria de los exilios españoles en la primera mitad del siglo XIX, en el que se enmarca nuestra antología ―proyecto de investigación del Plan Nacional, FFI2013-40584-P, radicado en la Universidad de Cádiz―, ha sido poner el énfasis en esa literatura que ha quedado fuera del canon literario y de las fronteras españolas, para recuperar un patrimonio silenciado durante largo tiempo. Es en este contexto donde surge la idea de realizar una antología de textos decimonónicos a fin de dar a conocer la literatura sobre el exilio de este periodo.

¿Ha sido complicado hacer la antología?

Ha sido, sobre todo, laborioso, debido a la gran cantidad de textos que en la época acotada nacen de la experiencia del exilio. Muchos de ellos, además, se publicaron en periódicos y revistas que hoy día no son fáciles de encontrar, y que constituyen la única fuente en el caso de aquellos autores que no pasaron a formar parte del canon. Es decir, de los poemas, por ejemplo, del duque de Rivas o de Espronceda, hay numerosas ediciones, pero cuando se trata de autores prácticamente desconocidos hoy día, hay que buscar sus poemas en esas revistas en que los publicaron originariamente. Una vez recogidos todos los textos, hicimos una selección de los que considerábamos más relevantes y los distribuimos según el criterio que decidimos seguir, los pasos del viaje del desterrado. De los poemas incluidos en nuestra selección, hemos consultado además todas las versiones disponibles. Por todo ello se podría decir que, si no complicado, sí ha resultado un proceso laborioso.

¿Cuánto tiempo han tardado en hacerlo?

Unos dos años, pues la complejidad que conlleva un libro de estas características, en el que ha sido necesaria, como señalábamos en la anterior pregunta, una minuciosa búsqueda, recopilación y selección de textos literarios de diversa naturaleza, autoría y procedencia, requiere de un proceso de elaboración acorde con estas circunstancias.

¿Podría ser el lema de los desterrados “ingrata tierra mía”?

Esa es, efectivamente, una de las expresiones más repetidas por los exiliados en relación a España, y cuenta con una ilustre tradición literaria, pues aparece ya en un poema de Lope de Vega. Lo que ocurre es que las emociones del desterrado, incapaz de pisar tierra firme, son inestables y contradictorias, y junto a esa reacción que podríamos denominar de despecho contra una España que se ha desvelado ingrata, cruel y traidora con sus hijos, aparece también la contraria, la de compadecerse en ella —víctima de la perfidia ajena— de un destino implacable. Y de ahí surge la imagen, también muy recurrente, de una España desdichada, infeliz y desvalida. Entre esas imágenes de una España-madrastra y una España-madre oscila el exiliado, y en sus mejores creaciones ―pensamos por ejemplo en «El desterrado» del duque de Rivas―, ambas imágenes se entrecruzan.

La llegada al trono de Fernando VII, llamado El Deseado por unos y el Rey Felón por otros, hizo que muchos intelectuales afrancesados se exiliasen en diversos países. ¿Fueron la mayoría liberales o hubo de otras tendencias políticas?

Podríamos afirmar que, efectivamente, el destierro afrancesado ―producido tras el final de la Guerra de la Independencia― junto a las emigraciones liberales de 1814 y 1823, fueron los más importantes de esta primera mitad del siglo XIX. En estos exilios, el papel de Fernando VII es incuestionable, al instaurar y defender el absolutismo bajo unas políticas restrictivas y opresivas durante el Sexenio Absolutista (1814-1820) y la Década Ominosa (1823-1833). No obstante, a pesar de la relevancia ―tanto cuantitativa como política y cultural― de los destierros de aquellos que defendían el Nuevo Régimen, el fenómeno del exilio también afectó a los partidarios del altar y el trono. De este modo, durante el Trienio Liberal, hubo absolutistas que cruzaron las fronteras para huir de posibles represalias y de un régimen con el que no comulgaban; hecho que se intensificó tras la muerte de Fernando VII y el comienzo de las guerras carlistas.

¿México, Francia, pero fue, sobre todo, Londres donde se desterraron principalmente?

