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Joaquín Álvarez Barrientos
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Joaquín Álvarez Barrientos (Foto: Javier Oliaga)

Entrevista a Joaquín Álvarez Barrientos, autor de “El crimen de la escritura”

“Todavía hay muchas falsificaciones literarias que desconocemos”

domingo 27 de agosto de 2017, 21:02h
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Joaquín Álvarez Barrientos es presidente de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII y uno de los mayores especialistas mundiales de la literatura española de dicho siglo. Su libro “El crimen de la escritura” es una historia de las falsificaciones literarias españolas. Aunque parezca mentira, las falsificaciones se han prodigado en la literatura con mayor asiduidad de lo que creemos y en su libro nos lo demuestra..


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Joaquín Álvarez Barrientos
Joaquín Álvarez Barrientos (Foto: Javier Oliaga)

De manera amena pero rigurosa, el libro nos muestra esas falsificaciones literarias y las distintas personalidades que adoptan ciertos autores para escribir algunas de sus obras. La creación de los heterónimos no fue Fernando Pessoa quien la inventó, ya en el siglo de Oro español Lope de Vega creo a su alter ego Tomé de Burgillos. Antonio Machado, Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio o José María Merino también inventaron supuestos personajes literarios que no nos han dejado de sorprender. De manera pausa, reflexiva y no exenta de humor, Joaquín Álvarez Barrientos nos cuenta durante nuestra conversación la historia secreta de las falsificaciones literarias españolas.

¿Cómo surgió la idea de El crimen de la escritura?
Lo apócrifo es algo que me interesa desde hace muchos años, así que puedo decir que de forma latente el libro se lleva gestando desde mucho tiempo atrás. Por otro lado, me parecía importante hacer una historia de la literatura apócrifa española, de modo similar a como en el mundo anglosajón y el francés se han hecho trabajos que estudian esa producción en sus respectivas culturas. Fuera de España se ha prestado más atención a esa escritura que pretende ser autosuficiente, ir más allá de las convenciones de género.

¿Cuántos años ha estado documentándose para escribir la obra?
Ya he dicho que el interés es antiguo, pero el trabajo continuado de recopilación de materiales, análisis, etc., se desarrolló durante unos cuatro años.

En el libro se nota la influencia de Julio Caro Baroja. ¿Cuánto tiempo estuvo trabajando con el antropólogo vasco?
Sí, Caro publicó un libro titulado Las falsificaciones de la historia, en relación con la de España en 1991. El libro cubría para la Historia de España esa producción que, aun sabiendo es falsa, se mantiene en los imaginarios colectivos y en el interés de muchos porque justifica el cobro de impuestos, propiedades, tradiciones, derechos, etc. Yo trabajé con Caro Baroja desde 1982 aproximadamente hasta unos años antes de morir. Su influjo fue muy grande, como en todos los que colaboramos con él, porque era una personalidad fuerte, implicada tanto en asuntos del pasado como de la actualidad. Un tipo de persona crítica que hoy se echa en falta.

En el libro nos da fe de las numerosas falsificaciones que se comenten en la literatura. ¿Está la República de las Letras más corrupta que la política de hoy en día?
Son categorías distintas. Pero hay que tener presente que una falsificación, sea literaria, económica, artística, cultural o política, lo es porque implica dolo y engaño. Desde este punto de vista, las literarias a menudo son juegos y así su implicación y trascendencia es menor. No ocurre lo mismo con las artísticas, en las que entra en juego el dinero. Las falsificaciones literarias, además, emplean el recurso de lo apócrifo para reescribir la historia, para protestar, para abrir campos, aunque haya casos en lo que se quiera engañar a la comunidad o a los colegas. La corrupción política, por su parte, tiene más trascendencia que los falsos literarios; su práctica implica defraudar la confianza que se ha depositado en el político, lucro económico y sus implicaciones sobre la población son mucho mayores que las literarias, que no suelen traspasar el ámbito gremial.