Sí, el gran grueso de la emigración de 1823 ―segunda emigración liberal, la que supuso el mayor número de desplazados de este periodo―, se concentró en Londres, en concreto en el barrio de Somers Town, que se convirtió, como decía Alcalá Galiano, en una “abreviada España constitucional”. Anteriormente, los exiliados españoles habían estado más repartidos, principalmente entre Francia e Inglaterra. Por ejemplo, en las dos primeras oleadas del XIX (los desterrados durante y tras la Guerra de la Independencia) el lugar preferente de destino había sido Francia, como también lo fue en la que sería primera emigración liberal, producida con motivo de la vuelta a España de Fernando VII. En cambio, la situación política de los territorios hispanoamericanos durante estas primeras décadas del siglo XIX estuvo marcada por las guerras de la independencia, conflicto que deterioró las relaciones entre ambos lados del Atlántico y que afectó a la imagen del español en el Nuevo Mundo. Por ello, fueron contados los emigrados españoles que se dirigieron a los territorios hispanoamericanos en este periodo.

"Londres, en concreto en el barrio de Somers Town, que se convirtió, como decía Alcalá Galiano, en una abreviada España constitucional”

¿Fue Londres la capital del destierro en esa primera mitad del siglo XIX?

Londres fue sin duda la capital del destierro liberal de 1823, al menos, hasta la Revolución de 1830 en Francia. Las circunstancias políticas que conllevaron el fin del Trienio Liberal, con la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, situaron a Londres ―cuya política de acogida ya era en un referente en Europa― como principal centro receptor del liberalismo español. Sin embargo, el resto de emigraciones políticas ocurridas durante la primera mitad del siglo XIX tuvieron como principal referencia, como advertíamos en la anterior pregunta, el país galo. De este modo, tanto el exilio afrancesado de 1814 como las emigraciones liberales y los destierros absolutistas y carlistas se asentaron principalmente en las ciudades cercanas a la frontera pirenaica, a la espera de un posible retorno a España; algunos, sobre todo los pertenecientes a las clases altas, pudieron incluso encontrar refugio en París. Además de por Francia e Inglaterra, las emigraciones políticas de este periodo se dispersaron por otros territorios europeos como Bélgica, Portugal o Alemania, así como por el norte de África o al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos y los territorios hispanoamericanos independizados, aunque en menor medida.

Sorprende la nómina de grandes poetas que fueron al destierro. Espronceda, un joven Larra o el duque de Rivas, por poner algunos ejemplos. ¿Cuál de ellos, creen, reflejó mejor ese sentimiento de desterrados?

Bueno, el caso de Larra es distinto al de Espronceda y el del duque de Rivas, ya que él, si bien conoció en su niñez el destierro ―su padre formó parte de la emigración afrancesada―, de adulto se exilió por voluntad propia. En cualquier caso, los tres reflejan la honda huella de la vivencia del destierro. Huella que, por lo que se puede deducir a partir de sus textos, y los de otros desterrados, no es un “sentimiento”, singular, sino un cúmulo de reacciones, emociones y sentimientos que se suceden, entrecruzan y, a menudo, se contradicen, como en el caso anteriormente citado de la doble imagen, muy recurrente en los textos del exilio, de España como madre y como madrastra.

Lo mismo ocurre con los políticos, muchos de ellos escritores y poetas. ¿Aquellos políticos de inquietudes literarias son diferentes a los que tenemos en la actualidad?

La literatura es fiel reflejo de la sociedad en la que se desarrolla, por tanto, la relación que existe entre política y literatura en este periodo de finales del siglo XVIII y principios del XIX, guarda una estrecha conexión con la mentalidad ilustrada y los acontecimientos históricos que se desarrollaron en aquella época. Los intelectuales y políticos españoles habían bebido de las fuentes neoclásicas e ilustradas del Siglo de las Luces; por ello, tenían un alto concepto de la educación y el arte y de su importancia para el desarrollo y mejora de la sociedad y el país. Las luchas políticas que se desarrollaron entre el Antiguo y el Nuevo Régimen a raíz de la Revolución Francesa llevaron a muchos de ellos a tomar partido y, a través de la palabra y la pluma, defender una causa que creían justa y necesaria para el devenir de su país. El exilio es una de las consecuencias de esta realidad sociopolítica y, por tanto, la literatura del destierro es fruto de estas mismas circunstancias.

Siempre que pensamos en exiliados de esa época nos viene a la memoria José María Blanco White, gran filósofo. ¿Fue una especie de aglutinador de ideas en el exilio?

Quizás la figura de Blanco White es demasiado singular como para constituirse en aglutinador o paradigma de nada, más allá de sí mismo. Fue un hombre entre dos mundos, más que un exiliado al uso. Su marcha a Londres en plena Guerra de la Independencia (1810), su decisión de renegar del catolicismo y convertirse al protestantismo anglicano, y abandonar la lengua española para dedicarse a la escritura en lengua inglesa y al mundo cultural anglosajón, ya dejan entrever su particularidad frente al resto de los emigrados liberales españoles de este periodo. No obstante, esta respuesta ante la vida en tierra ajena supone una perspectiva más dentro de la experiencia del destierro y demuestra la amplia variedad de actitudes que el emigrado puede manifestar en su exilio. Por ello, la voz de Blanco White ―tanto por su importancia en el ámbito cultural de la época como por esa singularidad propia― tiene un peso específico dentro de nuestra antología.

Abruma la lista de políticos, poetas, pensadores que abandonaron España hacia el destierro. De todas las historias personales de esos desterrados. ¿Cuál destacarían por su interés humano?

Resulta difícil escoger a uno en concreto, pues cada uno de los escritores que se incluyen en nuestra antología tiene su propia historia y su propia relación con la experiencia del destierro; algunos, incluso, vivieron el exilio en más de una ocasión durante su vida y en circunstancias bien distintas. Sin embargo, si tuviéramos que seleccionar a uno de ellos, tal vez Ángel de Saavedra podría cumplir este papel de representante del exilio español durante esta primera mitad del siglo XIX. Su importancia dentro de las letras españolas y del mundo intelectual y político de su época, su rica y profusa producción literaria relacionada con el exilio, y las experiencias vividas durante su destierro en Inglaterra, Francia y Malta, hacen de él uno de los autores más completos de nuestro corpus.

También, en el sentido que nos pregunta, cabría destacar la figura de Leandro Fernández de Moratín, y su singular y “despechada” voz. El autor madrileño tuvo que abandonar España ya con cincuenta años, tras haber conocido la gloria literaria y haber sido uno de los intelectuales más reconocidos, e influyentes, de su tiempo. El exilio, para él, se convertiría en un desolador vagar, en el que afirmaba haber olvidado a una España que no cesaba de nombrar, y en el que se vio acosado por todo tipo de penalidades físicas y económicas.

El exilio supone un trauma psicológico; el desterrado se ve arrojado a un mar en que los tiempos, pasado y presente, se confunden, y en que el futuro es incierto

¿Cuáles dirían que son los sentimientos más recurrentes cuando se está desterrado?

El exilio supone un trauma psicológico; el desterrado se ve arrojado a un mar en que los tiempos, pasado y presente, se confunden, y en que el futuro es incierto; el desconcierto es, pues, su primera reacción emocional, a la que siguen la tristeza, la nostalgia, la ira, la frustración… No obstante, distintas actitudes, emociones e incluso revelaciones pueden seguir a esa conmoción inicial. Como estableciera Claudio Guillén, hay un claro contraste entre quien, una vez pisada tierra extranjera, se hunde “en” un abismo de nostalgia y quien juega, “desde” él, a ensayar nuevas miradas que permitan sobrevivir cataclismos. Son dos respuestas poéticas al destierro, que fructificarán en dos formas de afrontar el propio destino: la de una literatura “en el exilio” ―en la tradición de Ovidio, la de un ininterrumpido lamento― y una literatura “desde el exilio” ―con Plutarco como referente―, en la que el desterrado es capaz de distanciarse de sus situación, como entorno y motivo y, entre sus sentimientos de vacío y derrota, se abre paso el instinto de supervivencia, la energía de la vida; es decir, el desterrado es capaz de abrirse a su nuevo mundo y a su nueva vida, dejando el pasado atrás. Según lo que se desprende de nuestra antología, los exiliados españoles de la primera mitad del siglo XIX estuvieron más en la línea ovidiana que en la plutárquea. Aunque de todo hubo, como bien ejemplifica el caso de Pablo de Jérica y Corta: “vivo aquí bien, y en España / viviré bien, si allá vuelvo. / Y mientras llega aquel día, / paso sin sentir el tiempo”.