Siempre ha habido falsificaciones, plagios, utilización de negros. ¿Nos podría aclarar las diferencias entre falsificación literaria y plagio?
Plagio es copiar el trabajo de otro y hacerlo pasar por propio. La falsificación supone escribir un texto nuevo y hacerlo pasar por de otro tiempo y otro autor. Para ello se pueden utilizar técnicas diferentes: desde crear un heterónimo a fingir que se traduce el texto o se edita.

¿Fue la Edad Media, la edad de oro de las falsificaciones?
Para las históricas, desde luego. Para las literarias, cualquier época es de oro.

En la literatura, muchos autores han utilizado seudónimos y otros han creado heterónimos. ¿Qué diferencias hay entre ambos conceptos?
El seudónimo es un nombre literario que cubre u oculta el nombre civil. Todo el mundo sabía que “El Curioso Parlante” era Mesonero Romanos. Sin embargo, el heterónimo supone la creación de una personalidad, de una biografía, además del nombre, y todo oculta al inventor. A ese autor de papel se le adjudican textos y una realidad vital que le proporcionan existencia.

Cuando hablamos de heterónimos siempre nos viene a la cabeza Fernando Pessoa pero, anteriormente, Lope de Vega con Tomé de Burguillos ya se desdobló. ¿Qué otros casos tenemos en la literatura española?
Seguramente el caso más importante en la literatura española es el de Antonio Machado. Lope fue genial inventando a Tomé de Burguillos, pero Machado dio vida a más de treinta heterónimos, filósofos y poetas que deberían haber existido, y sobre todo a Juan de Mairena, que le sirvió para expresarse cuando su voz poética se había agotado. Como Lope, como Pessoa, como otros escritores, su experiencia del heterónimo es de senectud, no de juventud, que suele ser lo más frecuente en la edad moderna europea.

¿Se ha falsificado mucho en nuestra literatura?
No sé cómo responder a esto. La literatura apócrifa existe desde que hay literatura y en todos los países se ha falsificado. Lo interesante, lo divertido, es que seguramente todavía hay muchas falsificaciones que desconocemos, porque la mejor falsificación es aquella que no se ha descubierto.

¿Qué se falsifica más, la literatura, la política o la historia?
Seguramente la historia, o quizá sea más preciso decir que se percibe más en ella porque es excusa para justificar casi todo, desde una tradición que se quiere mantener o suprimir, a una decisión que se ha de adoptar. Lo estamos viendo con el caso catalán. El modo en que se manipula la historia es descarado, incluso han llegado a crear una institución, financiada por la Generalitat, que se encarga de ello y recibe el nombre de Institut Nova Història. Aunque no se aportan pruebas, según este centro Cervantes, Colón y otros habrían sido catalanes. El primero, santa Teresa, el autor del Lazarillo de Tormes habrían escrito en catalán, y los castellanos se habrían ocupado de traducir sus obras al español y de hacer desaparecer los originales catalanes. Todo por este tenor, en una absurda teoría de la conspiración.

¿Quiénes son los falsificadores de la literatura y cuáles son sus motivaciones?
Cualquiera puede ser un falsificador, por tanto las motivaciones son tan variadas como falsificadores hay. Pero, simplificando, se puede decir que se falsifica para entretenerse, para engañar a los colegas (y aquí entran las actividades de los profesores y los eruditos), para proponer un nuevo estilo literario, para hacer una relectura del pasado. Hacer una buena falsificación no es fácil, hay que ser muy culto y dominar el gusto y los estilos del periodo en el que se sitúa la falsificación. Por eso, no pocos falsarios fueron reputados eruditos.

Para terminar, señálenos la falsificación más increíble que se haya encontrado.
No sé si la palabra es increíble, aunque hay cosas que sorprenden, como las falsas rimas y leyendas de Bécquer, que estuvieron vigentes hasta la década de los setenta del siglo pasado, o la pervivencia del falso retrato de Cervantes, o algunas arqueológicas que se forjaron hace unos años en el País Vasco. Sin olvidar las que se dan en el campo de la ciencia. Si hay interés por algo, se falsifica. Paul Lafargue se refería a su tiempo como “edad de la falsificación”; hoy diría lo mismo.

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