¿El desterrado está siempre solo?

Así lo afirmaba Lamennais ―”El desterrado dondequiera está solo”―, en un texto que Larra tradujo y que incluimos en nuestra antología. Y es cierto que la soledad es sin duda uno de los sentimientos más recurrentes en la experiencia del exilio, pero no el único. Es decir, las circunstancias particulares en las que se produce la huida y la pérdida que conlleva el abandono de hogar, familiares y amigos, y una vida que se desvanece, pueden producir un profundo y desgarrador vacío existencial en el desterrado, sensación que se ve agravada ante el desarraigo que supone encontrarse con una realidad distinta y desconocida en tierra extranjera. Pero, como antes señalábamos, no necesariamente el destierro es siempre vivido como una condena. Hay que tener en cuenta, además, que la condición social y económica de la que parte el exiliado, influye de forma determinante en su “nueva vida”. Muy ilustrativo, a este respecto, es el artículo costumbrista “El emigrado”, de Eugenio de Ochoa, texto recogido en nuestra antología en el que se hacen precisamente distintas clasificaciones de los emigrados y en el que, por ejemplo, se detalla la ajetreada vida social del emigrado rico, ese que, se afirma, no es sino un turista. Por otra parte, y aun en el caso de emigrados más desfavorecidos, cuando la emigración es un fenómeno tan frecuente, como lo fue en la España del siglo XIX, muchos emigrados compartieron destino, creándose entre ellos fuertes lazos de amistad que, aun siendo insuficientes para compensar lo perdido, sí proporcionaron un cierto amparo y endulzaron su soledad. Es, entre otras cosas, por ello, que Alcalá Galiano recordaría con nostalgia, ya en España, sus años de destierro.

Para ustedes, ¿cuál sería la voz del destierro más significativa?

Todas lo son, y unidas conforman el tapiz que da cuenta de una vivencia, de una condena que, si bien había sido recurrente en nuestra historia, en la primera mitad del siglo XIX adquiriría singulares proporciones. De ahí el título de la antología: “La voz del desterrado”; esa “voz”, singular, aglutina voces de muy distinto timbre y perfil, y también de muy distinto prestigio: escritores consagrados, e instalados en el canon de la literatura española, se codean, en esta antología, con otros cuyos nombres, probablemente, oirá por primera vez el lector.

¿Cuál sería la moraleja y finalidad del libro?

Con "La voz del desterrado" hemos pretendido aportar al investigador algunas referencias literarias decimonónicas poco conocidas, así como reflexiones sobre el fenómeno del exilio y, al mismo tiempo, acercar al gran público una selección de esa literatura española del siglo XIX relacionada con el fenómeno del destierro; fenómeno muy recurrente, como en la anterior pregunta apuntábamos, en nuestra historia y, no hay que olvidar, determinante en nuestra literatura: es precisamente con un destierro ―el del Cid― como se inicia el andar de nuestras letras.

En este sentido, y con respecto a la primera parte de su pregunta, quizás no se podría hablar de una moraleja en sentido estricto; y sería más apropiado hablar de reflexiones propiciadas por este acercamiento a los textos decimonónicos sobre el exilio. Tal vez una de esas ideas que surgen al leer La voz del desterrado es que la experiencia del exilio no distingue colores, banderas ni épocas, que tras las luchas políticas, los bandos y los acontecimientos históricos se encuentra el individuo. Este se enfrenta y reacciona a su destierro de una manera particular pero, al mismo tiempo, comparte reacciones y emociones con otros desterrados del presente, del pasado y del futuro. Unas vivencias, pensamientos y actitudes que tienen su reflejo en la literatura y conforman un verdadero imaginario del exilio.

Puedes comprar el libro en:

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)
Compartir en Google Bookmarks Compartir en Meneame enviar a reddit compartir en Tuenti Compartir en Yahoo


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de Todoliteratura

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.